La finalización del contrato con la empresa de los Hank Rhon que construyó, equipó y operó el Museo Internacional del Barroco desde 2015 es, en palabras del gobernador, Alejandro Armenta Mier, el “fin de una era oscura” en Puebla.
Se trata de una obra cuyo costo inicial fue de mil 742 millones de pesos, según lo que informó en su momento el exgobernador Rafael Moreno Valle Rosas, pero que, de continuar pagándose en las condiciones actuales, habría costado más de 11 mil millones de pesos.
Nadie repararía en esta cifra, que representa el 10 por ciento del presupuesto anual de la entidad, si realmente el Museo del Barroco hubiera demostrado ser benéfico para la cultura de Puebla y sus ciudadanos.
Durante los nueve años del museo se vieron desfilar tanto exposiciones de buena calidad como obras falsas de Frida Kahlo. Así como fue escenario para exponer arte sacro, también lo fue del performance de Lucha Libre que tanto escandalizó a un sector de la entidad.
Sin embargo, en ninguno de los casos logró consolidar a un público que, más allá de ir a tomarse la foto tras pagar 100 pesos en la taquilla, concluyera que el Museo Internacional del Barroco sea un espacio que responda a las necesidades culturales de Puebla.
“Fin de una era oscura” en Museo del Barroco
La promesa del gobernador sobre que el Museo Internacional del Barroco “ahora si será de los poblanos” lleva a pensar la nueva política cultural que desarrollará el Organismo Público Descentralizado (OPD) Museos Puebla para este recinto.
Ya tenemos unas pistas en tanto se aleja de perseguir como unico fin la entrada de visitantes, pero la sociedad espera un plan más claro sobre el futuro del Museo Internacional del Barroco y la forma en que los poblanos podrán apropiarse verdaderamente de él y los demás museos.
Sin dejar de obviar el tema aún pendiente sobre el inventario de las obras bajo el resguardo de Museos Puebla, que se desconoce desde administraciones anteriores, no está de más apuntar los actuales consensos respecto a los museos.
Es decir, de la oportunidad de convertir este recinto en un verdadero centro cultural que los poblanos sientan como suyo, sin que dependa de las limitaciones económicas, educativas y de movilidad para acceder a él; así como consolidarlo como un espacio estratégico para realmente democratizar la cultura sin las restricciones que la empresa ponía para su uso.





