Dra. Alejandra López Camacho
Nada más entrar por la puerta del patio, trataba de hacer el mínimo ruido para no espantarla. Con pasos sigilosos atravesaba el jardín para poder apreciar su pequeña cabeza asomar por aquella frágil morada hecha de hojas, ramas, fibras o telarañas que, seguro había recogido del jardín después de engañar a Bony, el guardián de la casa y a las múltiples lagartijas que dominan el terreno. Me resultaba asombroso verla por unos breves segundos para después presenciar su fugaz vuelo y notar su desaparición entre las ramas de los árboles. Aquella delicada ave me había cautivado.
Un día, cuando regaba el jardín, entre las ramas del olivo distinguí un imperceptible bulto en una rama, semejaba una plaga. Mi primer impulso fue arrancarlo, pero, algo detuvo mi mano. ¿Qué era eso que colgaba de tan delgada rama? Al asomarme dentro de esa esfera pude distinguir dos tiernos huevecillos, se trataba de un nido. Lo primero que pensé fue en tocarlos, sin embargo, pese a mi asombro, no lo hice. No sabía de qué tipo de ave se trataba, pronto lo descubrí, era un colibrí. De inmediato el recuerdo de mamá se hizo presente, desde que murió he relacionado a los colibrís con su presencia.
¡Hola ma!
A pesar de ser un ave tan pequeña, los colibrís están cargados de leyendas que datan de las culturas mesoamericanas. Lo característico es su relación con la vida y la muerte y con el hecho de permanecer entre estas dimensiones, así que pueden representar la presencia de algún ser querido que ha partido o quizá algún mensaje que un alma desea enviar y que, está en nosotros interpretar, de acuerdo a las leyendas mayas. Estas delicadas aves han cobrado suma importancia entre las diversas culturas prehispánicas, como el hecho de representar a Huitzilopochtli, divinidad que habría sido guía de los mexicas y les indicaría el lugar para construir Tenochtitlán.
Un día, cuando regresé del trabajo, fui a ver a mi pequeño colibrí, el nido estaba vacío. Había volado, su mensaje estaba dado. ¡Gracias, ma!
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