Hace poco caminaba en la calle y sentí los “vientos de octubre”, levanté la mirada y vi en una casa una cruz elaborada con una inconfundible planta de flores amarillas propia de esta época. Eso me recordó lo que les comparto: cada 29 de septiembre, el calendario marca la festividad de San Miguel Arcángel, un día que en muchas comunidades de México trasciende lo meramente religioso para convertirse en un marcador del tiempo, un reloj cultural y agrícola. No es casualidad que, en estas fechas, campesinos, familias y pueblos coloquen cruces de flor de pericón en puertas, ventanas y sembradíos. La flor amarilla, vibrante como un sol en miniatura, no solo adorna: es un signo contra los malos vientos, contra los espíritus dañinos y contra aquello que pudiera afectar la salud y la cosecha.

El gesto se enlaza con el calendario agrícola. Se anuncia el final de las lluvias, el inicio de la cosecha y el tránsito hacia la temporada seca. Colocar el pericón es también agradecer por lo recibido y pedir resguardo para lo que viene. No es, pues, un ritual aislado, sino un eslabón de una cadena de símbolos que acompaña al ciclo vital del campo y de la vida comunitaria.

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Entre San Miguel, la cosecha y la memoria de los muertos

De San Miguel al Día de Muertos se abre un periodo cargado de significado: la cosecha se levanta, las milpas se desgranan, y el aroma de los frutos empieza a llenar las casas. Al mismo tiempo, se prepara el camino espiritual para agasajar a los difuntos en esta solemne festividad, aunque el mundo espiritual está siempre presente. Podría decirse que la cruz de pericón marca la puerta de entrada a esa estación en la que la frontera entre el mundo de los vivos y los muertos se adelgaza. Primero se alejan los males, después se honra a la tierra, y finalmente se convoca a la memoria.

Hoy, cuando las costumbres rurales parecen diluirse en medio del ruido urbano y digital, vale la pena preguntarse qué perdemos si olvidamos estos rituales. No se trata de supersticiones, sino de prácticas que condensan un saber ancestral sobre los ciclos naturales, el cuidado comunitario y la relación con lo invisible. La cruz de pericón es, en realidad, un recordatorio de que lo sagrado y lo cotidiano siempre han estado entrelazados en la vida mexicana.

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Del 29 de septiembre al 2 de noviembre no hay ruptura, hay continuidad. El calendario agrícola, la devoción y la cosmovisión indígena se dan la mano en un mismo tejido cultural. En un país donde la memoria se celebra tanto como se sufre el olvido, estas tradiciones son brújulas. Nos indican de dónde venimos, nos recuerdan que no estamos solos y que cada temporada trae consigo tanto cosecha como responsabilidad.

La memoria se celebra tanto como se sufre el olvido

Quizá, al mirar una cruz de pericón en estos días, debamos verla no solo como protección, sino como anuncio de que la vida entra en su fase de mayor recogimiento: la temporada en que el maíz se guarda y los muertos vuelven a casa.

Luis Eduardo Torres Molina, liberal poblano con raíces serranas, es Licenciado en Relaciones Internacionales y Maestro en Administración de Empresas por la UDLAP. Preside la Sociedad de Defensores de la República Mexicana y sus Descendientes A.C., organización de carácter cultural. Es autor de obras como Breviario de Abadón (2013), La Transformación de la Sierra Poblana, a través de los ojos de un maestro liberal (2024), Breve Historia de la Masonería en el Estado de Puebla, siglo XIX (2025), entre otras. Además de coproductor del laureado documental Voces de la Sierra: Memorias del 5 de Mayo. Cuenta con más de 15 años de experiencia en la gestión y divulgación cultural, siendo por ello, reconocido en agosto de 2023 por el Senado de la República y en septiembre de 2025 por el Gobierno del Estado de Puebla.

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