El 24 de abril, Día Internacional del Multilateralismo y la Diplomacia para la Paz, no es solo una conmemoración del orden internacional. Es, en realidad, un recordatorio incómodo: el mundo no está en paz.
Y eso no es una noticia… es una constante.
Conflictos armados, sanciones económicas, tensiones geopolíticas y discursos de confrontación marcan la agenda global. Pero detrás de cada decisión de poder hay algo más profundo: millones de personas viviendo con miedo, incertidumbre y vulnerabilidad.
Sin embargo, hay una idea que pocas veces se aterriza con claridad: lo que ocurre en el mundo no se queda en el mundo. Tiene efectos directos en cómo se gobierna lo local, en cómo se ejerce el poder en los estados y municipios, y en cómo se protege —o se vulnera— la dignidad humana.
Por eso, la pregunta ya no puede ser únicamente global. También debe ser profundamente local:
¿Estamos gobernando para prevenir conflictos o simplemente para administrarlos cuando ya explotaron?
Porque cuando la violencia —o incluso la guerra— deja de ser un fracaso y comienza a ser funcional a ciertos intereses, la paz deja de ser prioridad.
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Del multilateralismo global a la gobernanza local de paz
Los conflictos internacionales dejan una lección clara: cuando se abandona el diálogo, cuando se privilegia la fuerza y cuando los intereses de poder se colocan por encima de las personas, la violencia no solo aparece… se expande.
Esa misma lógica se reproduce a nivel local.
En México —y particularmente en los estados— los conflictos no nacen de un día para otro. Se incuban en decisiones mal diseñadas, en abusos de autoridad tolerados, en instituciones debilitadas y en la falta de mecanismos eficaces de prevención.
Se manifiestan en conflictos sociales que escalan, en detenciones arbitrarias, en desconfianza institucional, en comunidades que dejan de creer en el Estado, en el multilateralismo y la paz.
Y, con demasiada frecuencia, la respuesta institucional llega tarde.
Cuando el conflicto ya es crisis.
Eso no es prevención.
Eso es reacción.
Y gobernar reaccionando no es neutral: es una forma silenciosa de permitir que la violencia avance.
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La municipalización de la paz: el gran pendiente
Aquí es donde el multilateralismo deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una herramienta concreta de gobierno.
Así como los Estados deben dialogar entre sí, los gobiernos locales deben dejar de ejercer el poder de forma unilateral y comenzar a construir decisiones desde una lógica multiactor:
- ciudadanía
- instituciones públicas
- organismos autónomos
- sociedad civil
A esto debemos llamarle, sin ambigüedades, municipalización de los derechos humanos.
Es decir, trasladar los principios de la diplomacia —diálogo, cooperación, corresponsabilidad— al ámbito municipal, donde realmente se viven los conflictos y donde se define, en los hechos, si la dignidad humana es protegida o vulnerada.
Cuando el poder se concentra y se ejerce sin contrapesos, lo que se debilita no es solo la gobernabilidad: es la legitimidad.
Y sin legitimidad, no hay paz posible.
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Diplomacia: del discurso a la responsabilidad
En el plano internacional, México ha sostenido una postura relevante. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha planteado que los conflictos deben resolverse mediante el diálogo, el respeto a la soberanía y el derecho internacional.
Esa posición es significativa.
En un contexto global donde la guerra tiende a normalizarse, apostar por la diplomacia es, en sí mismo, un acto político.
Pero el reto no es menor: la diplomacia no puede quedarse en el discurso.
Debe traducirse en liderazgo, en posicionamientos claros y, sobre todo, en acciones que incidan en la construcción real de paz.
Porque cuando los Estados callan frente a la violencia —o la subordinan a intereses políticos o económicos— la paz deja de ser prioridad.
La reciente cumbre de gobiernos progresistas en Barcelona dejó una idea central: la paz solo puede construirse colocando a las personas en el centro, no a los intereses geopolíticos ni a los mercados.
Esa lógica no es exclusiva de la política internacional.
Es, o debería ser, la base de toda decisión pública a nivel local.
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Puebla: reconstrucción institucional y responsabilidad histórica
En el caso de Puebla, esta discusión adquiere una dimensión concreta.
El estado viene de una etapa de debilitamiento institucional que impactó directamente en la capacidad del gobierno para prevenir conflictos, atender violaciones a derechos humanos y generar condiciones de estabilidad social.
La transición tardía hacia un modelo de gobierno más alineado con el enfoque de derechos humanos dejó brechas profundas, especialmente en los grupos en situación de vulnerabilidad.
Hoy, con la administración de Alejandro Armenta Mier, se han iniciado procesos de recuperación institucional que buscan reconstruir capacidades que debieron consolidarse desde hace años.
Ese esfuerzo es relevante.
Pero también implica una responsabilidad mayor.
Porque las consecuencias del pasado siguen presentes.
Y porque avanzar ya no es suficiente: es necesario acelerar.
La gobernabilidad real no se mide en discursos, sino en resultados. En la capacidad de anticipar conflictos, de prevenir violencias y de corregir fallas estructurales antes de que escalen.
Para ello, la voluntad política es indispensable, pero no basta.
Se requiere experiencia, diseño institucional y una visión clara: entender que prevenir la violencia no es un complemento del gobierno… es una de sus funciones esenciales.
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El Multilateralismo y la paz como decisión política
En este Día Internacional del Multilateralismo y la Diplomacia para la Paz, la reflexión no puede quedarse en los foros internacionales ni en los discursos diplomáticos.
- Debe aterrizar en los municipios.
- En las decisiones cotidianas.
- En la forma en que se ejerce el poder en lo local.
- La paz no se construye en abstracto se construye en cada política pública, en cada actuación institucional y en cada decisión que coloca —o excluye— a las personas del centro.
- Y hay algo que debe decirse con claridad: la paz en los estados no puede estar subordinada a intereses políticos, ni mucho menos a intereses económicos de unos cuantos.
- Porque cuando eso ocurre, la violencia deja de ser una anomalía… y se convierte en consecuencia.
- Por eso, los procesos de paz más sólidos no nacen del discurso.
- Nacen cuando el Estado tiene la capacidad real de prevenir, anticipar y corregir.
- Cuando entiende que gobernar no es administrar conflictos, sino evitarlos.
- Y cuando asume, sin evasivas, que la dignidad humana no es negociable.
Porque, al final, la paz no fracasa por falta de discursos. Fracasa cuando los gobiernos permiten que los intereses de poder valgan más que la vida y la dignidad de las personas.
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