Mtra. Mónica Palma Rivera Mtra. Mónica Palma Rivera

Mi padre es un hombre inteligente y sensible, aunque su coraza de hombre feo, fuerte y formal nos quiera comunicar lo contrario.

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Alguna vez me platicó a carcajadas lo vivido en un “gay parade” en Alemania: caminaba por una calle con un compañero rumbo a la oficina y, de repente… ¡ya era parte de la marcha y ni se dio cuenta! Al final, el espacio servía a más de un fin; se traslapaban necesidades en un tiempo y espacio definido.

Ese traslape del que hablaba mi padre nos demuestra que la ciudad no es neutra: es un lugar donde el género también se disputa. David Le Breton escribió hace ya casi tres décadas “El elogio del caminar” para hablar de un acto simple pero enriquecedor: caminar con plena conciencia corporal, como resistencia ante una época de demandante velocidad y productividad.

Pero con honestidad preguntémonos: ¿quiénes pueden darse el lujo de caminar sin miedo, simplemente para habitar el presente? Mientras mi padre cruzaba aquella manifestación con la ligereza de quien va a la oficina siendo un hombre cis y heterosexual, la experiencia diaria de recorrer la calle para una mujer o una persona trans es radicalmente distinta.

El espacio público está marcado de antemano por dinámicas de poder que determinan quién le pertenece a la acera y quién debe apresurar el paso o, de plano, desaparecer.

El espacio es una red de relaciones sociales

Para entender esto, la geógrafa Doreen Massey nos dejó una idea brillante: el espacio no es un escenario estático donde las cosas simplemente pasan, es una red de relaciones sociales en constante movimiento, cargada de política.

No está separado de la sociedad; es esta misma expresada de forma material. Por lo tanto, si nuestro entorno está atravesado por el binarismo de género y el patriarcado, nuestras ciudades van a materializar esos mismos sesgos.

El género, así, es una fuerza que organiza el mapa, que decide dónde hay luz, dónde hay callejones ciegos, qué zonas son “seguras” y cuáles se vuelven hostiles para las disidencias.

Ahora, piensa en la parada del camión o en el espacio confinado de la combi: ¿quiénes ejercen más ese poder? En la mayoría de los casos son los hombres —no todos, por supuesto, pero sí a través de dinámicas colectivas de ocupación— quienes se apropian del espacio físico con sus posturas, miradas o proximidad intimidante.

En espacio urbano, opera la microfísica del poder

Esto es a lo que Michel Foucault llama la microfísica del poder, tan palpable que, antes de salir a la calle, opera en la ropa que nos ponemos, sobre todo las mujeres.

Vestirse se convierte en un ejercicio cartográfico: elegimos qué usar a sabiendas de las violencias que queremos prevenir, calculando el riesgo de la ruta, el transporte y los cuerpos con los que nos toparemos.

El diseño de la ciudad nos disciplina el guardarropa y nos dicta al oído: “tú sí encajas aquí, tú mejor escóndete”.

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Tercer paisaje, refugio de la diversidad

Frente a esta rigidez, Gilles Clément en su Manifiesto del Tercer Paisaje, habla de esos espacios residuales, los terrenos baldíos, los lugares que el urbanismo oficial olvidó porque “no producen”.

Para Clément, el Tercer Paisaje es el refugio de la diversidad biológica, el único rincón donde la vida crece sin el diseño estricto del ser humano.

Si trasladamos esto a lo social, las disidencias y los cuerpos feminizados muchas veces hemos tenido que habitar los “terceros paisajes” urbanos: los márgenes, la noche, los callejones olvidados, transformándolos en refugios de resistencia, fiesta y comunidad.

La disidencia encuentra su potencia ahí donde el diseño oficial falló en cuadricular el territorio y controlar los cuerpos y las identidades.

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Diseño urbano actual nos divide


Al final del día, el diseño urbano actual opera como una línea de producción que fragmenta, especializa y limita las trayectorias de los cuerpos que lo ocupan. Nos divide entre los que producen y los que estorban, entre los que tienen derecho a la seguridad y los que deben asumir el riesgo de existir en lo público. ¿Para quién y para qué está hecha la ciudad realmente?


Construir hábitats para una sociedad megadiversa nos exige dejar de diseñar desde la homogeneidad. La fragmentación actual de la infraestructura —que asume que un cuerpo solo se desplaza en línea recta para consumir o trabajar— elimina la posibilidad misma de vivir lo público para las mayorías.

Reclamar el espacio público, más allá de las efemérides de calendario, es exigir un hábitat donde la arquitectura deje de ser una barrera y se convierta en el soporte de una vida digna, diversa y plenamente habitable para todos, todas y todes.


Referencias


Clément, G. (2018). Manifiesto del Tercer Paisaje. Editorial Gustavo Gili.
Foucault, M. (1979). Microfísica del poder. Ediciones La Piqueta.
Le Breton, D. (2011). Elogio del caminar. Siruela.
Massey, D. (1994). Space, place, and gender. University of Minnesota Press.

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.