Lupita Vanesa López Silva
En México, la discusión sobre las demandas de las mujeres se ha vuelto cada vez más compleja. No solo porque la violencia machista sigue siendo una realidad cotidiana para millones, sino porque alrededor de esa violencia también se disputa políticamente el sentido del feminismo y de las luchas sociales en México.
Para quienes venimos de movimientos sociales y trabajamos desde una lógica de militancia, es claro como durante los últimos años, particularmente desde la llegada de Andrés Manuel López Obrador al gobierno, sectores de derecha comenzaron a incorporar discursos feministas como parte de su estrategia política de oposición. Para nosotras no es casual que muchas figuras que históricamente guardaron silencio frente a las violencias estructurales producidas por el neoliberalismo hoy se presentan como defensoras legítimas de las mujeres.
AMLO también se dio cuenta de cómo muchas de las organizaciones feministas de México inclinadas a la capucha y la tensión, estaban vinculadas con asociaciones civiles cooptadas por la agenda hegemónica del Sistema de Cooperación Internacional, es decir operaban bajo un financiamiento proveniente del norte global, cuyos intereses responden a una lógica colonial, injerencista y de control.
Sin embargo, detrás de ese discurso existe una contradicción profunda: hablar de “las mujeres” como si todas viviéramos las mismas condiciones borra las diferencias de clase, raza y territorio que atraviesan la vida de millones.
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El discurso de mujeres como homogeneización
No vive la violencia igual una mujer empresaria de las élites políticas que una mujer indígena de Azumiatla, Puebla. No enfrenta las mismas condiciones una funcionaria vinculada al poder económico, como Margarita Zavala, que una trabajadora precarizada, una campesina o una madre que pasa cuatro horas diarias en transporte público.
Por eso, cuando ciertos feminismos liberales hablan en nombre de “todas las mujeres”, terminan ocultando las desigualdades estructurales que sostienen este país. No me malentiendan, la violencia machista existe y debe combatirse, pero reducir todas las luchas de las mujeres únicamente a una narrativa individualizada de violencia termina fragmentando demandas históricas vinculadas al trabajo, la tierra, la educación, la vivienda, la cultura y los derechos colectivos.
Esta fragmentación y ocultamiento no es casual ni inocente, sino una estrategia impulsada por partidos de derecha en México y España, específicamente el PAN y VOX. Con el objetivo de restar potencia organizativa, estos actores promovieron la fractura de los colectivos de mujeres mediante la exclusión de las mujeres trans de la supuesta “verdadera” lucha feminista, desvinculando además al movimiento de otras causas sociales fundamentales, como las luchas laborales, estudiantiles y por la defensa de la tierra. Al intentar reducir una lucha transformadora a una descafeinada “violencia de género”, buscaron neutralizar su alcance. La intencionalidad política de esta división ha sido evidenciada por organizaciones feministas de izquierda, quienes han señalado públicamente a liderazgos de ciertos colectivos —como un conocido caso en Veracruz— por mantener vínculos directos con Felipe Calderón y el propio PAN.
Primera Presidenta de México
En el marco de estas problemáticas y ante la llegada de la Primera Presidenta de México, las figuras del “feminismo de derecha” ahora son mucho más públicas. No temen afirmar que ellas sí se preocupan por las mujeres, ocultando cínicamente que sus partidos son los históricos responsables de la violencia estructural que vivimos. Un ejemplo claro de esta dinámica coyuntural es Alessandra Rojo de la Vega, quien representa un síntoma de dos realidades políticas urgentes: por un lado, evidencia a una derecha nacional e internacional articulada en torno a un ambiente de guerra y un imperialismo hambriento de dominación, cuyo objetivo principal es desestabilizar y derrocar a cualquier gobierno con aliento progresista.
Por otro lado, exhibe las carencias de una izquierda que aún no termina de entender cómo combatir la agenda de “género” impuesta por el neoliberalismo internacional, sin descuidar la atención a la violencia machista real que sufren nuestros pueblos. Es una izquierda que, además, sigue reproduciendo aquel infantilismo criticado por Lenin, fragmentándose y demostrando incapacidad para cerrar filas ante los constantes atentados contra la soberanía.
Articulación internacional de la derecha
Sin embargo, he de decir que la derechización y la fragmentación haciendo uso de la lucha de las mujeres no es un fenómeno nuevo. Las luchas socialistas del siglo XX denunciaban a mujeres burguesas por cooptar la lucha y solo buscar afianzarse en el poder dominante de sus congéneres de clase, relegando a las demás mujeres empobrecidas. Esta instrumentalización histórica de la derecha, encierra también una lógica injerencista.
En México esto ha sido promovido particularmente por el PAN, pero sin dejar afuera al resto de la derecha mexicana en vinculación con la trama internacional, que sigue evitando la avanzada de reformas progresistas en los gobiernos, tales como la despenalización del aborto, el impuesto a las grandes fortunas, el cambio de identidad sexogénerica para personas trans y no binarias, las reformas demandadas por pueblos originarios, etc; al tiempo que también evitan y fragmentan la organización territorial que vincula a los pueblos y organizaciones por luchas profundas, no solo de género.
La llegada de figuras como Isabel Díaz Ayuso y su cercanía con perfiles de derecha mexicanos no es un hecho aislado. Forma parte de una articulación internacional conservadora que intenta reposicionar discursos coloniales, racistas y profundamente antipopulares en América Latina.
Por eso resulta preocupante que mientras se habla de “defensa de las mujeres” o feminismo, se reivindiquen al mismo tiempo proyectos políticos históricamente vinculados al clasismo, al racismo y a la subordinación de nuestros pueblos en México. La instrumentalización de la lucha de las mujeres y el borramiento de la violencia colonial es una evidente muestra del proceso de colonización a nuestro continente que sigue promoviendo violencias estructurales hacia la población originaria-indígena y de piel morena-empobrecida en la actualidad, enalteciendo la figura de uno de los primeros feminicidas del País: Hernán Cortés.
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Conclusión
Frente a esta ofensiva, la tarea de las organizaciones de mujeres y de una izquierda verdaderamente crítica esno ceder el sentido histórico de nuestras luchas. Necesitamos en México consolidar un feminismo popular, de clase y antirracista que se construya desde abajo, caminando el territorio junto a las mujeres que sostienen la vida comunitaria. Las respuestas frente a la violencia estructural no vendrán de las agendas descafeinadas de la cooperación internacional, ni mucho menos de una derecha que hoy se disfraza de aliada, sino de la organización de las mujeres trabajadoras, indígenas y precarizadas.
Hacer frente a este neocolonialismo exige una militancia congruente, que entienda que erradicar la violencia machista es inseparable de la defensa de la tierra, la soberanía y la justicia social profunda —una lucha que se gana caminando los barrios, pero también dominando el rigor administrativo, legal e institucional para desarmar sus estructuras. Solo así podremos desmantelar las herencias del colonialismo y tejer una paz que nazca genuinamente desde las bases.
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