Hace ya muchos ayeres, cuando México era otro, más verde que gris y el paisaje periurbano se mezclaba con elementos tradicionales del campo, era común que las personas tuvieran animales de traspatio como gallinas, guajolotes, borregos o vacas.
Me tocó ver durante muchos años un establo con varias vacas. Hoy paso por ahí y solo se ven implementos de tractor olvidados.
Claro está que la ciudad se extendió y lo que fueron campos de cultivo se convirtieron en casas, escuelas, oficinas, fábricas, etc., lo cual no es del todo malo, pero las zonas rurales se han despoblado para migrar a las ciudades, pese a la promesa y el espejismo de una mejor vida en las mismas.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), la población rural ha ido disminuyendo –a través de los años– hasta alcanzar solo el 21 por ciento en 2020. Y bueno, esto no es para alarmarse, sabemos que la mayoría de las llamadas “oportunidades” están en las grandes urbes a un gran costo, pero ahí están.
El tema en el que nos vamos a adentrar hoy no solamente tiene que ver con los porcentajes de la población rural, sino más bien con su entramado y características, como las que se dan en el centro de México, por ejemplo, en Tlaxcala. Y cómo esta complejidad ha ayudado a mantener y fortalecer la soberanía alimentaria, pero de perderse, puede jugar en contra de la misma y de la seguridad alimentaria.
Producción sube; superficie baja: Inegi
Datos del Anuario Estadístico de la Producción Agrícola indican que la producción de maíz aumentó más del 100 por ciento de 1980 a 2024. Sin embargo, la superficie sembrada disminuyó de 7.6 a 6.65 millones de hectáreas, lo cual representa una disminución de más del 12 por ciento.
La reducción de la superficie sembrada va acorde con la disminución de la población rural y suena completamente lógico que al haber menos gente en el campo habrá menos superficie sembrada. Sin embargo, por allá de los años 1994 la superficie sembrada alcanzó casi las 9.2 millones de hectáreas, aún así la tendencia a lo largo de los años ha ido a la baja.
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Los precios para el maíz también han jugado en contra y tienen una tendencia histórica de ir a la baja, así se señala en un estudio que contempló más de tres décadas y el cual menciona “el precio del maíz a precios constantes deflactados con el INPP de junio de 2012 tuvo una disminución de 441.9 dólares por tonelada durante el periodo de estudio; en 1981 se pagó 684.5 dólares por tonelada y en 2014 finalizó en 242.6 dólares por tonelada. La disminución fue del 64.4 por ciento en 34 años”.
Aumento de productividad permite lidiar con precios bajos
Gracias al aumento en la productividad de los campos mexicanos, los agricultores han podido lidiar con los precios bajos. Pero una de las características más sobresalientes de la mayoría de los pequeños productores es tener actividades económicas complementarias que les permiten financiar sus labores agrícolas.
El porcentaje de los costos de producción subsidiados varía mucho entre los productores, pero acá la pregunta interesante no es cuánto, sino de dónde viene ese subsidio y qué significa la continuación de la siembra para el pequeño campesino. Porque si una actividad económica no te deja dividendos y te hace perder, lo más probable es que la dejes.
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Cultivos se financian con apoyos sociales
Pero en el caso del campo es más común que la financien, ya sea con otras actividades económicas o que dicho subsidio venga en presentación de apoyos económicos gubernamentales, como las pensiones para adultos mayores y en algunos casos de programas como Sembrando Vida y otros.
Otra característica peculiar de muchos agricultores del centro de México es que las extensiones de sus tierras son relativamente pequeñas.
Y aquí es donde vamos a mencionar un pilar fundamental del que se habla muy poco, pero que contribuye mucho a la soberanía y seguridad alimentaria: la producción de maíz (y de cualquier alimento prioritario) debería descansar sobre una base amplísima de productores, ya que así la seguridad alimentaria estará resguardada por un sector numeroso y no solo unas cuantas manos de productores industrializados.
México, con equilibrio en seguridad alimentaria
Así pasa en gran parte del centro de México, sobre todo donde la geografía lo manda. Es decir, donde el terreno es más accidentado, las parcelas comúnmente son más pequeñas y, por lo tanto, hay más propietarios.
Esto, que parecería un tema menor, es posiblemente una de las causas por las que México sigue manteniéndose dentro de un equilibrio frágil en su seguridad alimentaria.
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Imaginemos que la geografía de México, en vez de estar tan arrugada como el ticket que hiciste bolita del Oxxo, fuera llana y amplios valles atravesaran el país con extensiones de millones de hectáreas, como en las regiones agrícolas de Argentina. Pues así como en Argentina, los dueños de las tierras serían unos cuantos emporios.
