El miedo es una de las emociones más primordiales y crudas del ser humano, y por alguna razón, pagamos para vivir esa experiencia en proyecciones de películas de terror, como una la forma de procesar lo desconocido a través de la narrativa, donde México aprendió a contar su historia.

El cine de terror ha recorrido un camino fascinante desde su nacimiento. En los albores del cinematógrafo, el terror se basaba en la deformidad física y lo sobrenatural tangible, personificado por los monstruos clásicos de la Universal. Sin embargo, con el paso de las décadas, el género ha aprendido que lo que no se ve suele ser mucho más aterrador que lo que se muestra.

Estadios seguros

Hoy en día, las películas de terror se fragmentan en diversos subgéneros que van desde el slasher visceral, el gore, hasta el horror corporal. Pero, sin duda, la vertiente que ha ganado más terreno en la crítica contemporánea es el terror psicológico.

Te puede interesar

A diferencia del susto repentino o jump scare, el terror psicológico se infiltra bajo la piel. Su objetivo no es hacerte saltar de la butaca, sino hacerte cuestionar la realidad. Películas como El Legado del Diablo (Hereditary) o El Bebé de Rosemary no dependen de monstruos ocultos en el armario, sino de la inestabilidad mental de sus protagonistas. Así como la erosión de la confianza en el núcleo familiar, atmósfera de opresión constante, y el uso del silencio y la desorientación sonora.

BANNER

¿Por qué en México nos atrae el terror?

Sin embargo, cuando hablamos de la historia del horror, es imposible ignorar la riquísima aportación del cine mexicano. México posee una relación única y culturalmente profunda con la muerte y lo sobrenatural, lo que se traduce en una cinematografía vibrante y perturbadora.

Durante mediados del siglo XX, el cine mexicano entregó joyas que mezclaban el folclore local con el expresionismo europeo. En esta época, México sentó las bases del género rescatando mitos populares. Películas como La Llorona (1933) marcaron el inicio, pero fue Dos monjes (1934) la que introdujo un expresionismo visual al género mexicano.

En esta etapa, el terror se centraba en el misticismo religioso, en el conflicto entre el bien y el mal. Además, se utilizaban espacios claustrofóbicos como conventos, haciendas abandonadas y cementerios.

Sin embargo, fue con Macario (1960), que las películas de terror mexicanas se posicionaron a nivel internacional. Aunque es un drama fantástico, su representación de la muerte es una de las piezas visuales más poderosas del cine mundial.

La temporada pop: criaturas y monstruos

En las décadas de los 50 y 60, el terror mexicano tomó un giro hacia lo fantástico y lo bizarro para adaptarse a la cultura pop. En esa época, el cine estadounidense tomó auge con la introducción de nuevas técnicas que permitieron llevar monstruos a la pantalla.

México también se apropió de esta habilidad para llevar narrativas al cine, sin olvidar las propias narrativas, lugares y cultura mexicana. La llegada de los monstruos clásicos como vampiros, momias y hombres lobo se mezcló con la cultura popular. De esta mezcla nació el subgénero del cine de luchadores.

Santo contra las mujeres vampiro (1962) es el ejemplo máximo de cómo lo heroico y lo macabro pueden coexistir en un surrealismo pop que hoy es de culto. Esto al igual que Santo contra las momias de Guanajuato (1972), que se convirtió en un clásico del cine mexicano.

¿Por qué se ve el terror en México?

Posteriormente, figuras como Carlos Enrique Taboada, conocido como “el Duque del Terror”, alejaron al género de los monstruos para centrarse en lo psicológico. Sus obras maestras se alinearon a la atmósfera del suspenso como Hasta el viento tiene miedo (1968) y Veneno para las hadas (1984).

Taboada entendió perfectamente que el éxito de las películas de terror reside en la sugerencia, convirtiéndose en un pionero del suspenso en Latinoamérica. En sus obras, la maldad y la pureza se mezclan de forma terrorífica, donde el papel de las mujeres es central.

Además, no se puede mencionar el horror moderno en México sin hablar de Guillermo del Toro. Su capacidad para humanizar al monstruo y dotar a lo macabro de una belleza poética ha redefinido el género a nivel global. Obras como Cronos (1992) y El Espinazo del Diablo (2001) son ejemplos internacionales donde se mezcla el terror y el arte.

En todas sus películas, incluso las que no son necesariamente mexicanas, Guillermo del Toro sabe utilizar el color que sobresaltan en la oscuridad. Sus obras se reconocen por esa mirada dual entre la vida que convive con la muerte.

Razones psicológicas de ver películas de terror

Como dice el dicho “la realidad siempre supera a la ficción”, sobre todo en México, por ello, muchas películas actuales se centraron en el terror que viene de la realidad de la violencia del narcotráfico y la inseguridad.

Directores como Issa López con Vuelven (2017) utilizan elementos sobrenaturales para narrar la tragedia de la violencia y los niños huérfanos por el narcotráfico. En ella se demuestra que, en el México actual, la realidad puede ser más aterradora que cualquier fantasma.

Asimismo, está Perdida (2021) de Jorge Michel Grau, la cual es una obra de tensión y terror psicológico sobre la realidad de los desaparecidos en México. En este caso, es un remake de una película colombiana.

Otro ejemplo es El diablo fuma (2025) de Ernesto Martínez Bucio, donde unos niños huérfanos bajo el cuidado de su abuela con esquizofrenia. La mujer les inculca sus miedos y pierden la noción de lo que es real y lo que no.

En Huesera (2023) de Michelle Garza Cervera, se mezcla la realidad con el mito, los sueños y esperanza con pesadillas y oscuridad.

Además, en otra película de terror donde se involucra la infancia y una realidad amenazadora, se encuentra Párvulos (2025) de Isaac Ezban. Una obra del género postapocalíptico, una película de terror rara en México, que también es interesante conocer.

Redactora del portal Ángulo 7 para Nacional. Estudió la licenciatura de Literatura y Filosofía en la Universidad Iberoamericana de Puebla, también es cuentista originaria de la Sierra Norte de Puebla.