Lupita Vanesa López Silva
Hubo un antes y un después en la cultura a partir del año 1989. Los procesos neoliberales impactaron todo: la economía, la política, pero también los sentidos y las relaciones en la vida cotidiana, que es justo donde se juega la cultura.
La gran consolidación del neoliberalismo redirigió eso que llamamos como “política cultural” a una dinámica de “gestión productiva” que en América Latina tuvo que ver principalmente con dos cosas: con la profundización de la precarización de la vida cotidiana y con la modificación de las prácticas de vida cotidiana que disputaban su sentido en espacios de encuentro: la siembra, la educación, la arquitectura, las fiestas patronales, la organización social, la ropa, la música, los rituales, los bailes, entre otros.
La política cultural hegemónica redujo la cultura a una lógica de emprendurismo: becas, fondos y programas que produjeron al llamado “sector cultural”, un sujeto neoliberal obligado a competir, precarizarse y sobrevivir dentro de una profesionalización ficticia y muy limitada, cuyas acciones se limitaban a talleres, exposiciones y capacitaciones, mientras se expulsaba del campo cultural todo aquello que no encajaba en esa lógica artificial de enunciación gubernamental-empresarial: la “baja cultura”, la “cultura popular”, la “cultura comunitaria” y la “contracultura”.
La cultura no solo debe ser espectáculo y arte
Durante el proceso de campaña, Andrés Manuel López Obrador colocó una propuesta cultural ambiciosa, con énfasis en lo comunitario y lo popular. Sin embargo, la profundidad del desmontaje neoliberal requerido, así como el grado de descomposición del Estado mexicano, obligaron al primer periodo de la Cuarta Transformación a priorizar batallas estratégicas, dejando inconclusa una transformación cultural de fondo, limitándose a la creación de la dirección de “cultura (viva) comunitaria”.
Ahora bien, el momento histórico, incluido el contexto internacional, nos exige actuar con prontitud para conjugar esfuerzos en actos de solidaridad. Eso implica, en el gobierno y la administración pública, aplicar en la política una mirada ética. De ese modo, la política cultural en México debe asumir el modelo de transición que permita transformar al sujeto ficcional que ha creado el neoliberalismo en uno que asuma su responsabilidad frente a la participación social y la entienda como un canal de interlocución con lo gubernamental.
Solo así se comprenderá que eso que llaman “democracia cultural” o “descentralización cultural” no debería reducirse a la generación de actividades artísticas solventadas por la institución gubernamental en colonias marginadas, como si en las colonias no existiera ya el ejercicio cotidiano de la cultura y como si el papel del Estado fuera insertar prácticas ajenas en lugar de reconocer, fortalecer y garantizar las condiciones para la reproducción de las propias.
Fortalecer, no limitar
Para ello, se necesita una reingeniería que posibilite una transición entre el modelo asistencialista que, a la par, fetichiza la profesionalización elitista de artistas. Este deberá suplirse por uno que comprenda la función de la cultura como un proceso de sentidos de la vida cotidiana y que permita disminuir lo más posible la precarización y exterminio de prácticas culturales con apuestas colectivas. El arte puede entrar como una de las técnicas del ejercicio de la cultura, pero no como la principal o única expresión.
Esta política cultural implica producción, preservación y divulgación de sentidos y prácticas desde una mirada ética de la administración pública: poner en el centro la vida y por tanto la memoria histórica. Esta última es la que nos obliga a recuperar y preservar prácticas que han sido denostadas por la lógica de la alta cultura, por la empresarización del todo, por el fetiche de la gestión cultural.
Las secretarias de cultura no pueden solventar este tema solas, se necesita de las secretarias de infraestructura, bienestar, educación, entre otras. Además, requiere de impulsar reformas a las leyes de cultura para complejizar el quehacer cultural como proceso cotidiano, como trabajo y como constructor de colectividad.
El daño a la cultura
El daño neoliberal hacia la cultura tuvo como producto la gestión cultural. Si el neoliberalismo creó la gestión cultural, debemos apostar entonces por una gestión cultural crítica, no como un horizonte estático sino como una vereda para huir de ese lugar a mediano plazo; porque la gestión cultural no permite el quehacer cultural en la cotidianidad, lo limita, lo ahoga y lo mata.
La cultura tiene su relevancia y su impacto cuando se atiende de manera masiva, popular y territorial. No como programa, sino como proceso. No como gestión, sino como vida organizada. La cultura no se gestiona: se vive, se organiza y se defiende como la vida colectiva misma.