Argentina, con acumulación de tierras en pocas manos
Según el último Censo Agropecuario que se realizó en 2018, la superficie cultivable en Argentina es de 30 millones de hectáreas.
De esa superficie, el 10 por ciento se corresponde con los 95 grupos de siembra más importantes. Es decir, 3 millones de hectáreas están en manos de apenas 95 empresas agrícolas. De esos casi 100 grupos que se dedican al agronegocio y la siembra, tanto sobre campos propios como arrendados, los primeros 15 acumulan 1.6 millones de hectáreas.
En dicho país, se atraviesa una crisis económica y una inflación en los productos alimenticios muy profunda, con precios en carnes, cereales y productos lácteos que superan a los precios estadounidenses (en dólares) o europeos (en euros).
En Argentina, con salario en pesos argentinos, sin lugar a dudas, es una tragedia para el trabajador y la clase media de ese país. Ahí están las consecuencias de la acumulación de la tierra en unas cuantas manos.
Tradición mexicana ha evitado cacicazgo
Desde este punto de vista, las características tan peculiares del terreno y de la tradición mexicana de la siembra del maíz no han dado entrada a los cacicazgos para ciertas regiones del país, aún así habrá que hacer un análisis de aquellas regiones que sí son propensas a la acumulación de las tierras en unas cuantas manos, pero eso será para otra ocasión.
Como se menciona, en muchas partes de México, la geografía se impone sobre la visión economicista de corto plazo y donde manda la primera no gobierna la segunda. Pero para el campo mexicano, existen otros riesgos por sus características y complejidad.
Escasez de trabajadores en campo mexicano
Uno de ellos radica en que muchas personas que aún viven en las zonas rurales ya no están dispuestas a trabajar en el campo. Claramente se ve cuando se requieren jornales para las labores agrícolas y, debido a la escasez de trabajadores, es necesaria la disminución de actividades.
Sea dicho de paso, uno de los mayores retos en la aplicación de las prácticas agroecológicas (que estas últimas administraciones están impulsando) es precisamente la falta de mano de obra que pueda aplicarlas. De igual forma, acá es donde toma gran relevancia el aumento de la tecnificación del campo, ya que la tendencia se nota irreversible.
Universidades deben atraer jóvenes al campo
Pero al mal tiempo, buena cara y el trabajo se ha empezado con las nuevas generaciones, ahora hay universidades que dan una visión más completa y no solo la extractivista. Aun así, hace falta mucho y será necesario un programa dedicado especialmente a atraer a los jóvenes al campo, ya que de lo contrario el relevo generacional se pondrá en riesgo.
Pero la solución del campo no solo está en el campo; la sociedad beneficiaria, es decir, la población urbana, tiene que entrar de lleno tanto en el reconocimiento y valoración de la labor del pequeño y mediano productor como en el consumo a precios justos (para todas las partes).
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No debería ser tan difícil, ya que las grandes urbes del centro del país como la Ciudad de México, Puebla, Cuernavaca y otras son verdaderos pozos sin fin cuando se trata de consumir alimentos. Pero no hemos podido crear los canales efectivos y nos limitamos a pequeños tianguis de comercio justo, orgánicos, agroecológicos, etc.
Reducir intermediarios y más ganancia a productor
Cuando el objetivo debería ser tener espacios en las centrales de abastos, los mercados, los supermercados y una red de distribución que llegue hasta la abarrotería de la esquina. Todo esto, reduciendo el número de intermediarios y dejando un margen mayor de ganancia para el productor.
El intermediario es necesario, ya que la gran mayoría de los productores no se dedican (ni se van a dedicar) a distribuir su producción. El intermediario juega un papel fundamental en la economía, pero no debería ganar más que el que produce el bien.
Voluntad política hace falta para otorgar espacios a productores organizados y productores organizados hacen falta para exigir a las autoridades los espacios correspondientes. De nuestra parte, hay que estar cada vez más consciente de que de seguir con esta tendencia, la frágil seguridad alimentaria será vulnerada.
Porque una cosa es que algunas regiones del país, principalmente en el centro del mismo, están blindadas contra el acaparamiento agrícola, pero hay otras amenazas y para la sociedad los efectos pueden ser igual de negativos, tanto el acaparamiento como el abandono de las tierras.
Nota. Si crees que las ideas planteadas acá pueden ayudar a solucionar algunos de los problemas del campo y la ciudad, ¡ponte en contacto! Podemos tejer una red de comercio justo, adherirnos a una o sumar de una u otra forma. ¡Gracias!
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