La celebración para honrar a “Todos los Santos” y a los “Fieles Difuntos”, tiene un fuerte componente cristiano-europeo, como lo ha evidenciado la investigadora Elsa Malvido, pero es innegable que a lo largo del territorio nacional, las formas en que se celebra son increíblemente variadas y sincréticas, resultando en la declaratoria como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO y aún más, se siguen reinventando, ahora incluso hay un día para recordar a nuestros animales queridos, después de todo, como dice la misma Malvido “lo que no podemos negar los mexicanos es que la muerte sigue siendo cercana, familiar y doméstica”.

En Puebla, el Día de Muertos no es una fecha, sino un eco que atraviesa los siglos. Desde la Sierra Norte hasta la Mixteca, los pueblos y familias se preparan no solo para recordar, sino para recibir. El 1 y 2 de noviembre son días en que de acuerdo a la tradición, la frontera entre los vivos y los muertos se vuelve tenue, y el olor del copal, las velas encendidas, los aromas de la fruta, el mole, dulces y pan, tejen un puente invisible que une ambos mundos.

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En Huaquechula, por ejemplo, las ofrendas monumentales se elevan como pirámides de memoria: niveles donde se dispone la comida favorita del difunto, su retrato y los símbolos de la pasión y la esperanza. En Tochimilco, los arcos de cempoalxóchitl (no cempasúchil) marcan la entrada al hogar de los espíritus, mientras en Tepetitla-La Resurrección, Cholula, Tetela de Ocampo y muchos sitios, los panteones se convierten en plazas de encuentro: flores y veladoras, incluso música, acompañan el diálogo silencioso con quienes partieron.

Día de Muertos, un espejo entre el pasado y la eternidad

En la Sierra Nororiental, comunidades nahuas y totonacas conservan la esencia prehispánica de esta celebración, el “Xantolo”, como le llaman en algunos pueblos de la Huasteca, mantiene la convicción de que los muertos no se van del todo, sino que regresan a mirar si los vivos aún recuerdan su nombre. En Cuetzalan, el aire huele a flor, a maíz y a montaña; las casas se abren al paso de las almas que llegan con la neblina, mientras los vivos colocan sus mejores manteles, tamales y licores como el Yolixpa.

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El Día de Muertos en Puebla no es uniforme: cada región tiene su matiz, su lengua, su forma de mirar la muerte. Pero en todas late una idea común: que la memoria es una forma de vida. No hay olvido posible cuando el altar se enciende. Cada vela encendida es un acto de resistencia frente al tiempo, una afirmación de que el amor no muere, solo cambia de forma.

En tiempos de modernidad acelerada, donde todo parece efímero, el Día de Muertos nos devuelve el sentido de pertenencia y nos recuerda aquel punto de igualdad entre todos, resumido en la frase: memento mori. Nos recuerda que somos parte de una historia más grande que nosotros mismos, una que comenzó con nuestros ancestros y seguirá mientras alguien pronuncie nuestro nombre ante una ofrenda.

No es fin ni tragedia

Puebla, con su diversidad cultural, patentiza que la muerte no es fin ni tragedia, sino tránsito. Celebrarla es reconocer la continuidad de la vida, aceptar la finitud del cuerpo y la trascendencia del espíritu. En cada flor, en el copal, en cada pan recién horneado, hay un gesto de ternura hacia quienes ya no están, pero siguen habitando nuestras casas, nuestros sueños y nuestra identidad, aquellos que laten en la eternidad.

Luis Eduardo Torres Molina, liberal poblano con raíces serranas, es Licenciado en Relaciones Internacionales y Maestro en Administración de Empresas por la UDLAP. Preside la Sociedad de Defensores de la República Mexicana y sus Descendientes A.C., organización de carácter cultural. Es autor de obras como Breviario de Abadón (2013), La Transformación de la Sierra Poblana, a través de los ojos de un maestro liberal (2024), Breve Historia de la Masonería en el Estado de Puebla, siglo XIX (2025), entre otras. Además de coproductor del laureado documental Voces de la Sierra: Memorias del 5 de Mayo. Cuenta con más de 15 años de experiencia en la gestión y divulgación cultural, siendo por ello, reconocido en agosto de 2023 por el Senado de la República y en septiembre de 2025 por el Gobierno del Estado de Puebla.

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