La poesía es un territorio mutable donde la voz se transforma y se multiplica, señaló el poeta tabasqueño Álvaro Solís. Asimismo, habló del tiempo como esencia creadora, de la necesidad de una comunidad lectora y de los desafíos de sostener una vida literaria.
Su escritura revela una conciencia profunda del cambio y la pérdida. Más que una voz única, Solís cultiva un coro interior que se desplaza entre lo íntimo y lo colectivo. Sus poemas se alimentan del tiempo y buscan nombrar lo inasible sin perder la claridad emotiva.
A continuación la entrevista a Álvaro Solís completa:
A veces una voz poética no nace, sino que se afila con el tiempo. ¿Cuál fue el momento —no el primero, sino el decisivo— en que supo que había encontrado la suya?
Álvaro: En mi caso no me he afanado tanto en encontrar una voz, sino en propiciar la búsqueda de temas que me resulten inquietantes, inevitables. Esos temas, a su vez, me han llevado a conocer y a dominar ciertos recursos de estilo. Creo que en mi caso no hay una voz, sino muchas. He procurado no anclarme mucho tiempo en ninguna de ellas.
En mi primer libro busqué mi propia identidad familiar a través de la poesía, luego busqué en la otra literatura los pretextos para escribir, pero eso fue cambiando. Ahora busco en la historia los rasgos de una identidad que ya no es de índole individual, sino colectiva. Mi voz es pues lo cambiante, se dilata en el tiempo fuera de mi control y yo sólo aspiro a poder seguir su rastro y dejar registro de ello en algunos poemas.
Sin embargo creo que sí ha habido, sin duda, momentos decisivos en mi vocación por escribir y creo que el más claro de ellos, fue cuando abandoné Tabasco en el año 2000 para irme a estudiar filosofía a la Autónoma de Tlaxcala. Ese perderlo todo, abandonar mi casa, mi familia por algo que en ese momento no podía definir del todo, constituye un cambio de rumbo en todos los niveles de mi existencia.
Más allá de la discusión sobre becas o empleos, ¿qué entiende hoy por “sostener una vida literaria”? ¿En qué momento esa vida se vuelve insostenible?
Álvaro Solís: El ejercicio de la escritura requiere, además de imaginación y vocación, tiempo. La materia prima y también uno de los temas centrales de toda la poesía, tal como afirma Luis García Montero, es el paso del tiempo. Entonces la discusión no está en las becas, ni en el buen o mal empleo, sino en cómo hacer para tener el tiempo de encontrar la circunstancia en la que la escritura floresca. Porque el tiempo de escribir es también el tiempo de leer, el tiempo de existir, el tiempo de amar. La vida literaria se sostiene por el impulso y el ímpetu que nos mantiene en el libro que se escribe, pero también el que nos ancla, de un modo indescifrable, en el libro futuro. El autor se sostiene en realidad a pesar de las becas y de los empleos, mantiene a tono su ser para propiciar la llegada y la maduración del poema. Las becas nos dan dinero, estatus y el empleo nos da estabilidad económica, seguridad social, pero ninguno de ellos nos asegura que vamos a escribir un buen libro.
Por otra parte, la vida literaria es paralela a la escritura, pero estas dos nunca se estremezclan. En la escritura florecen los temas, la pureza o la inmundicie en donde la poesía encuentre su pretexto. La vida literaria es ese momento en que el autor se entrecruza con otros que tienen similares aspiraciones. Allí encuentra uno la luz de las grandes obras que sirven como maestros, también los maestros de carne y hueso que nos orientan no sólo en el ejercicio de escribir, sino en el de ser en el mundo.
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Como editor y promotor, ¿qué heridas arrastra el ecosistema de la poesía en México: la indiferencia del lector, la endogamia editorial, la ausencia de crítica?
Álvaro: Yo no he encontrado ningún lector que sea indiferente, todo lo contrario. Como profesor del Bachillerato 5 de mayo de la BUAP, procuro sociallizar el acto de la lectura de literatura con mis estudiantes. De Shakespeare a Rulfo del poeta chino Duo Duo a Mario Bojórquez o de Marin Sorescu a Loise Glük, todos ellos trazan rutas de emoción que puedo leer en las miradas de los jóvenes. En cuanto a la endogamia editorial, me parece que en un mundo globalizado por la tecnología y el internet, cada vez es más fácil dar a conocer lo que uno escribe con los demás. Basta un click para que alguien, en otro país, a miles de kilómetros de distancia, nos lea. Quizá si debo conceder que el ejercicio de la crítica si constituye un vacío. Casi nadie lee a nadie, casi nadie escribe de nadie y el mundo de la poesía, la viva, la que se escribe y publica hoy, ha rebasado por mucho la mirada de los pocos que se ejercitan en la crítica.
Si Álvaro Solís pudiera dejarle a alguien que empieza un mapa de lecturas necesarias —no para escribir, sino para resistir—, ¿qué autores, qué libros estarían ahí?
Álvaro: Si en el mundo de la escritura no hay mapas ni rutas definitivas, en el de la lectura mucho menos. La única indicación que me parece válida es la de forjar el hábito de la lectura y dejar la rienda suelta a la curiosidad, porque es por medio de ella que iremos de un libro a otro, de un autor a otro, de una época a otra, etc. Otro aspecto que me parece interesante, es el de forjar una comunidad en torno a la escritura, compartir lo que uno lee. Nos permite establecer díalogos profundos con los demás, el libro no hace en el autor, ni muere en el lector, sino que se extiende de manera infinita cuando con otro podemos compartir el modo en que la lectura ha transformado nuestra vida.
Para mí la lectura ha sido siempre el lugar en donde he encontrado consuelo y compañía. En los libros me he refugiado en mis momentos más duros, y en sus págias he visto cómo el mundo alrededor, el mundo afuera, se fue volviendo soportable.
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