Desde su experiencia como arquitecta y urbanista, Berenice Vidal Castelán propone una visión integral de la ciudad basada en el respeto al territorio, la memoria colectiva y los vínculos afectivos. En esta entrevista, comparte los aprendizajes que marcaron su camino profesional y ético.
A través de su trayectoria en gestión pública, docencia y colaboración con organismos internacionales, reflexiona sobre el valor del patrimonio como tejido vivo. Advierte los riesgos de la turistificación y la gentrificación, y apuesta por políticas urbanas con justicia y sensibilidad social.
A continuación, la entrevista completa a Berenice Vidal:
Liz: A lo largo de su trayectoria ha estado vinculada al patrimonio, la ciudad y la gestión cultural. ¿Qué experiencias previas la prepararon para asumir responsabilidades públicas con esa mirada?
Berenice: A lo largo de mi trayectoria ha habido momentos clave que marcaron profundamente mi forma de entender el territorio y la responsabilidad pública. El primero fue durante mi servicio social, colaborando como arquitecta en un centro de capacitación indígena en Chiapas, experiencia que continué con Arquitectos Sin Fronteras.
Ahí descubrí el valor del patrimonio inmaterial, la diversidad cultural y el conocimiento vivo que resiste y florece fuera del discurso tradicional del patrimonio. Me permitió comprender la riqueza de lo colectivo y la necesidad de trabajar desde una mirada intercultural.
Otro momento transformador fue conocer, desde la gestión pública, las condiciones reales del territorio del municipio de Puebla: sus desigualdades, los vacíos de infraestructura, pero también la enorme capacidad de resiliencia social y la profunda identidad barrial expresada en celebraciones, oficios, espacios y afectos urbanos.
Fue ahí donde entendí que cada barrio es un universo y que el sentido de pertenencia es un recurso clave para la sostenibilidad urbana.
Estas experiencias me llevaron a especializarme en urbanismo, ordenamiento territorial y transporte, con el fin de construir herramientas integrales que permitan atender las múltiples y complejas problemáticas del desarrollo urbano desde una visión humana, sostenible y con fuerte anclaje cultural.
Liz: ¿Hubo personas, lecturas o momentos que hayan marcado la forma en que Berenice Vidal entiende el patrimonio como un espacio vivo, más allá de lo material?
Berenice: Más que una sola lectura, han sido las experiencias y las personas con quienes he trabajado las que han transformado mi comprensión del patrimonio. Me considero una persona sensible, y eso me ha llevado a poner atención a lo que no siempre es visible: los vínculos afectivos, las prácticas cotidianas, los saberes tradicionales, la manera en que las comunidades viven su entorno.
Recuerdo a mi profesor Óscar Hagerman, Óscar Morales, al padre Fernando Fernández (jesuita), y también a amigos, familiares y compañeros que han contribuido en mi crecimiento profesional. Y autores que me han inspirado como Henri Lefebvre, Jane Jacobs, Jan Gehl, Johan Van Lengen, Néstor García Canclini, entre otros.
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He tenido la fortuna de convivir con distintas comunidades, tanto en México como en el extranjero, y esas vivencias me han enseñado que el patrimonio no es una pieza estática o monumental, sino un tejido vivo que se transforma con las personas, sus historias, sus oficios, su memoria. El patrimonio no es el pasado congelado, sino el presente habitado con sentido.
Liz: ¿Cómo afecta el turismo, más allá de lo visible, a una ciudad como Puebla, cuyo centro histórico ha sido declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad? ¿Qué caminos considera posibles para evitar escenarios como los de Barcelona o Venecia?
Berenice: Puebla aún conserva un equilibrio entre la vida cotidiana y el turismo, a diferencia de ciudades como Barcelona o Venecia, cuyos centros históricos han sido transformados profundamente por la masificación del turismo. Sin embargo, ya se observan señales de alerta, como la reconversión de viviendas populares en alojamientos turísticos de corta estancia (tipo Airbnb), sin una regulación adecuada del uso de suelo ni del impacto social y ambiental.
El mayor riesgo es perder la capacidad habitacional del centro, y con ella, el tejido social que le da sentido. Parte fundamental del valor de Puebla radica en su vivienda popular, en sus oficios, en su gastronomía y en la creatividad de sus habitantes. Por eso es clave que el turismo no sustituya a la vida cotidiana, sino que se integre a ella con respeto.
Necesitamos políticas que regulen, equilibren y potencien el turismo responsable, sin desplazar a los habitantes ni romper los ciclos urbanos tradicionales. El centro no es un museo: es un ecosistema vivo que debe poder transformarse sin perder su alma.
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Liz: En los últimos años, hablar de patrimonio también implica reflexionar sobre procesos como la gentrificación. Desde su experiencia, ¿cómo se puede cuidar el entorno sin desplazar a quienes lo habitan ni romper con su identidad barrial?
Berenice: Evitar la gentrificación requiere políticas públicas activas, no solo instrumentos financieros. Es indispensable que existan mecanismos que protejan a la población residente, a través de programas de acceso a la vivienda, incentivos para la rehabilitación habitacional y apoyo a los oficios locales y la economía social.
Pero no se trata únicamente de conservar lo existente: también es fundamental promover la mixidad social y funcional, es decir, permitir la convivencia de distintos grupos sociales, usos y actividades económicas en un mismo territorio. Eso genera ciudades vivas, resilientes y justas.
Hoy en día, muchas políticas son reactivas o fragmentadas. Se requiere una regulación integral, ética, congruente y territorialmente sensible del suelo urbano, con enfoque en el derecho a la ciudad, no solo en la rentabilidad del espacio.
Liz: ¿Cómo le gustaría que se recuerde el trabajo de Berenice Vidal en la ciudad y qué mensaje desea dejar a quienes continuarán caminando ese mismo territorio?
Berenice: Me gustaría ser recordada como alguien que apostó siempre por un enfoque integral, que trabajó por ciudades más humanas, equitativas y sostenibles, y que puso el acento en la revitalización del espacio público con una visión social, ambiental y urbana.
Que se diga que fui alguien que no tuvo prisa por imponer, sino que se tomó el tiempo de escuchar, de socializar los proyectos con las comunidades, de construir desde el diálogo. Que entendió el patrimonio como un recurso vivo, indispensable para el desarrollo sostenible, y que siempre defendió la idea de que una ciudad solo tiene futuro si cuida a quienes la habitan y reconoce el valor de su historia compartida y la pone al alcance para las futuras generaciones.





