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La apuesta por volver a la dulce mediocridad: de lo que se trata esta elección

Arturo Rueda /Tiempos de Nigromante/Diario Cambio

La Gran Vía Metropolitana es la prueba del cambio cultural que ha vivido Puebla en los últimos cinco años, pero también demuestra la resistencia a un entorno de transformación que no siempre es agradable para los propios poblanos. Una vez al mes, el último domingo de calendario, durante cuatro horas los ciclistas y peatones tenemos prioridad para trasladarnos del Zócalo capitalino a Cholula, pues se cierra al tránsito vehicular la Avenida Reforma, la Avenida Juárez, Teziutlán Sur y la Recta. Ningún vehículo transita por ahí de las 8 de la mañana al mediodía, y después de esa hora, se vuelve al tránsito normal.  

Así, de las 720 horas que tiene el mes, ciclistas y peatones nos adueñamos del espacio público por 4 horas. Por supuesto, es muy poco. Ni siquiera es el 1 % de las horas que tiene el mes. Pero antes de 2011, ciclistas y peatones ni siquiera teníamos eso. De hecho, la única ciclopista que tenía la ciudad era esa cosa rara que Blanca Alcalá construyó en la 31 poniente denominada “ciclovía del Centenario”. Un trayecto de 1.5 kilómetros que no iba a ningún lado y tampoco llegaba a otro, a un módico costo de 3 millones de pesos. Era una ínsula absurda, que no representaba una nueva forma de movilidad, ni área de esparcimiento o entrenamiento deportivo.

 

La Gran Vía Metropolitana es un proyecto de ciudadanos, activistas y autoridades. Empezó con Eduardo Rivera Pérez en 2013 cerrando la Reforma y se llamaba Gran Vía Recorre Puebla. Luego también se amplió a cerrar la Avenida Juárez, y se denominó Ciclovía Paseo Histórico. Rivera terminó su trienio y llegó al cargo Antonio Gali, pero gracias al IMPLAN el proyecto continuó, y con  la presión de activistas, creció hasta convertirse en la Gran Vía Metropolitana, lo que implica la coordinación de autoridades estatales, así como de los municipios de Puebla y San Pedro Cholula. Un proyecto de lujo.

 

Cada domingo soy testigo de cómo jóvenes, adultos, personas mayores, deportistas amateurs, ciclistas profesionales y hasta señoras encopetadas paseando al perro disfrutan de ese espacio público por 4 horas al mes. Ida y vuelta al Zócalo capitalino, son 24 kilómetros.

 

Pero también soy testigo del enojo que provoca la Gran Vía Metropolitana en los automovilistas que, frenéticos, desean volver a recuperar calles y avenidas. Enfurecidos, mientan madres a claxonazos, gritan a los ciclistas, insultan a los agentes viales que resguardan a los peatones, avientan el coche cuando se acerca la hora de la reapertura de la vialidad, se quejan en tuiter en contra del gobierno. Para ellos, es contra natura una ciudad en la que los automóviles no gobiernan con mano de hierro a los inútiles peatones y ciclistas.

 

Para bien o para mal, repensar la ciudad ha sido uno de los logros morenovallistas en favor de peatones y ciclistas. Uno de los principales argumentos en contra del régimen refiera la construcción de los que ellos llaman “inútiles ciclopistas que nadie utiliza”. Y ese nadie es tan debatible porque se refiere a ellos mismos.

 

Regreso al ejemplo de la Ciclovía Bicentenario. La entonces alcaldesa se gastó poco más de 3 millones de pesos en una obra que no tenía sentido. ¿Por qué construir una ciclovía en la 31 poniente? ¿No había otro tramo en que fuera más útil? En ese entonces se dijo que el tramo de 1.5 kilómetros tendría semáforos especiales para ciclistas, únicos en el país, pero nunca se instalaron. En su sentido oriente terminaba abruptamente en el congestionado Bulevar 5 de mayo, y en el sentido poniente topaba con pared en la 24 Sur y el Parque Ecológico. Y aunque la entonces alcaldesa dijo que era la primera de tres ciclovías, las otras dos nunca se construyeron. Al final, tanta vergüenza le dio la obra que nunca la inauguró oficialmente.

 

Con los años, la ciclovía Bicentenario de Blanca Alcalá se convirtió en camellón costoso hasta que, en 2014 y 2015 fue recuperada por el gobierno morenovallista. En el sentido poniente se construyó un puente para ingresar al Parque Ecológico directamente, y al oriente, se conectó con la ciclovía universitaria que lleva hasta el Centro Histórico gracias a otro puente que cruza el caótico Bulevar 5 de mayo. Es decir, de la obra inaugurada por la alcaldesa en 2009 que no servía para nada, tuvo sentido hasta cinco o seis años después.

 

Con todo esto no quiero decir que Blanca hizo obras medio baratas pero inservibles, sino que en los últimos años hemos tenido una revolución cultural que no a todos los poblanos les gusta. Para ellos hay marcha atrás: volver a esos tiempos en los que no había ni siquiera cuatro horas para ciclistas y peatones, ni kilómetros de ciclopistas que nos hacen repensar el desarrollo urbano. Otra cosa es si fueron construidas caras o baratas, o si en verdad están cumpliendo su función de nuevo mecanismo de movilidad o simplemente son recreativas.

 

Como diría el clásico: de eso se trata la elección del 5 de junio. Mantener la apuesta por un proyecto que ha modificado muchos paradigmas, o volver a la comodidad de la zona de confort. Y por más horrible que parezca, hay más poblanos de los que creemos que se apuestan por la dulce mediocridad.

 

Para mayor información:http://www.diariocambio.com.mx/2016/opinion/tiempos-del-nigromante/item/7726-la-apuesta-por-volver-a-la-dulce-mediocridad-de-lo-que-se-trata-esta-eleccion

 

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