Cada vez que se habla de corrupción, la conversación suele dirigirse hacia el dinero, los sobornos, los desvíos de recursos, el tráfico de influencias o el abuso de poder. Sin embargo, existe otra forma de corrupción mucho menos visible y, quizá por ello, más difícil de identificar: la corrupción de la confianza.


Pocas veces nos preguntamos qué ocurre cuando una persona obtiene reconocimiento, autoridad, prestigio o beneficios aparentando capacidades que en realidad no posee. La pregunta resulta incómoda porque obliga a mirar más allá de la corrupción tradicional y dirigir la atención hacia un fenómeno que puede encontrarse tanto en el sector público como en el privado.


Es importante hacer una precisión desde el inicio. No se trata de condenar el aprendizaje, la inexperiencia o el error humano. Nadie nace sabiendo. Todos hemos tenido que aprender, equivocarnos y enfrentar responsabilidades nuevas.


La incompetencia puede ser una limitación humana, por lo que no toda incompetencia es corrupción.

Simular capacidades puede ser corrupción


Pero la simulación de capacidades y la negativa soberbia a reconocer los propios límites pueden convertirse en una forma de corrupción de la confianza cuando generan beneficios inmerecidos o colocan a terceros en situaciones de riesgo.


El problema aparece cuando una persona decide presentarse ante los demás como alguien que sabe hacer algo que en realidad no sabe hacer. Pero también cuando la soberbia sustituye al aprendizaje y alguien asume responsabilidades para las que no está preparado, convencido de que sus opiniones, intuiciones u ocurrencias valen más que el conocimiento, la experiencia, la evidencia o la capacitación.


El problema se agrava todavía más cuando otras personas deciden impulsarlo, respaldarlo o colocarle responsabilidades que saben que no está preparado para asumir. Porque la corrupción de la confianza no solamente involucra a quien simula; también puede involucrar a quienes premian, protegen o normalizan esa simulación.

Ocurre en sectores público y privado


Y conviene ser muy claros: no estamos hablando únicamente del servicio público. Esto puede ocurrir en una empresa, en una organización de la sociedad civil, en una universidad, en un consultorio, en una constructora o en cualquier espacio donde las decisiones de una persona impactan la vida de otras.


La Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción reconoce la importancia de la integridad, la profesionalización, el mérito, la aptitud y la capacidad como herramientas fundamentales para prevenir prácticas corruptas. No se trata únicamente de requisitos administrativos. Se trata de mecanismos diseñados para evitar que responsabilidades de alto impacto recaigan en personas que no cuentan con la preparación necesaria para ejercerlas adecuadamente.


Esta reflexión adquiere mayor relevancia cuando observamos algunos datos. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2023 del Inegi, 83.1 por ciento de la población mexicana considera frecuentes o muy frecuentes los actos de corrupción. En Puebla la cifra asciende a 87.8 ciento, superando el promedio nacional.

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Sin embargo, pocas veces nos preguntamos si estamos observando únicamente las formas más visibles de corrupción o si también hemos comenzado a normalizar aquellas que se esconden detrás de la apariencia, la simulación o la falsa competencia.


Esta discusión no es teórica


Casos como el de la llamada Casa del Boiler evidenciaron que cuando la preparación, la experiencia o la capacidad técnica son insuficientes, quienes terminan pagando las consecuencias suelen ser las personas que confiaron su patrimonio, sus proyectos y años de esfuerzo a terceros.


Algo similar ocurre cuando la salud queda en manos de personas cuya preparación resulta insuficiente para la responsabilidad asumida. El reciente caso de una mujer que perdió la vida en Puebla después de someterse a un procedimiento médico volvió a recordarnos que la confianza depositada en una capacidad profesional puede tener consecuencias irreversibles.

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Todos estos casos parecen distintos, pero comparten un mismo elemento: alguien obtiene reconocimiento, autoridad, dinero o prestigio a partir de capacidades que no corresponden con la realidad, mientras otras personas terminan asumiendo los costos de esa simulación.


Cuando estas situaciones ocurren solemos concentrarnos en el daño final. Analizamos el error, la tragedia o las consecuencias visibles. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre el momento anterior: aquel en el que una persona decidió asumir una responsabilidad para la que quizá no estaba preparada o construir una imagen profesional sustentada en capacidades inexistentes.


El problema no comienza cuando ocurre el daño, el problema comienza cuando la simulación sustituye a la honestidad.


Esta reflexión también obliga a hablar sobre mérito. Todos conocemos personas que han dedicado años de su vida a estudiar, capacitarse y adquirir experiencia. Sin embargo, no siempre son ellas quienes ocupan los espacios más relevantes.

Apariencia pesa más que preparación


A veces la apariencia pesa más que la preparación, la complicidad o el compadrazgo pesan más que el conocimiento y el pago de facturas cuesta más que la experiencia, cuando eso ocurre, las consecuencias terminan impactando tarde o temprano.


Por ello, este tema guarda una relación directa con los derechos humanos y, articularmente, con la dignidad humana.


Resulta difícil hablar de integridad mientras se obtienen beneficios gracias a capacidades que no se poseen. Resulta contradictorio exigir responsabilidad a los demás mientras se ocultan limitaciones que pueden afectar a terceros.


Quizá uno de los aspectos más preocupantes de este fenómeno es que hemos comenzado a normalizarlo. Se admira a quien aparenta saberlo todo, se premia a quien proyecta seguridad, aunque carezca de preparación suficiente y se confunde al creer que un lenguaje complicado es conocimiento real; mientras tanto, la honestidad para reconocer límites suele verse como una debilidad.


Y cuando aparentar capacidad se vuelve más rentable que tenerla, la corrupción deja de ser únicamente un problema de dinero o de legalidad para convertirse en un problema de confianza, mérito, integridad y dignidad humana, porque una sociedad sana no se construye premiando la simulación, sino valorando preparación, responsabilidad, mérito y honestidad.

Derechos humanos deben ser convicción


Dignificar los derechos humanos es algo mucho más profundo que aparentar compromiso con ellos. Es una convicción que nace de adentro hacia afuera y que termina reflejándose en nuestra forma de vivir, decidir y relacionarnos con los demás. No consiste en construir una imagen de integridad para los momentos en que somos observados, sino en actuar con la misma honestidad, responsabilidad y congruencia cuando nadie nos ve. Porque la diferencia entre parecer y ser puede sostenerse durante algún tiempo, pero tarde o temprano la simulación termina por descubrirse.


Por eso la defensa de los derechos humanos no puede descansar únicamente en discursos, símbolos o apariencias cuidadosamente construidas. Debe sostenerse en la honestidad personal, en la integridad de nuestras acciones y en la congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos.


Al final, una sociedad que premia apariencia por encima de la preparación, la simulación arriba del mérito y la conveniencia más que la verdad termina debilitando la confianza que mantiene unida a la comunidad. En cambio, una sociedad que valora la autenticidad, la responsabilidad y la congruencia fortalece no solamente sus instituciones, sino también la dignidad humana sobre la que descansa toda convivencia democrática. Y quizá esa sea la reflexión más importante: la dignidad no se aparenta, se vive.


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*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

Abogado, defensor de derechos humanos. Fue subsecretario de Derechos Humanos y primer encargado de la Comisión de Búsqueda en Puebla. También fue director para América Latina de la Organización Mundial...