El 18 de octubre de 1519, la milenaria ciudad sagrada de Cholula se tiñó de sangre. Aquella mañana, Hernán Cortés y sus hombres, recién llegados del altiplano y aliados con guerreros tlaxcaltecas, reunieron a los principales señores y sacerdotes cholultecas en el patio de una de las grandes casas-templos. Lo que siguió fue una matanza planificada: se cerraron las salidas, se tocó a degüello, y el fuego consumió templos, casas y cuerpos, el Códice Florentino señala “Simplemente fueron masacrados a traición, simplemente fueron aniquilados con engaños”. En apenas unas horas, entre cuatro y seis mil personas fueron asesinadas.

La versión que los cronistas españoles dejaron —desde Bernal Díaz del Castillo hasta el propio Cortés en sus Cartas de Relación— intenta justificar el acto alegando una supuesta emboscada indígena. Pero la historia, vista con la perspectiva de quinientos años, muestra algo más profundo: la matanza de Cholula fue una estrategia de terror, una demostración calculada de poder. Cortés comprendió que la conquista de un imperio no requería solo armas, sino miedo. Y ese miedo empezó en Cholula, la ciudad que al día de hoy lleva más de treinta siglos de ocupación humana continua, descendientes de los toltecas, fue el sitio de iniciación de sacerdotes y dignatarios.

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Cholula, eco sangriento de la conquista

Recordar ese día no es un gesto contra España ni una condena simple al pasado. Es un ejercicio de conciencia sobre los orígenes de nuestra identidad. En Cholula no solo se derramó sangre: se quebró un orden simbólico, un modo de entender el mundo. La ciudad era, hasta entonces, el corazón espiritual de Mesoamérica, un punto de encuentro donde los pueblos rendían culto a Quetzalcóatl, símbolo de sabiduría y renovación. Destruirla fue, en cierto modo, matar también la esperanza de diálogo entre dos civilizaciones.

Cinco siglos después, Cholula sigue siendo un espejo. Su gran pirámide —la más ancha del mundo, hoy coronada por una iglesia colonial— condensa nuestra paradoja: sobre lo indígena se alzó lo cristiano, sobre el fuego, la cruz; sobre la memoria, el mito de una nueva nación. Y sin embargo, debajo de esa superposición, late una verdad más honda: México no nació del encuentro, sino del trauma.

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Recordar la matanza de Cholula es un acto político, no arqueológico. Nos obliga a mirar las continuidades del despojo: los pueblos indígenas marginados, las lenguas extinguidas, los territorios explotados. Es aceptar que la violencia fundacional del siglo XVI todavía respira en las desigualdades del siglo XXI.

Pero también recordar es resistir. En cada ofrenda, en cada palabra en náhuatl que sobrevive, en cada ceremonia que los pueblos mantienen viva, hay una respuesta silenciosa a aquella matanza: seguimos aquí. Es de reconocer que la agrupación Calpulli Huitzilihuitl mantenga viva la memoria de este hecho.

Recordar es resistir

Cholula, entonces, no solo fue el escenario del horror, sino el punto donde empezó nuestra larga búsqueda de reconciliación y resiliencia; que mejor forma de reconciliar sería que esta ciudad viva, que es la más antigua de América, fuese reconocida formalmente por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Recordar este hecho, no es abrir una herida, sino impedir que el olvido la cierre en falso. Porque un país que no enfrenta sus sombras está condenado a repetirlas.

Luis Eduardo Torres Molina, liberal poblano con raíces serranas, Licenciado en Relaciones Internacionales y Maestro en Administración de Empresas por la UDLAP. Preside la Sociedad de Defensores de la República Mexicana y sus Descendientes A.C., organización de carácter cultural. Es autor de obras como Breviario de Abadón (2013), La Transformación de la Sierra Poblana, a través de los ojos de un maestro liberal (2024), Breve Historia de la Masonería en el Estado de Puebla, siglo XIX (2025), entre otras. Además de coproductor del laureado documental Voces de la Sierra: Memorias del 5 de Mayo. Cuenta con más de 15 años de experiencia en la gestión y divulgación cultural, siendo por ello, reconocido en agosto de 2023 por el Senado de la República y en septiembre de 2025 por el Gobierno del Estado de Puebla.

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