Cada primer domingo de febrero, México celebra el Día Nacional del Pulque, un día que trasciende el simple acto de beber y nos invita a recordar una herencia milenaria: la de una bebida que nació del corazón del pueblo, que fue ofrecida a los dioses y que, pese a las embestidas de la modernidad, sigue viva en nuestras mesas y tradiciones. En un país donde los vasos de mezcal, tequila o cerveza suelen acaparar los reflectores, el pulque sigue siendo un tesoro muchas veces ignorado fuera de sus lugares de origen, pero que guarda un fuerte simbolismo de identidad y memoria cultural.
El pulque no es solo una bebida alcohólica tradicional; es la expresión líquida de una larga historia que se nutre de las raíces prehispánicas. Antes de que las rutas comerciales globales marcaran los gustos y modas gastronómicas, ya los pueblos nahuas, otomíes, mazahuas y totonacas conocían el encanto del octli, como lo llamaban con reverencia, y lo incorporaban en rituales, ceremonias y festividades. Su producción, es un acto de paciencia y respeto: cultivar, raspar, recolectar el agua miel, fermentar y compartir no es simplemente un proceso, sino una práctica comunitaria.
Pulque, raíz viva de nuestra historia
En esta narrativa histórica, Puebla ocupa un sitio especial, ya que en el valle de Tehuacán, además de los restos del teocintle descubiertos en la década de 1960, se localizaron restos de maguey, que datan del 6,500 antes de la Era Cristiana. Otra prueba fehaciente de la importancia del pulque para las culturas del altiplano se encuentra dentro de la zona arqueológica de Cholula, el llamado “Mural de los Bebedores de Pulque” es un testimonio invaluable del papel ritual que jugó. Asimismo, la entidad mantuvo un linaje pulquero que hasta ahora sostiene economías rurales, defino paisajes y es eje de identidad para muchas comunidades. En las faldas de los volcanes y en los valles, el cultivo del maguey es un vínculo entre el pasado y el presente: los conocimientos ancestrales se transmiten de generación en generación, y con ello, se sostiene un patrimonio que resiste la globalización.
Para México, y en particular para estados como Puebla, el pulque es un símbolo de identidad cultural, un puente entre lo prehispánico y lo contemporáneo. Es testigo de procesos históricos que van desde el intercambio de bienes y saberes hasta las luchas por preservar prácticas frente a las presiones del mercado global.
Celebrar el pulque es celebrar la diversidad cultural de México. Es recordar que nuestras historias no solo se cuentan con palabras, sino con sabores, texturas y tradiciones que han dado forma a nuestra manera de ser. Es apostar por reconocer y valorar lo nuestro, por fortalecer las raíces que nos conectan con quienes nos precedieron y por construir un futuro en el que la riqueza cultural de México no solo se admire, sino que sea fuente de bienestar para las familias y comunidades.
La historia de México
Así, en cada sorbo de pulque, en cada conversación alrededor de una mesa compartida, late la historia viva de un pueblo que sigue celebrando su herencia con orgullo. Y eso, más que una bebida, es un motivo para recordar, honrar y preservar nuestro patrimonio cultural.
Luis Eduardo Torres Molina, liberal poblano con raíces serranas, Licenciado en Relaciones Internacionales y Maestro en Administración de Empresas por la UDLAP. Preside la Sociedad de Defensores de la República Mexicana y sus Descendientes A.C., organización de carácter cultural. Es autor de obras como Breviario de Abadón (2013), La Transformación de la Sierra Poblana, a través de los ojos de un maestro liberal (2024), Breve Historia de la Masonería en el Estado de Puebla, siglo XIX (2025), entre otras. Además de coproductor del laureado documental Voces de la Sierra: Memorias del 5 de Mayo. Cuenta con más de 15 años de experiencia en la gestión y divulgación cultural, siendo por ello, reconocido en agosto de 2023 por el Senado de la República y en septiembre de 2025 por el Gobierno del Estado de Puebla.
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