El 5 de mayo de 1862 el general Ignacio Zaragoza comandó al ejército que se enfrentó a los franceses en la batalla de Puebla. El triunfo mexicano fue total, ya que obligó a los franceses a replegarse.

La batalla de Puebla fue un logro inmenso para México desde el punto de vista estratégico, porque retrasó un año el avance del invasor y permitió al gobierno mexicano preparar más a fondo la defensa. Pero más importante fue el impacto moral de este triunfo: el pueblo vio que el extranjero no era invencible y que las fuerzas mexicanas fueron capaces de hacer frente al ejército más poderoso del mundo.

Gabino Barreda, pronunció el discurso conocido como Oración Cívica el 16 de septiembre de 1867. Discurso que contiene una poderosa representación de la historia de México y de las nuevas circunstancias que terminaron en convertirse en el mapa de creencias básicas utilizado para establecer la identidad moderna de los mexicanos a finales del siglo XIX.

La Oración cívica es la formulación más influyente del mito fundador del Estado nacional gobernado por los liberales. Y este es el mito en torno al cual se agrupan todas las demás representaciones: las fechas patrias, los códigos normativos constituyentes, el Jefe Ejemplar, la revolución, el progreso y el Nuevo Comienzo y la Edad de Oro. Significativas son la complejidad y la riqueza del mundo barrediano plasmado en el documento y, por lo tanto, comenzaré por ubicar el contexto histórico en que fue pronunciado y su objetivo político.

A Barreda le interesa hacer énfasis en que la perduración de la crisis ha tenido efectos destructivos; por ello en pasajes posteriores alude a ella adjetivándola: “la terrible crisis por que atravesamos” o “la espantosa crisis”. Sin embargo, la mención de este efecto destructivo de la crisis viene acompañado de una definitiva valoración de su necesidad, pues la crisis revolucionaria está insertada en un programa de progreso.

Que el conjunto de esas crisis, dolorosas pero necesarias, ha resultado también, como por un programa que se desarrolla, el conjunto de nuestra plena emancipación y que es una aserción tan malévola como irracional, la de aquellos políticos de mala ley, que demasiado miopes o demasiado perversos, no quieren ver en esas guerras de progreso y de incesante evolución otra cosa que aberraciones criminales o delirios inexplicables.

Esta sorpresa inicial se diluye al observar que la figura de Juárez está íntimamente relacionada con el núcleo de representaciones del mito fundador del Estado nacional. Juárez no podía estar por debajo de la importancia de dicha génesis. Y en el fondo es necesario observar que lo que Barreda hace es construir a través de la representación de Juárez la representación del Ejecutivo de dicho Estado. Un ejecutivo sin mancha y por ello adalid. Barreda hace una defensa por vía de la “demostración” del principio de autoridad (soberanía) depositado en el Ejecutivo.

La lucha por la unidad nacional, en la que los héroes despliegan su ejemplaridad, habían sido aquellas librabas por la Independencia, es decir, la que confrontaba a los mexicanos patriotas con otras potencias que querían su sujeción. En el discurso de Barreda se mencionan, en primer lugar, la guerra contra España (insurgencia) y el segundo evento de esta naturaleza es la intervención francesa.

Sobre esta última Barreda afirma que los invasores estaban encabezados por “un soberano cuyas únicas dotes son la astucia y la falsía”, que se movía con el objetivo de exterminar a las instituciones republicanas en América, “después de haberlas minado primero y derrocado por fin en Francia, por medio de un atentado inaudito, el 2 de diciembre de 1851”. Por ello el combate que libraron los mexicanos fue no sólo salvar a su patria sino el porvenir de toda la humanidad: “¡salvar a su patria y salvar con ella unas instituciones que un audaz extranjero quería destruir y que contenían en sí todo el porvenir de la humanidad!” De esta manera Barreda asegura la visión heroica de la derrota a los invasores. La salvación de México fue proyectada por Barreda como el inicio de un inmejorable porvenir para toda la humanidad. Con esto quedaba asegurado el carácter cosmológico del mito liberal.

En este conflicto entre el retroceso europeo y la civilización americana; en esta lucha del principio monárquico contra el principio republicano, en este último esfuerzo del fanatismo contra la emancipación, los republicanos de México se encontraban solos contra el orbe entero, porque la gran republica misma se vio obligada en virtud de la guerra intestina que la devoraba, a mantenerse neutral y aun a prestar alguna vez, con mengua de su dignidad, servicios a esa misma invasión, que pretendía entrar por México a los Estados Unidos. De esta manera, […] la gloria de México ha sido todavía más esplendente. ¡Ni un solo sable del ejército americano se ha desnudado en favor de la república, ni un solo cañón de la Casa Blanca se ha disparado sobre el alcázar de Chapultepec! ¡Y sin embargo, el triunfo ha sido espléndido y completo! ¡Tres meses habían pasado apenas desde que los invasores abandonaron nuestro suelo, y nada existía ya de ese imperio, que había de extinguir la democracia en América!

En marzo de 1863, casi un año después del éxito del ejército mexicano del 5 de mayo de 1862, los franceses tomaron la ciudad de Puebla y en unos cuantos meses impusieron su dominio militar sobre el resto del país. Los conservadores mexicanos y unos cuantos liberales se aliaron con los franceses y, en un acuerdo con Napoleón III, decidieron instituir en México una monarquía moderada. Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria, llegó a México para convertirse en su emperador en mayo de 1864, su reinado duró tres años, cuando fue derrotado y fusilado por los liberales, al mando de Benito Juárez.

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