Este 18 de diciembre, en el Día Internacional del Migrante, comunidades enteras se detienen a pensar en las vidas que se mueven por caminos inciertos. En México, la migración no solo es un fenómeno numérico; es un proceso que transforma generaciones, economías y, sobre todo, cuerpos y derechos.
México se ha convertido en un cruce obligado para miles de personas en tránsito hacia Estados Unidos, procedentes de Centroamérica y otras regiones. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), gran parte de los eventos registrados de migración irregular incluye un 24 % de mujeres adultas entre quienes cruzan el país en situación irregular (2021-2023). Aunque no hay cifras recientes desglosadas exclusivamente para Puebla, sabemos que el estado es parte activa del mosaico migratorio de México, con población inmigrante interna y movimiento interregional de personas que buscan mejores oportunidades.
Pero más allá de los números y las gráficas, están las vidas detrás de la migración; hoy hay un foco rojo que suele quedar fuera de la conversación: la salud sexual y reproductiva de las mujeres migrantes en tránsito.
Un estudio reciente realizado en Ciudad Juárez (con análisis de encuesta a 252 mujeres migrantes en tránsito y entrevistas a actores clave) muestra cifras que, si se ignoran, pueden convertirse en un problema de salud pública por su impacto en infecciones, embarazos complicados, atención neonatal y transmisión comunitaria.
Día Internacional del Migrante, ¿qué pasa con las mujeres?
Cifras de alarma:
En esta población de mujeres migrantes en tránsito:
- 9 de cada 10 (91%) reportaron al menos una necesidad de salud sexual y reproductiva desde su llegada a México.
- Pero 2 de cada 3 (66.4%) no buscaron atención para esas necesidades.
- La necesidad más común fue salud y manejo menstrual: 88.1%.
- Más de la mitad reportó síntomas compatibles con infecciones del tracto reproductivo: 54%.
- Violencia sexual durante el trayecto: 19.4%.
- Y el dato más duro: entre quienes vivieron violencia sexual, solo 8% utilizó servicios de salud.
Los datos que sustentan este análisis provienen de un estudio internacional liderado por la Universidad de California en Berkeley, en colaboración con el Instituto Nacional de Salud Pública de México.

Hay necesidades, pero no reciben atención
¿Por qué no llegan a los servicios? Miedo, desconfianza y movilidad forzada
Las entrevistas del estudio ponen nombre a lo que las estadísticas sugieren:
- Miedo al crimen organizado y a represalias si denuncian.
- Desconfianza hacia las autoridades (policía, migración e incluso el personal de salud) debido a experiencias previas de abuso o maltrato.
- La vida “en tránsito” obliga a priorizar comida, refugio, ingreso y cuidados de hijas e hijos por encima de la propia salud.
Miedo de las mujeres migrantes
Si bien los albergues pueden facilitar el acceso a acompañamiento e información, el mismo estudio señala ciertos aspectos que dificultan una atención adecuada, ya que en algunos espacios, por normas religiosas, pueden existir restricciones a la anticoncepción de emergencia o a servicios relacionados.
Estos datos no son casualidad, reflejan cómo el tránsito prolongado por México, las redes de apoyo informales y las graves barreras institucionales moldean la experiencia migratoria de las mujeres. Muchas están expuestas a riesgos extremos y, sin embargo, muy pocas cuentan con el acompañamiento de los servicios de salud pública.
Efectos cadena
El problema no termina en el padecimiento individual, pues cuando se acumulan necesidades no atendidas, aparecen efectos en cadena:
- Infecciones no tratadas (como sífilis, tricomoniasis o VIH) aumentan el riesgo de transmisión, complicaciones y costos. Un testimonio clínico incluido en el artículo describe diagnósticos tardíos y falta de control prenatal, con consecuencias directas en complicaciones obstétricas y saturación de unidades neonatales.
- Embarazos sin control, sin ultrasonidos ni suplementos, incrementan partos prematuros y morbilidad materna y neonatal, lo que presiona hospitales fronterizos (y también redes de referencia).
Esta dinámica, transforma un tema considerado “de población móvil” en una cuestión de salud pública.
Atenciones
Aunque el estudio sea fronterizo, los efectos (salud, violencia, embarazo, ITS, atención psicológica) también inciden en las comunidades de origen y de retorno. Tan solo en 2025, México ha visto la llegada y el retorno de cientos de miles de personas migrantes, en un contexto de políticas migratorias cambiantes. Más de 152 000 personas han sido devueltas desde Estados Unidos debido a recientes medidas de control fronterizo, lo que afecta tanto a hombres como a mujeres.
Particularmente en Puebla, de enero a noviembre, 8 368 migrantes fueron deportados. En este escenario, muchas familias transitan o se quedan en comunidades como la nuestra, donde la respuesta social y de salud sigue siendo insuficiente. Para las mujeres, este proceso añade desafíos específicos como la falta de acceso a la salud, la violencia de género y la escasez de redes de apoyo.
Los datos son claros, ignorar la salud sexual y reproductiva de las mujeres migrantes en tránsito no solo vulnera derechos, sino que genera riesgos reales para la salud pública. Infecciones no tratadas, embarazos sin control prenatal y secuelas físicas y emocionales de la violencia sexual terminan impactando a los sistemas de salud locales, a las comunidades de acogida y a los países de origen y retorno.
Salud pública
Sin embargo, también existen esfuerzos institucionales que deben fortalecerse y visibilizarse. En Puebla, el DIF Estatal cuenta con dos casas de apoyo a población migrante con enfoque en niñas y niños. Una de ellas, la Casa del Migrante Acompañado, brinda resguardo temporal a familias, madres, padres y sus hijas e hijos, que han sido detenidas en retenes migratorios; ahí reciben alimentación, consulta médica y asesoría jurídica, mientras se define su situación y retorno a su país de origen. La segunda, la Casa del Migrante No Acompañado, atiende a niñas y niños que viajan solos desde Centroamérica hacia Estados Unidos, ofreciendo la misma atención básica en salud, apoyo psicológico y acompañamiento legal. Estos espacios representan una oportunidad clave para detectar, atender y prevenir problemas de salud, incluidos los relacionados con la salud sexual y reproductiva, antes de que escalen.
En este Día Internacional del Migrante, no olvidemos que las cifras, aunque necesarias, solo cuentan una parte de la historia. Lo urgente es convertir esos números en políticas públicas sensibles al género, en servicios de salud accesibles, en redes institucionales y comunitarias fortalecidas y, sobre todo, en respuestas humanas que reconozcan a las mujeres migrantes como parte de nuestras comunidades y no solo como números en tránsito.
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