La oportunidad que tendremos el próximo 1 de junio para elegir a los jueces, ministros y magistrados es un hecho histórico para el ejercicio de la democracia que, como cualquier cambio, tiene sus detractores.

Muchos y, especialmente muchas, podríamos imaginar que la primera votación de las mujeres, hace siete décadas, estuvo repleto de jóvenes, madres, abuelas, maestras, obreras, escritoras, estudiantes, etc. Pero, la verdad, es que fueron pocas las que salieron ese día a emitir por primera vez el sufragio femenino.

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Incluso, había mujeres opositoras al ejercicio del voto por parte de su mismo género. La buena noticia es que cada vez fueron menos quienes se opusieron, hasta el punto de que hoy nos parecería algo, por lo menos, absurdo oponerse a este derecho.

La inmensa mayoría de las mexicanas ya nacimos con el derecho a votar y hasta nos es difícil imaginarnos sin esa posibilidad. Del mismo modo, llegará un día en que recordaremos el 1 de junio de 2025 como un momento histórico en que nuestro papel fue fundamental para lograr que, por fin, los tres poderes de la unión fueran democráticos.

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Voto el 1 de junio: derecho y obligación histórica

Con este ejemplo, quiero recordar que el proceso de democratización del poder judicial es eso: un proceso. Como cualquier otro proceso histórico, tendrá sus altas y bajas, pero, al final, el objetivo estará cada vez más cerca: que los juzgadores respondan verdaderamente al interés común del pueblo de México.

En ese sentido, está bien dudar y de pronto frustrarse por las fallas del actual proceso de elección judicial; sin embargo, hay que recordar siempre el compromiso civil que existe con la democracia.

Por ello, cada voto que se ejerza el próximo domingo podrán ser los cimientos de un nuevo poder judicial que reconstruiremos en conjunto. La invitación está hecha, queda en cada uno asistir a la fiesta.