Pueblos en Hidalgo, la Sierra Norte de Puebla, el este de San Luis Potosí, el sur de Tamaulipas y el norte de Veracruz están sufriendo por las inundaciones recientes vinculadas con el ciclón Priscilla y la tormenta tropical Raymond. Las mayores afectaciones se concentran en regiones habitadas principalmente por comunidades hñähñu, nahuas, teenek y totonacas, en resistencia permanente y acostumbradas a luchar con dignidad por el reconocimiento y respeto de sus derechos frente a las embestidas del imperialismo neoliberal combinado con dinámicas de colonialismo interno. De unos años para acá, los pueblos de la región se han enfrentado al deterioro social, ambiental y sanitario de sus condiciones de vida que los han llevado a organizarse y encabezar procesos colectivos de defensa de sus territorios y bienes comunes: los bosques, las aguas, su cultura y hasta su historia y lenguaje.
La fragilidad de la vida en las sociedades modernas se hace patente en circunstancias como las que hoy viven los pueblos de las Huastecas y la Sierra Norte. Las autoridades civiles de los tres órdenes de gobierno, particularmente las de protección civil, se ven rebasadas, mientras que el Plan DN-III-E de la Secretaría de la Defensa Nacional con apoyo de la Guardia Nacional, así como el Plan Marina y las Brigadas de Respuesta ante Emergencias de la Secretaría de Marina, operan con toda intensidad para ayudar a las y los damnificados.
Comunidad y solidaridad frente a los desastres del capital
La gente no sólo ha perdido bienes materiales, incluso inmuebles. En muchos casos también ha permanecido incomunicada por los deslaves, destrucción de caminos, carreteras y puentes, además del desbordamiento de ríos, sin luz ni señal de internet, pero tampoco alimento ni vestido o algo más con qué cubrirse en medio de la intemperie. Hay personas perdidas y también muertas, hay gente herida y enferma. La solidaridad es urgente. Se necesitan víveres comestibles de inmediato, agua potable y apoyo en los refugios, particularmente servicios médicos. Una vez que se estabilice la situación también se requerirán abogados que respalden los reclamos, frente al Estado y las empresas aseguradoras, así como que vigilen que la reconstrucción se haga sobre la base del respeto a los derechos fundamentales de la población.
Pero no se trata sólo de una cuestión atmosférica, natural, como si el cambio climático no fuese resultado de las alteraciones provocadas por el desarrollo capitalista basado en la producción de valores de uso nocivos, mediante tecnologías por sí mismas destructivas e insustentables. Hasta mediados de año, 14 huracanes y 12 tormentas habían azotado el territorio nacional y afectado a más de 158 mil personas.
A costa de la naturaleza
El problema tampoco es simplemente meteorológico, como si la pobreza y la desigualdad no tuviesen que ver con la magnitud de la tragedia o como si las instituciones públicas estuviesen exentas de responsabilidad. La producción de riqueza en los contornos de la modernidad sucede a costa del sacrificio de la naturaleza y las masas de desposeídos que día a día se ven obligados a vender su fuerza de trabajo al mejor postor. El calentamiento global condiciona el cambio climático y, en particular, los fenómenos atmosféricos extremos como las sequías, los huracanes y las inundaciones.
Más bien, se trata de un asunto que pone a prueba y expone la realidad de los derechos económicos, sociales culturales y ambientales en México. Los deslaves, los problemas de comunicación y acceso a ciertas zonas, así como la falta de luz, conectividad y agua, son problemas frecuentes en Hidalgo, la Sierra Norte de Puebla, el este de San Luis Potosí y el Norte de Veracruz, particularmente en los municipios más pobres, que también suelen ser los más afectados por desastres naturales. De igual manera, el sector de la población más vulnerable también es el mayormente afectado. La atención de lo sucedido en días recientes debiese llevar a las autoridades a realizar acciones integrales de justiciabilidad, reparación y materialización de derechos colectivos.
Construcción de comunidad
Hace 15 años comencé un camino de aprendizaje y construcción de alternativas de la mano con personas que nacieron y habitan en algunas de las comunidades afectadas. Nunca antes haber estudiado Derecho había sido significativo, sólo lo fue cuando ser abogado se tradujo en abogar por quienes más lo necesitan en causas de probada injusticia.
Pero en ese entonces yo no me sentía abogado, me hice abogado con ellos, no tanto por los conocimientos jurídicos y no jurídicos en materia ambiental, agraria e indígena que aprendí en el camino, sino, sobre todo, porque encontré el sentido social de una profesión para la que hasta entonces pensaba que no tenía vocación. Hoy mi ejercicio profesional tiene sentido en la construcción de comunidad, invito a que hagamos un llamado conjunto a la solidaridad social, no sólo para la atención de las emergencias producidas por el capital, sino en la lucha por combatir sus causas y por transformar nuestra realidad.
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