“No tenemos ningún poder de pensamiento sin signos”.
Charles Sanders Pierce

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Empecemos por establecer que el diablo es un signo, es “un algo que está por algo para alguien”; por lo tanto, el diablo es la manifestación —un fenómeno— de una cosa para alguien. El diablo como cosa es un sustantivo del que se puede predicar, es algo que puede existir de facto o hipotéticamente (posible).

El diablo como signo es la representación que un sujeto (histórico) tiene de una cosa dada (el diablo, lo monstruoso). Para estudiar al diablo es necesario aproximarse a él a partir de sus representaciones (pinturas, esculturas, películas, literatura, etc.): la cosa se manifiesta como signo y la interpretación de tal manifestación permite, a quien lo estudia, ‘figurarse’ el objeto.

Así, un razonamiento en torno al diablo consistirá en la interpretación que del diablo se haga buscando la verdad en cada una de estas manifestaciones que han sido construidas históricamente.

Si partimos de lo anterior, el diablo (lo monstruoso) como signo es una categoría muy abstracta que poco nos dice sobre las particulares relaciones que se establecen entre la cosa, su representación y la idea mental que alguien ha hecho a partir del signo; es decir, hasta ahora no podemos explorar las diversas formas en que la mente se figura la cosa a partir de los diversos signos.

La tríada semiótica para entender el “mal”

Si retomamos la fórmula de que el diablo es “un algo que está por algo para alguien”, nos percataremos de que la fórmula contiene o define una triada que nos permitirá entender el concepto de “MAL” en una época dada y su relación con el diablo. }

Así pues y atendiendo a la fórmula tenemos una triple relación: 1) el diablo (la cosa) y su representación; 2) la representación del diablo y la idea mental que un sujeto (individual o colectivo) hace a partir del signo: 3) la idea de lo monstruoso con el diablo; esta triple relación da cuenta de lo que en un momento dado se considera el “MAL”.

Para mejor atacar el estudio de los signos, consideremos cómo Charles Sanders Peirce. (Obra filosófica reunida Volumen I (1867-1893) y Volumen II (1839-1914)) dividió los signos en tres subcategorías para dar razón de las posibles relaciones que se puedan dar. Estas son indicio, icono y símbolo.

Indicios e iconos del diablo

Por indicio se denota una manifestación tal que el signo (el diablo) conduce directa y necesariamente la mente a la cosa que es representada (el mal). El índice es un signo que mantiene una relación directa con la cosa: hay una conexión necesaria conceptualmente entre ellos.

Entre los tres (índice, icono y símbolo), el índice se manifiesta, siguiendo a Pierce, en la imagen en la mente de alguien, como aquel que centra la atención sobre la cosa de forma más directa. Ejemplos de indicios son: cuernos, cola y pezuñas, ojos brillantes o huecos, alas, garras, fauces y posturas retorcidas.

Si un signo no centra nuestra atención directamente sobre una cosa particular, pero nos conduce a figurárnosla entre las cosas posibles entonces es un icono, como, por ejemplo, una pintura, una escultura, unos sonidos, etc.

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En otras palabras, la clase de signos que “excitan” en nuestra mente ideas bastante similares a la cosa representada pero donde no hay una relación necesaria —si pudiéramos aproximarnos a la cosa en cuanto tal la idea excitada sería muy similar a esta— son del tipo icónico.

Como se ve, la conexión establecida entre cosa –icono– e idea no guarda la necesidad propia de los signos indiciales. Sin embargo, el icono guía el pensamiento de manera más o menos certera hacia la cosa.

Símbolos y tipos de razonamiento

En términos de necesidad podríamos decir que el símbolo es la clase de signo que menos establece una relación real, de facto, con la cosa, ya que está asociado al uso habitual de un grupo social: los hablantes de una lengua en particular (por ejemplo el español) o para los miembros de una cultura en general (por ejemplo los católicos), la conexión que el símbolo establece con la cosa es necesaria.

La idea que esta manifestación excita se relaciona directamente con la cosa ya que pertenece a su horizonte de interpretación, y por ello conduce necesariamente el pensamiento hacia ella. Sin embargo, hace falta compartir el horizonte interpretativo para comprender tal relación.

La idea mental que un sujeto forma en su cabeza puede ser el resultado a tres procesos según las características del razonamiento y según el signo del que parte: deducción, inducción o abducción (el razonamiento hipotético). (Charles Sanders Pierce. Ibid.)

Entre los tres, el razonamiento de la deducción consiste en “obtener” una proposición necesaria a partir de un conjunto de premisas; es decir, partiendo de unas premisas relacionadas de tal forma que conducen a una conclusión necesaria.

De esta manera podemos sugerir una relación entre razonamiento deductivo e índices de la siguiente manera: al igual que el índice conduce la mente necesariamente a la cosa que representa, la relación en la que se encuentran las premisas en una deducción establece la necesidad de las proposiciones que de allí se desprenden. El estudio sobre el diablo tiene como tarea la construcción de las premisas que nos permitan alcanzar conclusiones necesarias.

El razonamiento inductivo y los iconos

En una situación que es asumida como regular –un evento repetitivo o un fenómeno tal en que se pueda tomar un patrón- se inducen las características de esta totalidad a partir de las características que presente una muestra dada.

Peirce ilustra la inducción con la prueba que se le hace a los cargamentos de café: el ordenamiento de muchas cargas de café es regular –todas las cargas presentan un patrón común-. Para conocer las características de esta totalidad se hace una prueba al azar y a partir de ella se inducen las condiciones de toda la carga.

A diferencia del razonamiento deductivo, la validez de la conclusión no depende del arreglo necesario de premisas, sino de asumir, primero, regularidad dentro del fenómeno y, segundo, una muestra como significativa y representativa del todo.

Ahora bien, el argumento inductivo guarda similitud con las representaciones icónicas: al igual que allá se parte de la relación entre “lo excitado en la mente” con la cosa dada. En otras palabras, la idea excitada por el icono y por una muestra es bastante similar a las características de la cosa y la totalidad.

Si pudiéramos aproximarnos a la cosa dada o a la totalidad de fenómenos dados tendríamos que el icono y el razonamiento inductivo son bastante similares a aquello que representan.

El razonamiento hipotético y los símbolos

Finalmente, caractericemos hay una tercera forma de razonar: la abducción o razonamiento hipotético.

La abducción consiste en generar una hipótesis que ha de ser probadas como respuesta a un fenómeno cualquiera. Este razonamiento no guarda la necesidad de un esquema deductivo –no se siguen premisas ordenadas deductivamente-, ni asume la regularidad del fenómeno como sucede con el razonamiento inductivo.

Consiste simplemente en lanzar una respuesta tentativa que dé razón de una situación. Desde que las conclusiones producto del razonamiento abductivo no son necesarias, podríamos relacionarlo con las manifestaciones simbólicas.

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Como vimos, la idea de un símbolo se afinca en la habitualidad de quien se figura la cosa; de igual manera las proposiciones que surgen de un razonamiento hipotético responden a la forma particular (habitual) como el sujeto esgrime tal o cual hipótesis frente a una situación.

En conclusión, podemos decir que el estudio científico del diablo basado en indicios, iconos y símbolos nos permite construir hipótesis (inductivamente) lo cual nos ayuda a elaborar informes que cumplen con las especificaciones de una investigación científica.

robledomeza@yahoo.com.mx
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