Julio Eutiquio Sarabia reflexiona sobre la reedición de La pasión, los trabajos y las horas de Damián junto con La canción de Eleonora, obras clave de Raúl Dorra que revelan tanto su potencia narrativa como la densidad conceptual de su mirada sobre el lenguaje y la identidad.
Desde su papel como editor, Sarabia comenta los desafíos para sostener una literatura crítica fuera del mercado, la circulación de libros entre nuevos lectores y el papel que cumplen las ferias como espacios de memoria activa.
A continuación, toda la entrevista:
1. ¿Qué motivó la decisión de reunir y presentar nuevamente La pasión, los trabajos y las horas de Damián junto con La canción de Eleonora en esta edición de Fenali?
No puedo arrogarme el derecho de contestar la primera parte de la pregunta, ya que responde el tercer tomo de la Obra reunida, como su nombre lo sugiere, a la decisión de reeditar ordenadamente lo que Raúl Dorra publicó en vida. Tal cosa está fuera de mi competencia. Sólo me desempeñé como editor de este volumen. Las dos novelas que incluye son dos de las tres que escribió. La tierra del profeta, la tercera de ellas, seguramente será una de las próximas entregas. Reeditar la obra de Dorra es una iniciativa muy afortunada del Programa de Semiótica y Estudios de la Significación, sitio al cual estuvo adscrito el autor. No siempre se puede, pero los libros deben reeditarse, cuando no están en el mercado, cada equis tiempo para ir en busca de lectores. El “público” suele ser caprichoso o simplemente distraído y a veces muy permeable a campañas de grupos editoriales bastante poderosos, con agendas poderosas y bien definidas. Los libros se publican en determinado momento y es muy probable que algunos nazcan muertos, pero también es verdad que algunos otros ni se divulgan ni sus editores buscan emparejarlos, por decirlo así, con poblaciones de sensibilidad afín. Es dura la comercialización, más todavía si se trata de libros universitarios, pero es necesario que el editor, desde que decide publicar un libro, tenga también claro cuál será el nicho al que dirigirá determinados títulos. No importa que sus recursos financieros provengan del erario. Al contrario. Puesto que su finalidad no será la recuperación de lo invertido sino la difusión, bien puede permitirse ser propositivo. No está por demás recordar que las editoriales y las revistas se definen también por lo que no publican. Sin embargo, no creo que la presentación de los libros sea tan importante como quieren hacernos creer. Era, y tal vez aún lo sea, una forma de la publicidad. Las presentaciones, me temo, se han frivolizado en exceso. Tanto empeño puesto en ellas, cuando el porcentaje de lectores tira hacia abajo, no puede ser saludable.
2. Desde su perspectiva como académico y lector, ¿cuál es la relevancia actual de estas dos novelas de Raúl Dorra dentro del panorama narrativo latinoamericano?
La pregunta me rebasa. Es muy difícil para mí, que no soy “académico” sino un escritor con cierto conocimiento del mundo editorial, determinar en este momento cuál es la relevancia de estas dos novelas. Habría que escudriñar en la hemeroteca y ver cuál fue la recepción, en 1979, de La pasión, los trabajos y las horas de Damián, y en 1982 de La canción de Eleonora. Ambas novelas poseen ya una trayectoria que es necesario refrendar y expandir. Si de premios se trata, que son una forma instituida, convencional, para allegarse prestigio literario, debe decirse que la primera obtuvo un galardón en Argentina antes de 1976; la segunda, por su parte, recibió reseñas y, se sabe, fue finalista del premio Xavier Villaurrutia. Así que, en un momento de mayor promoción del libro aunque también de una muy alta competencia editorial, no dudo que Raúl Dorra ganará nuevos lectores, aquí y en Argentina, donde se ubica la Universidad Nacional Villa María, la coeditora en este proyecto. Dorra, no debe perderse de vista, no sólo escribió ficción. Semejante destreza hace que su público, pues creo que lo tiene, mantenga viva la curiosidad por la nueva edición. En vida, sus libros se publicaron en la Universidad Autónoma de Puebla, es cierto, pero también aparecieron en Alción, en Argentina. Sólo agregaré que tal “relevancia” no sucede sin nosotros, libreros, lectores, críticos, promotores. Es peligrosa la pregunta porque uno termina hablando de lo deseable antes que de lo verificable.
3. ¿Cómo fue el proceso de recuperación, edición y publicación de estas obras? ¿Qué retos enfrentaron al revisitar textos que circularon hace algunas décadas?
Tendría que remitirme a mi primera respuesta, en tanto no formo parte del cuerpo en donde se toman las decisiones. No obstante, podría decir que la ordenación de la obra no debió presentar demasiadas dificultades. Todo Raúl Dorra, digámoslo así, es localizable. No ha pasado mucho tiempo desde que salieron las primeras ediciones. Algunas más, como ciertos relatos, han merecido más de una edición. Aquí, en este destierro, por ejemplo, apareció por vez primera en Argentina y después, en México, tuvo una u otras dos. La mayoría de los informantes, si hubiera necesidad de un nuevo Sahagún, está viva todavía para dar cuenta de dónde leyó, escuchó o vio libros de Raúl.
