Por: David López

El Centro Histórico de Puebla ejemplifica las tensiones que denuncia el geógrafo David Harvey sobre el derecho a la ciudad. Este reconocido académico sostiene que los espacios urbanos no son meras estructuras físicas, sino campos de disputa para determinar quién puede habitar, transformar y vivir en ellos.  

A lo largo de las últimas décadas, diversas administraciones promovieron políticas de “rescate”, “reordenamiento” y “revalorización” que, si bien han embellecido fachadas y calles, también han favorecido procesos de exclusión, desplazamiento y pérdida de vínculos comunitarios. El patrimonio, en lugar de ser una herramienta para preservar la memoria popular, se gestó bajo lógicas de mercado que terminan por expulsar al pueblo: gentrificación, le nombra la mayoría. 

La patrimonialización como dispositivo de exclusión 

La historia reciente de Puebla muestra cómo el concepto de patrimonio ha sido instrumentalizado para transformar los espacios comunes en zonas de consumo. Uno de los episodios más emblemáticos ocurrió en 1986, cuando se desalojó el antiguo Mercado La Victoria con promesas de reacondicionamiento que nunca llegaron. En su lugar, el mercado se convirtió en un centro comercial, mientras que cerca de dos mil comerciantes fueron desplazados hacia lo que hoy es popularmente conocido como el Mercado Morelos.1 Ese acto no solo desplazó a las familias, marcó un nuevo modelo urbanístico que prioriza el valor económico del suelo sin considerar a las personas. 

A partir de la declaratoria de la Unesco en 1987, el Centro Histórico se vio, por las instituciones, como un activo económico. Con el Programa Río San Francisco, impulsado por el gobierno de Manuel Bartlett, comenzaron a desarrollarse corredores turísticos y se reorientó el uso del suelo hacia actividades comerciales y recreativas para visitantes. Décadas después, durante el sexenio de Rafael Moreno Valle, esta lógica se profundizó: proyectos como el teleférico implicaron la demolición de casas catalogadas como patrimonio, como la Casa del Torno, y se priorizó la imagen urbana por encima del arraigo comunitario. 

El Centro Histórico, un activo económico

El resultado de estas políticas puede medirse en números: entre 2000 y 2020, la población del Centro Histórico se redujo en un 45.7 %, cayendo de 76 102 a 41 293 habitantes. Sin embargo, este despoblamiento no es homogéneo, ya que barrios como San Sebastián, San Matías y Santiago perdieron más del 60% de su población. La expulsión no fue explícita, pero sí estructural: aumento de rentas, deterioro de servicios, presión inmobiliaria y abandono institucional generaron condiciones que empujaron a las familias trabajadoras hacia la periferia. 

Hoy, la presencia de plataformas como Airbnb ha acentuado este proceso. La periodista Marisa Higuera publicó recientemente una nota en la que indica que el alquiler promedio por noche en estas plataformas en el centro es de 1 533 pesos, casi cinco veces más que lo que costaría habitar un departamento familiar. El suelo se vuelve más valioso como producto turístico que como hogar, y el patrimonio se transforma en escenografía. 

Tiempo del derecho a la ciudad 

Sin embargo, no todo está perdido. Lo que está en disputa no es el valor del patrimonio, sino su sentido y su titularidad. ¿El patrimonio es del mercado, o es de quienes lo viven y lo sostienen todos los días? ¿Debe conservarse como objeto inerte para el turismo, o puede ser una herramienta para fortalecer la vida comunitaria? 

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Con los gobiernos de la Cuarta Transformación, se abre la oportunidad de cambiar este rumbo. Es momento de poner al centro a quienes sufrieron un desplazo. De construir un modelo participativo que entienda el patrimonio no sólo como objeto, sino como memoria viva, que se expresa en los oficios, las fiestas populares, los mercados, las relaciones de barrio y el derecho a permanecer. 

El Centro Histórico no puede seguir pensándose como una postal para disfrute y usufructo de otros. Tiene que volver a ser hogar, espacio de encuentro, tejido comunitario. Un patrimonio realmente del pueblo, que se conserve y transforme con él, no sin él. 

Semblanza 

David López. Obrero audiovisual de tiempo completo. Sociólogo comprometido con los pueblos y la defensa del territorio. He trabajado con comunidades, colectivos e instituciones en Puebla y Tlaxcala, articulando investigación social, producción audiovisual y metodologías participativas.

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