Entrevista a Blanca Luz Pulido, por Liz Camargo
A lo largo de tu trayectoria, tu voz poética se ha mantenido fiel a una mirada que ilumina lo íntimo y lo esencial. Has transitado entre la escritura, la lectura y la enseñanza con un compromiso profundo, que ha dejado huella en lectores y estudiantes. Estas preguntas buscan acercarse a esa experiencia desde distintos ángulos: la creación, la formación, la lectura y la vida que sostiene todo eso.
Liz: Tu poesía nace de una mirada que se detiene en lo mínimo. En ella, los objetos cotidianos adquieren una fuerza reveladora. ¿Qué buscas provocar al centrar tu en lo que suele pasar desapercibido?
Blanca Luz: En realidad, no ha sido un proceso completamente voluntario el de prestar atención a los objetos más cotidianos, ni es algo que recorra toda mi poesía. Mis primeros libros estaban enfocados más bien en asuntos del paisaje, la luz y la sombra, el tiempo, el amor, etc. Y las aves también me han inspirado bastantes poemas, sobre todo desde que viví dos años en Mérida, Yucatán. Sin embargo, es verdad que últimamente son las pequeñas cosas que nos rodean, esos milagros cotidianos a los que en realidad casi nadie mira, los que protagonizan mis poemas. No sé, por cierto, si con ellos quiero provocar algo en especial en el posible lector, sino tal vez nada más compartir mi asombro y mis descubrimientos.
Liz: Has combinado la creación poética con la enseñanza durante varios años. Desde esa doble experiencia, ¿Qué condiciones crees necesarias para que florezca una comunidad real de lectores y escritores?
Blanca Luz: En un país tan grande como el nuestro, y en la monstruosa ciudad en la que vivo, cada vez resulta más complicado que existan comunidades de lectores y escritores como las que seguramente hay en países menos complejos y diversos que México. Además, la fragmentación actual de las pocas editoriales independientes que difícilmente subsisten, el poco apoyo gubernamental para el arte, la burocracia cultural, el poco interés histórico por la lectura, y un largo etcétera, hacen cada vez más difícil que haya un nexo estrecho entre escritores y lectores.
Y es comprensible: a las presentaciones de libros, un viernes o jueves por la tarde, después de una jornada agotadora de trabajo, por ejemplo, ¿cuántas personas verdaderamente están en posibilidades de asistir? Habría que buscar otras maneras de acercarse a los lectores. Pero no sé cuáles puedan ser, exactamente. Antes había revistas literarias muy buenas, y en los diarios se publicaban reseñas de libros. Casi todo eso ha desaparecido ahora. Así es muy complicado crear una comunidad lectora y crítica.
Liz: Has acompañado la formación de nuevas voces desde el aula y el taller. ¿Qué tipo de vínculo consideras valioso entre quienes inician en la escritura y quienes han sostenido una relación larga con el lenguaje poético?
Blanca Luz: Es muy importante mantener esa relación viva, cercana. Una de las cosas que más extraño desde que dejé de dar clases en la UACM es a los jóvenes estudiantes de la carrera de Creación Literaria. Espero haber logrado, en los años que trabajé ahí, darles algo del entusiasmo y disciplina que, a su vez, me transmitieron mis propios maestros en la UNAM. El trabajo con los jóvenes es fundamental para que la cadena no se rompa, entre los escritores y el público, la cultura y las personas que, generación tras generación, contribuyen a transmitirla.
Cada consejo de lectura, cada aliento de esperanza que pueda brindarse, van pasando de mano en mano y ellos, a su vez, si hay suerte, entregarán a otros la estafeta. Es lo único que podemos hacer, y si se logra, es ya algo magnífico, pues de ellos es el futuro. Actualmente, aunque por otras vías, continúo compartiendo en grupo el amor por la poesía y la enseñanza, en talleres de diversos tipos.
Liz: Leer también ha sido parte de tu práctica como poeta. En un entorno saturado de estímulos breves, ¿Qué hábitos permiten mantener una relación significativa con los libros y con la poesía?
Blanca Luz: Lo he dicho muchas veces y lo seguiré repitiendo: difundir la importancia de la lectura en voz alta. Con mis estudiantes lo hacía y con los círculos de comentario de textos poéticos lo sigo haciendo. Nadie se salva conmigo de leer poemas en voz alta, una práctica casi abandonada hoy en día, precisamente por esa inmediatez que mencionas, que corroe el disfrute pleno del arte, de la poesía, de tantas cosas. Lo ves en los museos: muchas personas ya casi no se detienen a leer las fichas técnicas, los comentarios. Leer se ha vuelto un hábito raro, una costumbre extraña en México.
Es muy triste. Y leer en voz alta, más. Otro hábito que yo recomendaría a quienes desean adentrarse en el mundo poético: busquen, en las librerías de viejo que aún nos quedan, buenos libros de poemas. Ya las grandes editoriales no van a reimprimirlos: no les interesa. Y no dejar de tener en cuenta los recursos institucionales en línea, hay muchos, en México y en otros países, y están a nuestro alcance: la página de la UNAM de Descargacultura, por ejemplo. O la magnífica página del Instituto Cervantes, de España. Por mencionar sólo dos ejemplos.
Liz: Vivir desde y para la poesía implica también enfrentar desafíos materiales. Desde tu experiencia, ¿cómo puede una poeta en formación sostener su vocación sin renunciar a una vida digna?
Blanca Luz: Ah, esa es la gran pregunta, y la gran dificultad. Es algo que ha sido complicado siempre, pues el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, es muy exigente: se vive, en general, para el arte, no del arte. Por eso es importante buscar y desarrollar, dentro de los talentos prácticos que uno tenga, alguno o algunos que nos permitan sobrevivir de la mejor manera posible, para poder dedicar tiempo a nuestras pasiones artísticas. Por ejemplo: dar clases, trabajar en el campo editorial, estudiar idiomas para poder traducir libros, u otras actividades que sean redituables. No nos volveremos ricos, pero podremos leer y escribir, o dibujar, o hacer música, o lo que nos interese hacer. Hay que encontrar ese filón, y cultivarlo. Un pie en la práctica y otro en el arte. “La poesía en la práctica”, como dijo Gabriel Zaid en uno de sus libros.
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