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El último viaje del péndulo dorado

Por Verónica Mastretta

*A la memoria  de Carlos Mastretta, mi papá

Yo era una adolescente.  En las tardes ociosas me gustaba la sala en penumbra de mi casa porque ahí estaba el tocadiscos con su música, mi cómplice de toda la vida, y además, a la sala casi no entraba nadie. Estaba en la edad en que nuestros padres y sus vidas nos importan un comino y son invisibles para nosotros. Estaba en la edad en que también nos gustaría ser invisibles para nuestros padres y sus ojos vigilantes.

Ahí, un ocho de mayo en la tarde, estaba repatingada en el sillón cuando vi entrar a mi padre al comedor a darle cuerda a un reloj de pared que mi madre había heredado de su abuelo. El reloj tenía números romanos y un gran péndulo dorado encerrado en una caja de cristal. Mi padre no me vio, pero yo lo vi a él concentrado en abrir el vidrio redondo que protegía la caratula del reloj y darle cuerda con todo cuidado.

Me dio ternura verlo pero no le dije que ahí estaba agazapada en el sillón. Quería seguir rumiando mis tonterías y amoríos adolescentes sin que nadie me molestara; eso no me impidió sentir cariño y una seguridad extraña que emanaba de mi padre y su rutina de darle cuerda al reloj cada sábado en la tarde. Se alejó silbando… lo hacía todo el tiempo, cuando estaba contento y tranquilo o triste y nervioso.

Uno podía leerlo en su silbido, pero no supe o no pude descifrarlo en su ánimo de esa tarde. Ya entonces no silbaba mucho, pero ese día todos sus pollos nos encontrábamos en la casa, en especial las dos mujeres, entregadas a la aventura de estudiar en México, tragadas por la capitalota, como él le decía al DF.

Le daba miedo que anduviéramos por ahí, como chivos sin mecate, trajinando en camiones o pidiendo aventones para llegar a tiempo a  la universidad, en especial Angeles, que sufría de epilepsia y había decidido valientemente tirar su enfermedad a la  basura, salir del capelo protector de mis padres e irse conmigo a México, hasta la UNAM, a buscarse una vida. –“Hoy puedo dormir tranquilo, están todos aquí”, dijo esa noche antes de meterse a su cama con un libro.

Una hora después, a las once, mi madre salió alarmada del cuarto y llamó a un amigo que era doctor. Mi padre había sufrido un derrame cerebral. Nuestro mundo cambió en ese momento. A nuestro círculo familiar, tan cercano, cálido y frágilmente seguro  había llegado a tocar la muerte. 

Tres días después mi padre murió. Solo mi madre estaba con él en esa madrugada del once de mayo. Ingenuos como éramos entonces, creíamos que se salvaría. Cuando llegamos al hospital, su cuerpo tibio parecía dormido. Le dimos las gracias sin saber si los muertos escuchan, sin saber a donde van, ni si nos oyen o nos pueden ver acongojados. Hay quien dice que sí. Ese mismo día por la tarde lo enterramos. Mi hermano Carlos,el mayor de los hombres, les tenía terror a los velorios que acaban en jolgorio y corrillos de personas contando chistes.

Todo en el entierro de mi padre fue sencillo, como su vida misma. Nos dimos cuenta esa tarde de cuántas personas lo querían. Llegaron convocados por la esquela de “La voz de Puebla”, periódico en el que mi padre escribía todos los días, sin cobrar un centavo, porque para él  escribir su columna que llamó “Mundo Nuestro” era un gusto. Como en un sueño o una pesadilla todo pasó a la vez, lento y rápido. La fuerza de mi madre ante la adversidad hizo que la casa siguiera funcionando esa semana, como si la rutina pudiera engañarnos, como si la comida servida en punto de las dos, cuando él llegaba, pudiera hacerlo entrar de regreso de su trabajo silbando como siempre.

Una mañana de esa semana adversa, entré al cuarto de mis padres mientras mi madre dormía aún. Vi el espacio de mi padre vacío en la cama, y la mano de ella depositada sobre ese hueco, como si así pudiera tocarlo o convocarlo. Nunca la vimos derramar una lagrima. Yo solo vi ese gesto, ese brazo  tratando de llenar el espacio en que ya no estaba su marido.

El sábado siguiente, después de la comida, me volví a refugiar en la sala en penumbra. El tocadiscos estaba apagado. Mis divagaciones adolescentes ya eran otras, ya eran las de una mujer y no las de una niña estúpida. Pensaba en los labios delgados de mi padre, en su forma sensual de fumar después de la comida, en su olor a lavanda, en su forma de tratar con su vieja cafetera italiana cada mañana, en su voz, sobre todo en su voz suave que nunca nos hirió. En la sala en silencio solo me acompañaba el ir y venir del péndulo del reloj acompasadamente, como el latido de  un corazón.

Seis vibrantes campanadas me anunciaron la hora… y luego de nuevo el constante latir del péndulo dorado siguió acompañando mis atormentados pensamientos. No sé cuanto tiempo pasó,quizás media hora , y entonces el péndulo se detuvo. Me vino a la cabeza con una nostalgia que espantaba, la figura de mi padre de apenas una semana atrás, entrando en el comedor a darle cuerda al reloj, como cada semana. Como una puñalada recordé que no seguí mi impulso de levantarme a darle un beso a pesar de la ternura que sentí al mirarlo. Fue en ese momento, con el último viaje del péndulo dorado, que supe de verdad que mi padre había muerto y que no lo volvería a ver nunca.

veronicamilenio@yahoo.com.mx

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7. 

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