Cada vez que se acerca una Copa del Mundo, millones de personas alrededor del planeta comparten una misma emoción. El Mundial une familias, genera conversación, fortalece vínculos sociales y alimenta el orgullo de pertenencia.
Para las y los mexicanos tiene además un significado especial. El fútbol forma parte de nuestra cultura popular, pero quizá lo más interesante es que durante un Mundial se hace visible una característica profundamente arraigada en nuestra forma de vivir: nuestra capacidad para construir comunidad.
En México, la familia suele trascender los vínculos de sangre y extenderse a amigos, vecinos, compadres y compañeros de trabajo. Formamos redes humanas que nos permiten acompañarnos, apoyarnos y celebrar juntos.
Durante un Mundial esa vocación comunitaria se multiplica. Las casas se abren, las reuniones se organizan y personas que normalmente no convivirían encuentran un motivo para compartir una misma emoción.
Durante décadas, el Mundial fue una de las experiencias colectivas más accesibles de nuestra cultura popular. Personas de distintos niveles económicos, generaciones y regiones podían seguir los partidos por televisión abierta, radio, espacios públicos o establecimientos comerciales.
El Mundial se convertía en una conversación compartida que atravesaba clases sociales y territorios.
Hoy la realidad parece encaminarse en otra dirección. Los derechos de transmisión y las nuevas dinámicas comerciales están transformando una experiencia que históricamente fue compartida por millones de personas sin importar su condición económica.
Lo que durante décadas funcionó como un espacio de encuentro colectivo comienza a enfrentar barreras de acceso que merecen una reflexión seria desde la inclusión, la igualdad de oportunidades y los derechos humanos.
La otra cara del Mundial
Sin embargo, existe otra cara del Mundial, una que rara vez aparece en los resúmenes deportivos o en las mesas de análisis futbolístico: la perspectiva de los derechos humanos.
Cuando pensamos en una Copa del Mundo solemos imaginar estadios llenos, selecciones nacionales, turismo y derrama económica. Pero pocas veces reflexionamos sobre el hecho de que estos eventos representan algunos de los mayores fenómenos de movilidad humana del planeta. Millones de personas desplazándose simultáneamente entre ciudades, países, aeropuertos, carreteras, hoteles, restaurantes y espacios públicos.
Cuando millones de personas se movilizan al mismo tiempo, las instituciones enfrentan desafíos extraordinarios. Desde una perspectiva de derechos humanos, el Mundial no es solamente un evento deportivo; es también una prueba para la capacidad del Estado de prevenir riesgos, coordinar instituciones y proteger a las personas.
Por ello, los grandes eventos internacionales ya no son analizados únicamente desde el deporte o la economía. También son observados desde la capacidad institucional para garantizar derechos.
FIFA refleja gran contradicción
Quizá por eso resulta interesante que la FIFA refleje una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: por un lado, impulsa modelos de explotación comercial cada vez más restrictivos y, por otro, ha incorporado a la discusión la protección de los derechos humanos.
Hoy la propia FIFA reconoce que un Mundial también implica pensar en las personas y en la protección de sus derechos, al grado de haber desarrollado un Marco de Derechos Humanos para la Copa Mundial 2026.
La pregunta entonces es sencilla: ¿necesitamos que la FIFA nos diga que debemos prepararnos para proteger y dignificar los derechos humanos? La respuesta es no.
La obligación de proteger los derechos humanos ya forma parte de nuestra Constitución, de los tratados internacionales suscritos por México y de las responsabilidades permanentes del Estado.
¿Y Puebla? Es cierto que nuestro Estado no será sede de partidos mundialistas. Pero también es cierto que los efectos de un fenómeno de esta magnitud difícilmente se detienen en los límites administrativos de una ciudad o de una entidad federativa. Vivimos en una región interconectada por carreteras, aeropuertos, corredores turísticos y dinámicas económicas compartidas.
Puebla debe prevenirse ante violaciones a DH
Es un hecho que Puebla no es sede. Sin embargo, debemos aprovechar esta oportunidad para fortalecer nuestras capacidades institucionales y construir mecanismos preventivos frente a fenómenos que suelen formar parte de la agenda internacional de los grandes eventos masivos: trata de personas, explotación sexual, violencia contra las mujeres, afectaciones a niñas, niños y adolescentes, así como otros riesgos que requieren coordinación efectiva entre autoridades.
Lo verdaderamente importante es entender que la lógica preventiva asociada al Mundial puede servirnos mucho más allá del propio torneo, prepararnos para escenarios complejos, fortalecer la coordinación institucional y desarrollar capacidades de respuesta no solamente resulta útil para un evento deportivo internacional.
También puede ayudarnos a enfrentar de mejor manera los desafíos cotidianos que afectan a las personas y comunidades, porque los grandes eventos duran semanas, pero sus legados pueden durar décadas.
La experiencia internacional ofrece lecciones valiosas. Barcelona aprovechó los Juegos Olímpicos de 1992 para impulsar una profunda transformación urbana, fortalecer la planeación estratégica y proyectar una visión de ciudad de largo plazo.
Londres, con los Juegos Olímpicos de 2012, utilizó el evento para acelerar procesos de regeneración urbana, coordinación institucional y desarrollo territorial. En ambos casos, el legado más importante no fueron las competencias deportivas, sino la capacidad de convertir un acontecimiento temporal en una oportunidad de fortalecimiento permanente.
¿Se puede generar un legado a favor de Puebla entorno al Mundial 2026?
Mundia puede acelerar capacidad de instituciones de DH
Desde mi perspectiva, puede ser viable y me parece uno de los más importantes, acelerar el fortalecimiento de nuestras capacidades institucionales en materia de derechos humanos.
No se trata de crear más burocracia, sino de mejorar la coordinación entre las instituciones responsables de prevenir, proteger y garantizar derechos, es decir, la construcción del Sistema de Derechos Humanos para el Estado de Puebla, mismo sistema que debe tener como cimiento la municipalización de los derechos humanos.
Porque los derechos humanos no se viven únicamente en las capitales o en las zonas conurbadas de los estados ni en los escritorios gubernamentales. Se viven —y también se vulneran— en los municipios, en las colonias, en las juntas auxiliares, en las rancherías y en las comunidades, es ahí donde las personas enfrentan problemas concretos y donde esperan respuestas efectivas de las instituciones.
Si queremos que los derechos humanos dejen de ser solamente una aspiración normativa y se conviertan en una realidad cotidiana, necesitamos gobiernos locales más fuertes, instituciones mejor coordinadas y capacidades preventivas más sólidas, un sistema capaz de prevenir riesgos, proteger derechos y colocar la dignidad humana en el centro de la acción pública podría ser uno de los grandes legados que Puebla construya alrededor del Mundial 2026.
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