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Solidaridad a prueba

Por Marco Rovira 

Dicen que la exposición mata, no literalmente, sino en sentido figurado; mata la imagen de un personaje público, mata el impacto de una marca novedosa, mata el prestigio de una institución, y puede que también mate nuestra sensibilidad para reaccionar ante la violencia y el horror.

El pasado domingo 12 de junio, un hombre de ascendencia árabe entró al club nocturno pulse en la ciudad de Orlando, Florida, y abrió fuego contra más de un centenar de personas que se encontraban en el lugar, matando a alrededor de cincuenta de ellas y dejando heridas a otras tantas. Aunque se tratara de un atentado que afectó principalmente a miembros de la comunidad Lgbti, el mundo hizo sentir sus condolencias y desaprobación por el hecho.

Aún así no faltaron líderes religiosos o de la derecha política que mostraron cierta “alegría” por lo ocurrido, pero estas reacciones públicas parecen haber sido las menos entre los líderes de opinión y la clase política. Lamentablemente, los principales críticos de las muestras de solidaridad con las víctimas fueron miembros de la sociedad civil.

Y es que de un tiempo para acá se ha vuelto un lugar común en redes sociales, principal aunque no únicamente, las críticas de “hipocresía” por quienes expresan horror o enojo por lo que pasa en otros países, bajo el pretexto de que supuestamente las personas que muestran su solidaridad con tal o cual causa, cierran los ojos y los labios respecto a lo que pasa en su propio país – aunque claro, habrá casos de quien se interese por asuntos tanto locales como internacionales, algo que generalmente es pasado por alto muchas de las veces–. A simple vista es un argumento convincente, pero no deja de tener un acento muy posmoderno que tiende a relativizar emociones como la empatía o el sufrimiento, bajo una especie de nacionalismo exacerbado –que lamentablemente no se ve en otros asuntos, como el tema económico– y una buena dosis de trauma colonial, que justifican perfectamente la indiferencia ante el horror. Muy ad hoc con las ideas de nuestro tiempo, ahora hasta el sufrimiento humano es relativo a cada contexto y situación, lo que nos deja en una especie de limbo donde más valdría mejor ya no sentir nada, sólo ver y seguirse de largo. Una exposición que mata.

Para decirlo de una vez, no importa si las víctimas son de un país desarrollado y rico, o de uno pobre y atrasado, o de mayoría musulmana o católica, de asiáticos o africanos, cualquier muestra de barbarie humana en contra de víctimas civiles o con lujo de violencia debe generar horror y reprobación, sean los clientes de un bar gay en Orlando, o los de uno de Xalapa, México; sean los maestros de la CNTE en Nochixtlan, Oaxaca, o nuestro compañero de trabajo. Lo ideal, sin duda, sería ocuparnos con mayor presteza de lo que sucede en casa, pero eso no significa que tengamos el derecho de reprocharle a alguien sus acciones o expresiones solidarias, lo que muestra que por lo menos se tiene la sensibilidad de indignarse por lo que pasa en otros lugares, aún con todos los factores y lecturas que les queramos hacer, eso siempre será mejor que aquel que simplemente es indiferente con su realidad social, sea ésta la de Puebla o la de Tailandia.

Dicho en pocas palabras, la solidaridad no se escamotea por cuestiones de paisanaje. No hay que ser candil de la calle y oscuridad de la casa, pero tampoco hay que dejar de prestar atención a lo que pasa afuera, ni dejar de reconocer en los demás un reflejo de nosotros mismos, y de lo que aspiramos a construir como humanidad. En cualquier caso, sea el que sea, la indiferencia es complicidad.

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7. 

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