Cuando pensamos en la Independencia de México, la memoria suele llevarnos a Dolores, Guanajuato y recordamos a Hidalgo, Morelos o Guerrero. Pero pocas veces se mira hacia Puebla, un territorio que, fue clave en la consumación de la independencia bajo la figura de Agustín de Iturbide.

La ciudad de Puebla particularmente, fue para el movimiento un punto estratégico. Sus caminos comunicaban el puerto de Veracruz con la capital virreinal, y su riqueza agrícola y comercial la convertían en un punto vital para sostener al régimen. Por eso, las élites poblanas resistieron durante años los llamados insurgentes, temerosas de que el conflicto se transformara en una revolución social que pusiera en riesgo sus privilegios.

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Aunque es preciso reconocer a poblaciones como Zacatlán y Tetela en la Sierra Norte y Tehuacán en la llanura, donde la insurgencia floreció, en esta última, el “Siervo de la Nación” José María Morelos planificó la toma de Oaxaca en 1812. Puebla fue también cuna de insurgentes, como José Luis Rodríguez Alconedo, pintor y orfebre, muy hábil en la fabricación de armamento, Juan Nepomuceno Rosains, quién leyó los Sentimientos de la Nación en la apertura del Congreso de Anáhuac, Antonio de Sesma y Alencastre que combatió en la región de Chalchicomula, así como José Antonio Martínez de Segura, el “Tatita Cura” de Tetela del Oro, hoy de Ocampo, quién fue el padre de la insurgencia en el norte, junto al brigadier Juan Francisco Osorno, así como el capitán Juan Nepomuceno Bonilla, uno de mis ancestros, quién combatió al lado de Morelos e Iturbide, hasta alcanzar la Independencia.

Puebla fue también cuna de insurgente

Tras proclamar el Plan de Iguala en 1821, Iturbide comprendió que no bastaba con sumar voluntades en el sur: necesitaba convencer a los grandes centros urbanos del virreinato. Su entrada triunfal a Puebla no fue solo un movimiento militar, fue un golpe con efecto político. Al lograr que la ciudad aceptara al Ejército Trigarante, Iturbide consolidó la idea de una independencia, sin romper del todo con el orden colonial, dando fin a once años de guerra.

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Así, Puebla se convirtió en símbolo de la transición: de la fidelidad al rey a la aceptación de la independencia. La consumación no se selló únicamente en el campo de batalla, sino en acuerdos políticos en plazas estratégicas como la Angelópolis, tal como lo constatan los documentos del capitán Juan Nepomuceno Bonilla que se resguardan en la Sociedad de Defensores de la República Mexicana y sus Descendientes Asociación Civil.

Uno de los capítulos decisivos

Al recordar la Independencia, vale la pena reconocer que en Puebla se jugó uno de los capítulos decisivos. Aquí, el proyecto de Iturbide encontró el respaldo que necesitaba para llegar a la capital y poner fin al dominio español, siendo sellada a través del Acta de Independencia del Imperio Mexicano, suscrita el 28 de septiembre de 1821. Sin Puebla, quizá la independencia habría tardado mucho más en consumarse.

Luis Eduardo Torres Molina, liberal poblano con raíces serranas, es Licenciado en Relaciones Internacionales y Maestro en Administración de Empresas por la UDLAP. Preside la Sociedad de Defensores de la República Mexicana y sus Descendientes A.C., organización de carácter cultural. Es autor de obras como Breviario de Abadón (2013), La Transformación de la Sierra Poblana, a través de los ojos de un maestro liberal (2024), Breve Historia de la Masonería en el Estado de Puebla, siglo XIX (2025), entre otras. Además de coproductor del laureado documental Voces de la Sierra: Memorias del 5 de Mayo. Cuenta con más de 15 años de experiencia en la gestión y divulgación cultural, siendo por ello, reconocido en agosto de 2023 por el Senado de la República y en septiembre de 2025 por el Gobierno del Estado de Puebla.

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