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En el Mundial, México vive una dualidad entre la fiesta y las luchas sociales. Celebrar y resistir son necesarias en la práctica política.
José Rogelio Mascorro Menéndez
En el marco de la justa mundialista de futbol hemos visto de todo: partidos emocionantes –y otros que no tanto–, historias de David y Goliat, porras identitarias de diversos países, la alegre convivencia entre naciones, festejos desbordados, periodistas y aficionados volando por los aires.
Pero también, toneladas de basura en las calles, maltratos a personas de distintas nacionalidades, violencias normalizadas, masculinidades exacerbadas, alcoholismo, estampidas, atropellamientos y, como siempre, la hipocresía de la FIFA ante tantas problemáticas sociales.
Para el caso de México, hay una fotografía que representa muy bien lo que hemos vivido en las últimas semanas: los festejos de cientos de miles de aficionados mexicanos alrededor del Ángel de la Independencia a la par de las lonas con los rostros de personas desaparecidas colocadas ahí por las madres buscadoras.
Se trata de una imagen que retrata con contundencia la dualidad de nuestra realidad social. Por un lado, la necesidad de celebrar en un país azotado por tantas violencias, desigualdades y tragedias; por otro, la irrenunciable labor de resistir y luchar dignamente.
A contrapelo de algunas posturas que polarizan o enemistan a priori a quienes festejan con quienes resisten, creo que celebrar es también una forma digna y necesaria de resistir, con la estricta condición de no legitimar ni validar cualquier acción que aplaste las demandas de las cientas de miles de víctimas en nuestro país, ni que reproduzca violencias normalizadas en nuestra sociedad.
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Erróneas, negativas a celebrar o resistir
En un país tan polarizado y violentado, el lema Canta y no llores, arraigado en la afición mexicana y que a muchos nos emociona y pone la piel de gallina, es insuficiente.
Ante la necesidad de encontrar certezas éticas para navegar estos tiempos, me parecen erróneas las posturas que pretenden negar el derecho a celebrar en medio de la tragedia, así como aquellas que pretenden negar el derecho a resistir en medio de la llamada fiesta mundialista.
Ambas parecen coquetear con los fundamentalismos propios de nuestra época en crisis que reducen la complejidad y diversidad de la vida misma. Creo que de lo que se trata, haciendo uso del cántico tradicional ya referido, es de cantar y llorar.
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Celebrar y resistir no son antónimos, sino componentes de una misma práctica política. Miremos a las comunidades zapatistas, a los pueblos indígenas, a las madres buscadoras, a algunas comunidades eclesiásticas, a la comunidad LGBT y tantas otras colectividades que han resistido y luchado desde la alegría.
Por supuesto, tampoco debemos caer en la ingenuidad de creer que los festejos del Ángel se han articulado como resistencia política por sí mismos.
Celebración y protesta son necesarias
Al contrario, hemos visto incontables casos de personas que han pasado por encima de los colectivos antigentrificación o de las madres y familiares de personas desaparecidas, así como declaraciones lamentables e indignantes de aficionados que señalan que estas no son las formas ni los espacios para protestar. La celebración es necesaria, pero la protesta también.
Por fortuna, hemos visto imágenes dignas –aunque mucho menos viralizadas– que nos recuerdan que el futbol, y todo lo que él moviliza, es también un instrumento para la reivindicación política y popular.
Hemos visto artistas nacionales portando la playera verde con una leyenda en favor de la justicia para nuestros desaparecidos, aficionados extranjeros solidarizándose con las víctimas, aficionados locales organizando las retas anti FIFA, la solidaridad de naciones árabes y no árabes con Palestina, las declaraciones, celebraciones de gol y símbolos de futbolistas y entrenadores en favor de causas populares y antirracistas, la afición congoleña emulando a su liberador Patrice Lumumba, la solidaridad de los tijuanenses con la selección Iraní tan maltratada por los Estados Unidos, entre tantas otras reivindicaciones que han mostrado una cara distinta del futbol que para algunos es el nuevo opio de los pueblos.
Insistir en agenda de justicia y derechos humanos
Estamos lejos de regresar al futbol a sus orígenes populares y muy lejos también de conseguir que los festejos multitudinarios no invisibilicen las causas de las víctimas de nuestro país.
Sin embargo, esta lejanía no debe tentarnos a prohibir el derecho a la alegría, sino impulsarnos a insistir en la agenda de la justicia y los derechos humanos tan atropellados en nuestro país aún en medio de la alegría, así como denunciar las violencias y desigualdades reproducidas en el marco de una cultura futbolística cada vez más machista y clasista.
*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.


