El 28 de noviembre de 1911, el general Emiliano Zapata y los jefes revolucionarios del sur proclamaron el Plan de Ayala, en una pequeña población llamada Ayoxuxtla, en la Sierra Mixteca. Este documento reorientó el sentido de la Revolución Mexicana en el sur, hacia un programa agrario profundo, radical y, por primera vez, pensado desde las comunidades campesinas. Sin embargo, en el debate público contemporáneo suele pasarse por alto un componente fundamental: la relación de este proyecto revolucionario con el estado de Puebla, territorio bisagra entre el centro político del país y el convulso sur agrario.

Puebla aparece en el imaginario histórico como tierra de haciendas azucareras, pequeños propietarios, pueblos serranos y zonas estratégicas de comunicación. Pero en 1911 también era un territorio tensado por el despojo y el caciquismo. Muchas de sus regiones -particularmente la Mixteca, la Sierra Norte y la zona de Izúcar de Matamoros- compartían las mismas condiciones estructurales que dieron origen al zapatismo en Morelos: concentración de tierras, abusos patronales y una población indígena y campesina marginada. El Plan de Ayala encontró en esas regiones un eco natural, no solo ideológico, sino social.

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El Plan de Ayala y la deuda histórica con Puebla

Contrario a la idea reduccionista de un zapatismo confinado al estado de Morelos, lo cierto es que Puebla tuvo una participación activa, tanto en el levantamiento como en la reproducción del programa agrario, curiosamente en la Sierra Norte y Nororiental afloró el constitucionalismo. De acuerdo a documentación inédita conservada en la Sociedad de Defensores de la República Mexicana y sus Descendientes A.C., el propio general Emiliano Zapata operó en territorio poblano en distintos momentos, y figuras locales se incorporaron a sus filas por identificación con las demandas de restitución de tierras y defensa comunitaria. La región de Atlixco, por ejemplo, fue un punto de encuentro crucial: era un corredor agrícola y militar estratégico, donde el zapatismo encontró simpatías entre campesinos inconformes con la autoridad estatal.

En este sentido, Puebla no solo fue escenario, sino también parte del laboratorio social que hizo posible el discurso del Plan de Ayala. Las comunidades poblanas entendieron tempranamente que la lucha no se trataba solo de cambiar gobiernos, sino de desmontar las estructuras que habían permitido la concentración de tierras. El documento zapatista proponía exactamente eso: expropiar haciendas y devolver las tierras a los campesinos, reconociendo el derecho agrario como eje de justicia social.

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Puebla, clave en el desarrollo

No obstante, la historiografía tradicional ha tendido a minimizar la dimensión poblana de este proceso, quizá porque la narrativa oficial de la Revolución privilegió a los jefes y batallas que podían insertarse dentro de un relato nacional unificado. Puebla quedó atrapada entre categorías simplistas: no era el corazón zapatista, ni el bastión constitucionalista, ni el centro estratégico villista. Pero esta aparente ausencia, no un reflejo de la compleja realidad revolucionaria de la entidad.

El análisis de la participación poblana en torno al Plan de Ayala permite pensar algo más profundo: Puebla fue frontera y puente, espacio de circulación de ideas, recursos y combatientes. También fue un claro ejemplo de cómo las luchas campesinas regionales convergieron en un programa común de transformación. El agrarismo no fue solo zapatista: fue poblano, guerrerense, tlaxcalteca, oaxaqueño. Fue un fenómeno amplio, con raíces diversas.

Hoy, más de un siglo después, el Plan de Ayala sigue siendo vigente, no solo como símbolo romántico, sino como recordatorio de que el acceso a la tierra, la defensa comunitaria y la justicia agraria siguen siendo temas abiertos. En Puebla, donde persisten conflictos por bienes comunales, disputas por agua y tensiones con megaproyectos mineros, la herencia de aquel documento revolucionario adquiere un sentido urgente. Quizás, un primer gran paso hoy en día, para resarcir esta deuda histórica, sería la materialización de los Planes para el Bienestar Integral de los Pueblos Mazateco y Nahua de la Sierra Negra, y continuar con los de la también histórica Sierra Norte y Nororiental, pues como el Plan de Ayala, emanaron de las propias comunidades.

El Proyecto Ayala

Reconocer el papel de Puebla en el Proyecto de Ayala no es solo un acto de justicia histórica; es una invitación a releer nuestra realidad agraria desde la perspectiva de quienes siempre han estado en el centro de la lucha: las comunidades rurales e indígenas. Esa es, quizá, la lección más profunda del documento de 1911: las revoluciones verdaderas empiezan desde abajo, y Puebla fue, y sigue siendo, uno de esos territorios donde la historia se escribe en la tierra, con memoria y resistencia.

Luis Eduardo Torres Molina, liberal poblano con raíces serranas, es Licenciado en Relaciones Internacionales y Maestro en Administración de Empresas por la UDLAP. Preside la Sociedad de Defensores de la República Mexicana y sus Descendientes A.C., organización de carácter cultural. Es autor de obras como Breviario de Abadón (2013), La Transformación de la Sierra Poblana, a través de los ojos de un maestro liberal (2024), Breve Historia de la Masonería en el Estado de Puebla, siglo XIX (2025), entre otras. Además de coproductor del laureado documental Voces de la Sierra: Memorias del 5 de Mayo. Cuenta con más de 15 años de experiencia en la gestión y divulgación cultural, siendo por ello, reconocido en agosto de 2023 por el Senado de la República y en septiembre de 2025 por el Gobierno del Estado de Puebla.

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