4. En un país como México, donde la memoria literaria a veces se vuelve fragmentaria, ¿cuál es el valor de proyectos como este para preservar el legado de autores que cruzaron fronteras geográficas y discursivas como Raúl Dorra?
La reedición es ya, en sí misma, un valor agregado. Quiere decir que una obra es capaz de mantenerse vigente, ya sea porque conserva valores que trascendieron a sus lectores primarios o porque éstos, activos todavía, suscriben una estética ––enriquecida y aprobada por los jóvenes––, un conjunto de ideas que alimentan otros discursos. Raúl Dorra, es preciso decirlo, pertenece a un conjunto de expulsados por las dictaduras militares que asolaron el Cono Sur en los años setenta. La influencia decisiva, según creo, la tuvieron en el ámbito educativo. Hubo en Puebla dos o tres personalidades que dejaron su huella: Óscar del Barco y, desde luego, Raúl Dorra. La permanencia de su magisterio, las propuestas editoriales que alimentaron y las instituciones que fundaron son la prueba de su importancia. El Programa de Semiótica y Estudios de la Significación, para no ir más lejos, es un claro ejemplo.
5. ¿Qué aportan estas novelas a la discusión sobre lenguaje, oralidad y poder, temas que Dorra abordó con tanta claridad tanto en su narrativa como en su trabajo teórico?
Me temo que la esfera de cristal que tengo frente a mí se ha opacado de pronto. Sospecho que la narrativa de Dorra, tan profundamente personal, con una visión del mundo que deja pistas aquí y allá, es ajena a cualquier pedagogía. Es cierto que, en otra de sus facetas, reflexionó, sí, sobre el acto de escribir y sobre lo que significa, por ejemplo, el discurso universitario. Será labor de los lectores apropiarse, intervenir o reproducir una obra narrativa, por lo demás, relativamente breve. Sólo entonces conoceremos cuánto les ha servido como herramienta.
6. ¿Cómo se puede fortalecer el vínculo entre instituciones académicas, ferias del libro y lectores jóvenes para que estas obras no solo se reediten, sino que realmente circulen y se dialoguen?
Me gustaría tener habilidades taumatúrgicas para señalar caminos en ese cuello de botella que es la promoción y la comercialización del libro. Son justamente esas instituciones y esas manifestaciones comerciales, culturales (más o menos frívolas también), nunca ajenas a los jóvenes –– nada más pasajero cuando a la vuelta de la esquina espera el mercado laboral––, las que deben impedir el anquilosamiento. En realidad, no hay vínculo que fortalecer porque son “instituciones académicas” las que, como lo estamos viendo, sostienen en el país la mayoría de las ferias. Estas y la manera de comercializar los libros son una expresión más de cómo conciben la difusión cultural. Constituyen estos actos un movimiento más de los muchos que cotidianamente realizan. Las estrategias de promoción deben revisarse año tras año porque no se puede ofrecer, con los mismos recursos, coca-cola a quienes ya la probaron. Los límites de su promoción son, más allá de la burocracia, los límites de su imaginación.
7. ¿Qué significó para usted colaborar con Juan Sebastián Gatti en esta presentación, ¿ambos compartieron caminos cercanos con Raúl Dorra desde distintos ámbitos? ¿Cómo se enriqueció el trabajo conjunto con su mirada?
Gatti es un escritor sobrio y sabio.
8. Finalmente, ¿qué opinión le merecen las recientes declaraciones de Paco Ignacio Taibo II sobre la baja lectura entre los jóvenes mexicanos? ¿Cree que esas afirmaciones dialogan con lo que usted observa en espacios como Fenali o en la universidad?
Como joven que todavía soy, me apena reconocer que a Taibo le asiste la razón: desconozco sus declaraciones. Pero más allá de que eso sea cierto, me parece que los datos de las estadísticas se parecen a los brochazos. Lo que necesitamos conocer es el trazo del pincel, los datos casi microscópicos, que es donde se encuentran los matices del problema. En cuanto a la segunda, aceptando sin conceder, creo que los jóvenes son un misterio. Tienen la ventaja de leer en la plataforma que se les venga en gana. Los vi copando puestos de libros de segunda mano porque éstos les resultan menos lesivos para su bolsillo. ¿Tienen el fetichismo por lo nuevo? Es muy probable, pero no todos poseen la capacidad adquisitiva para hacerse de libros cuyos precios se han elevado. Es cierto que los insumos en la industria editorial escasearon, sobre todo durante la pandemia, pero tengo la impresión de que algunas editoriales castigan al lector con sus precios o los buscan en un estrato social con posibilidades económicas resueltas. Los jóvenes, que tienen el derecho a que nadie los espíe, al igual que los mayores, se tornaron máquinas de códigos secretos: leen libros electrónicos y en PDF. Visitan portales sin permiso de nadie. Se rolan archivos por WhatsApp, que es la forma contemporánea de lo que fue, durante décadas, la circulación de las fotocopias de mano en mano. Probablemente sólo los administradores de los sitios que generan los libros electrónicos y los PDF atesoren datos fidedignos.
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