Recientemente escribí Maná, un poema que me conectó de manera ineludible con otro de mi autoría, publicado en enero de 2020 y titulado Lluvia de la buena.

Para reflexionar sobre ambos poemas y comprender la relación que me ocupa en estas líneas, es preciso detenerse un momento en el concepto de maná, el cual, por cierto, podría encontrar equivalentes en otras tradiciones, como el soma, el haoma, el amrita o el néctar.

De acuerdo con la Biblia, el maná es un alimento milagroso que Dios envió al pueblo de Israel durante los cuarenta años de travesía por el desierto, después del éxodo de Egipto.

Según el libro del Éxodo, aparecía cada mañana sobre el rocío, semejante a una escarcha o semilla fina, de color blanco y sabor dulce, similar al de las hojuelas con miel. Simboliza la providencia divina, pero también la fe de quien aprende a confiar en aquello que habrá de llegar cada día.

Por extensión, la palabra maná se emplea en el lenguaje cotidiano para referirse a un don, un favor inesperado o una fuente providencial de riqueza y bienestar que aparece en el momento preciso. El maná no representa únicamente lo que alimenta: encarna aquello que llega cuando la voluntad humana ha agotado sus certezas y necesita abrirse a la gracia, a lo imprevisto y a lo que no puede producir por sí sola.

Esta cualidad del poema como sustento místico no es una búsqueda aislada; es la continuidad de una larga tradición de náufragos que han encontrado en la palabra su único alimento. Ya lo intuía Rainer Maria Rilke al sugerir que para escribir un solo verso es necesario haber agotado la experiencia de la vida, o el mismo Gaston Bachelard cuando afirmaba que el ser humano es un ser que tiene hambre de asombro y que la poesía es el pan de la imaginación. Como ellos, comprendo hoy que el maná poético no se fabrica: se recibe como una revelación que sacia una sed que la razón ni siquiera alcanza a comprender.

La lluvia infantil como metáfora afectiva

Así, en ese sentido de gracia divina, existe cierta precipitación que describí en aquel enero del fatídico 2020, año marcado por la pandemia:

La poesía es como la lluvia
con la que jugabas en tu infancia,
como aquella que te empapaba
hasta el tuétano, pero no te enfermaba,
generaba resistencia, anticuerpos
y te ayudaba a ser más niño.

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De ese temporal, debido al paso de los años, queda el recuerdo de una especie de bendición que nos cubría de pies a cabeza. Era una envoltura que nos nutría, nos vigorizaba y, sin duda alguna, nos convertía en seres felices. Acaso la infancia sea eso: el tiempo en el que todavía somos capaces de recibir el mundo sin exigirle explicaciones, cuando la realidad se nos ofrece como una revelación cotidiana.

La caída de aquel preciado líquido adoptaba, con frecuencia, la forma de los besos de nuestra madre, del cobijo paterno que nos hacía sentir protegidos o de la compañía fraterna de nuestros hermanos, quienes nos inculcaron el poder del «nosotros»: de la manada, del clan o de la tribu. Antes de aprender a nombrarnos individuos, fuimos parte de una comunidad afectiva que nos sostuvo y nos enseñó que la existencia también se construye desde la pertenencia.

La insuficiencia de la razón ante la felicidad

Los poemas son como cada gota de esa lluvia,
te cubre tanto que terminan por atravesarte,
por humectar tu cuerpo por dentro,
tus huesos, tus tejidos;
son tan especiales
¡que hasta el alma se empapa
y las pesadillas trocan
en sueños de barquitos de papel!

Esos momentos dichosos nos bañaban y nos aturdían con tanto encanto que nos hacían perder la razón y llegar a la conclusión de que las palabras son insuficientes para expresar semejante felicidad. Sin embargo, quizá sea precisamente de esa insuficiencia de donde nace la poesía: del deseo de decir aquello que rebasa al lenguaje y que, pese a todo, necesita ser nombrado.

Una felicidad que no debe pensarse, sino vivirse; basta con dejarse fluir y permitir que el tiempo haga reposar la sinrazón de quien se hace uno con el mar. Hay experiencias cuya verdad no depende de una explicación lógica, porque se revelan directamente a la sensibilidad. En ellas, comprender significa entregarse.

La poesía es como la lluvia
con la que jugabas en tu infancia
y te ayudaba a ser más niño….

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Recuperar la capacidad de asombro

Creación y recreación en el Logos por las bondades del maná: «¡Dejad que los niños vengan a mí…!». Volver a ser niño no implica retroceder, sino recuperar la capacidad de asombro, la disposición para recibir lo extraordinario en lo cotidiano y la libertad de acercarse al misterio sin las defensas que la razón adulta levanta frente a lo inexplicable.

Una vez que, sin reserva alguna, nos dejamos atravesar, sin anteponer las reticencias del pensamiento lógico, como sucede con los millones de neutrinos que recorren todo lo que somos sin dejar rastro alguno, no queda más que rendirse ante lo bello, ante lo innegablemente asombroso de la creación. Rendirse, en este caso, no significa claudicar, sino reconocer que existen realidades cuya plenitud no puede ser poseída por la inteligencia y que solo pueden ser acogidas mediante la sensibilidad.

Juro escribir los versos más simples
para recuperar la fuerza de mis palabras,
hallar entre el mar de opciones seductoras
el alivio que nace del corazón.

Reconstruirse desde la sencillez, desde lo íntimo y desde aquello que permanece apartado del ruido y de las miradas profanas. Volver a lo esencial supone retirar las capas con las que el mundo ha cubierto nuestra voz hasta reencontrar la palabra primera: aquella que no busca deslumbrar, sino revelar; que no pretende imponerse, sino acompañar.

En la restauración
me perdonaré
por haber abandonado el maná de la poesía.

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Así, en medio del aguacero que nos hacía sentir más niños, rodeados de versos nacidos del Logos, vi a la felicidad saltando y abriendo su corazón para dejar escapar su alegría: sin género, sin cáscara, sin rubor. Comprendí entonces que el elixir de la poesía siempre estuvo allí, esperando sobre el rocío de las palabras; más allá de una respuesta definitiva, como el alimento cotidiano que nos permite atravesar el desierto y conservar intacta nuestra capacidad de asombro.

Vi esa silueta bañándose de maná.

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

Nació en Tehuacán, Puebla, el 6 de enero de 1970. Es poeta,conductor de programas de radio, académico y gestor de espacios educativos. Funda y coordina Sabersinfin.com