Mtro. Jerónimo Chavarría Hernández
La ciudad se nos está haciendo larga, cara y cansada. Y eso también es un problema ambiental. Puebla crece. Crecen los fraccionamientos, las vialidades, las plazas comerciales, las zonas habitacionales, las periferias y los traslados.
Crece la mancha urbana y crece también la sensación de que cada vez vivimos más lejos de todo: del trabajo, de la escuela, del agua suficiente, del transporte digno, de los parques, del tiempo libre y, a veces, hasta de la propia ciudad.
Durante años confundimos crecer con mejorar. Como si construir más significara automáticamente vivir mejor. Como si abrir más suelo urbano fuera sinónimo de desarrollo. Como si una ciudad más extendida fuera una ciudad más moderna. Pero no siempre es así.
Una ciudad puede crecer mucho y funcionar cada vez peor. Puede tener más vivienda y menos comunidad. Más calles y más tráfico. Más concreto y menos sombra. Más periferia y menos servicios. Más “desarrollo” y menos
territorio.
Puebla no se está quedando sin ciudad; se está quedando sin territorio. El problema no es que la ciudad cambie. Las ciudades cambian, se transforman, reciben población, demandan vivienda y servicios.
Crecimiento afecta suelo agrícola y agua
El problema es cuando ese crecimiento ocurre como si el suelo fuera infinito, como si el agua no tuviera límites, como si la movilidad se resolviera solo abriendo más calles y como si el ambiente fuera una decoración opcional que se coloca al final, cuando ya está vendido el fraccionamiento.
Cada hectárea urbanizada sin planeación se paga después. Se paga en tráfico, en inundaciones, en calor, en pérdida de suelo agrícola, en presión sobre el agua, en servicios más caros y en una vida cotidiana más difícil.
La ciudad dispersa tiene factura, aunque muchas veces no llegue a nombre de quienes toman las decisiones. La pagan quienes viven lejos, quienes pasan horas en transporte, quienes no tienen cerca una escuela, un centro de salud, un parque o una ruta segura para caminar.
Expansión produce desigualdad
La expansión urbana también produce desigualdad. No es lo mismo vivir en una zona conectada, con servicios, sombra, transporte y equipamiento, que vivir en una periferia donde todo queda lejos y todo cuesta más. El desorden urbano no se reparte de manera pareja. Para algunos, la expansión es negocio. Para otros, es cansancio acumulado.
Y aquí conviene decirlo sin rodeos: no todo lo que se vende como desarrollo urbano mejora la ciudad. A veces solo la estira. La vuelve más dependiente del automóvil, más cara de mantener, más difícil de abastecer y más vulnerable frente a los problemas ambientales. Una ciudad extendida sin orden no necesariamente ofrece más oportunidades; muchas veces solo multiplica distancias.
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Ordenamiento debe ser oportuno
El ordenamiento territorial suele sonar aburrido. Tiene fama de trámite, de mapa lleno de colores, de documento que se consulta cuando ya todo está decidido. Pero debería importarnos mucho más. Ordenar el territorio es decidir dónde sí construir, dónde no, qué zonas proteger, cómo movernos, cómo garantizar agua, cómo evitar riesgos y cómo hacer que la ciudad funcione sin devorarse a sí misma.
Porque Puebla no crece sobre una hoja en blanco. Crece sobre ríos contaminados, barrancas presionadas, acuíferos exigidos, suelos que antes infiltraban agua, zonas de riesgo y áreas naturales cada vez más fragmentadas. Cuando ignoramos esos límites, la ciudad no se vuelve más grande: se vuelve más frágil.
También hay que desconfiar de una planeación que llega tarde. Si primero se urbaniza, luego se regulariza y al final se intenta justificar, eso no es planeación: es maquillaje técnico. El territorio no puede ordenarse después de que el negocio ya pasó con la maquinaria por delante. Una política urbana seria debería tener la fuerza suficiente para decir que no: no ahí, no así, no sin agua, no sin transporte, no sobre zonas de riesgo, no destruyendo lo que después vamos a necesitar.
Agua, movilidad y vivienda van ligados
Puebla necesita crecer mejor, no simplemente crecer más. Necesita una ciudad más compacta, más conectada, más caminable, más verde y menos dependiente de soluciones improvisadas. Necesita recuperar la idea de que el suelo tiene valor público, no solo precio inmobiliario. Necesita entender que el agua, la movilidad, la vivienda, las áreas verdes y los residuos no son temas separados, sino partes del mismo metabolismo urbano.
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Lo que ocurre con la ciudad termina ocurriendo con los ríos, con el aire, con el calor, con el tráfico y con la salud. Por eso el crecimiento urbano no es un asunto exclusivo de arquitectos, funcionarios o desarrolladores. Es una discusión sobre la vida cotidiana: cuánto tardamos en movernos, cuánto pagamos por vivir lejos, cuánta agua tenemos, qué respiramos, qué sombra nos queda y qué tan justo es el lugar que habitamos.
Una ciudad que no se ordena termina creciendo contra sí misma. Y cuando eso pasa, el costo no lo paga el mapa. Lo paga la gente.
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