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Aunque el presidente electo López Obrador pareciera moverse en los espacios institucionales del régimen priísta, sus aliados le están modificando sus referentes de Estado y lo están llevando a tensiones con sabor a ruptura con los pilares de la estabilidad nacional.

Las oscilaciones de López Obrador sobre el ejército –un día los critica, otro los exalta y luego los vuelve a humillar– están dejando una honda preocupación, sobre todo por su insistencia en un ejército de paz. Alguno de sus operadores más importantes ha llegado inclusive a sugerir la disolución de las fuerzas armadas.

López Obrador ha transitado toda su vida en la disidencia anti sistema y por tanto no entiende la lógica del poder institucional. Su paso por la jefatura de gobierno del DF 2000-2005 no le hizo entender la relación Estado-soberanía-seguridad nacional.

Desde la aprobación de la Constitución de 1917 México no ha sufrido ninguna invasión extranjera y sólo participó con pocos efectivos en la segunda guerra mundial. Pero sin el ejército no hubiera habido soberanía nacional.

Ahora mismo el problema del crimen organizado no es un asunto policiaco o de invasión extranjera, sino que representa un desafío a la seguridad interior, es decir, a la soberanía del Estado nacional porque hay zonas territoriales de esa soberanía del Estado que están bajo control de grupos criminales.

Hablar de ejército no es agotar el tema en cuestiones de armas. La doctrina de defensa nacional –que existe en prácticas y que hasta ahora no se ha traducido en documento formal– define la soberanía del Estado, el bienestar de la sociedad y la garantía de las fuerzas armadas. En ningún país que tiene plasmado su documento de doctrina de defensa nacional el ejército gobierna.

El principal pilar del discurso de toma de posesión de López Obrador deberá definir su propuesta de soberanía nacional. Si el ejército se retira de la seguridad antes de garantizar una policía eficaz y un sistema judicial depurado, esa decisión sería la entrega de la plaza nacional a los intereses de los grupos criminales que, para empeorar las cosas, forman ya organizaciones transnacionales.

Sin soberanía nacional no hay Estado ni hay país. Así de simple. Por eso es urgente que López Obrador defina ya su doctrina de defensa nacional y su doctrina del Estado nacional, antes que las críticas a los militares beneficien a las organizaciones criminales y ofrezcan la imagen de un Estado debilitado en su seguridad interior.

Barandilla

· Si la estructura de seguridad pública y los funcionarios a cargo no logran convencer a la sociedad, entonces vendrán dos años peores que los de Calderón y Peña Nieto.
· Lo que se había advertido ya llegó: el crimen organizado como estructura de disputa del poder del Estado ya está en el Valle de México.

(*) Director del Centro de Estudios Económicos, Políticos y de Seguridad.

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Periodista desde 1972, Mtro. en Ciencias Políticas (BUAP), autor de la columna “Indicador Político” desde 1990. Director de la Revista Indicador Político. Ha sido profesor universitario y coordinador...