Cuando niña, Puebla me resultaba un lugar hermoso por diversas causas, entre ellas su limpieza, tranquilidad, historia, y, desde luego, por su comida y golosinas, que, algunas veces me resultaban un tanto exóticas, sin poder explicarme el por qué. Venir de una ciudad fronteriza como Tijuana que ofrecía una cultura con mezcla de identidades, pero sobre todo con una gran influencia norteamericana donde las golosinas estaban cargadas de dulce, además de colorantes, para luego instalarnos en Puebla, donde muchos de sus dulces eran naturales, representó un cambio drástico en la vida cotidiana y mentalidad norteña con la que arribamos.
Los viajes a la ciudad de Puebla involucraban acudir a los poblados aledaños, entre ellos estaba el de Acatzingo con su día de plaza en el centro de la ciudad. Aquella plaza de mercado se bañaba con toldos blancos que arropaban a una enorme cantidad de puestos con sus mesas y bancas de madera. Era una policromía de colores, entre puestos de carne, verduras, frutas, chiles secos, semillas, canastas, flores, cochinos que chillaban porque intuían su destino y totoles echados en el piso por no poderse parar al tener las patas amarradas.
En ese mundo de colores, de olores y de ruidos, destacaban los marchantes cuyos puestos yacían sobre una manta en el piso y, ahí entre las hierbas, aparecían esos chicles de tiempo en forma de diminutas tortillas con brillantes colores, rosa fucsia, amarillo, verde, blanco. Cuan curioso me resultaba decir, chicle de tiempo porque no entendía a qué se refería, ahora sé que obedecía a la temporada del verano, cuando los árboles del chicle o del chicozapote o xicotzápotl se rasgaban para obtener la resina llamada tzictli en náhuatl y sicte ya en maya que significa masticar con la boca. Este chicle que se masticaba desde la época prehispánica y es propio del sur de México y América Central, sería llevado por los españoles a las Filipinas y de ahí pasaría a Malasia.
La resina o goma que, después de extraída se ha de lavar, golpear, colorear para luego hervir, mover constantemente para quitarle humedad y posteriormente obtener una masa chiclosa, ha de terminar en una masa que se trabajarán con distintas formas. En Acatzingo eran las coloridas tortillas que sabían a hierba, a campo, pero no a dulce, de alguna forma regresábamos en el tiempo y mascábamos pequeños trozos de goma prehispánica. En otros lugares como Jalisco, se le denomina “chicle de talpa” por ser de Talpa de Allende. Ahí, con la resina en forma de hebra, realizan pequeñas y coloridas figuras en forma de canastas, sombreros, sonajas y trompos, entre otros.
Eugenia Pallares menciona que cuando Antonio López de Santa Anna permaneció en los Estados Unidos al estar desterrado, mascaba pequeños trozos de pan, siendo Thomas Adams quien observó esta acción y la visualizó como un negocio. Adams, agregaría a esta goma de mascar, azúcar y saborizantes, lo que tuvo éxito, así se crearía el chicle Tutti Frutti y con éste la primera máquina expendedora que funcionaba con monedas de a centavo de dólar.
Las gomas de mascar las conocí en el norte de México con exceso de dulce y aquí las aprecié con su sabor natural.
¡Vamos pues por unos chicles de tiempo!
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