Dos hechos nos recordaron la vulnerabilidad en la que se encuentra la niñez en Puebla, donde, por un lado, nos parece inexplicable que un menor se encuentre vinculado a un feminicidio y, por otro, las autoridades de justicia omitan velar por el interés superior de la niñez al mantener a dos niños bajo la custodia de quien existen pruebas de cometer violencia.
Ambos casos son dos caras de la misma moneda: la indiferencia por la niñez en el sistema de justicia.
En el caso de September Vélez y Armando S., destaca que, pese a las pruebas sobre la violencia que existe en el entorno familiar, se haya vulnerado el interés superior de la niñez.
Más allá de las acusaciones que existen entre los padres, este proceso judicial revela el grado de violencia al que son expuestos y la revictimización a la que se someten los hijos pasan por este conflicto.
La Ley Monzón puso de relieve que los hijos también son victimas en los casos de violencia feminicida, aunque no haya intención de agredirlos directamente. Pero, con mayor razón lo son, cuando una de las partes de los cosifica como vehículo para dañar a la otra parte; como es el caso de la violencia vicaria.
Por ello, resulta preocupante que, quienes deberían encargarse de velar por sus derechos, los revictimicen al favorecer a los agresores y, peor aún, los dejen en una situación de mayor vulnerabilidad.
La vulnerabilidad de la niñez en Puebla
Para la niñez en Puebla es ya difícil enfrentarse a un entorno social conflictivo, el cual todos estamos luchando por mejorar. No necesitan que, además, quien debe velar por ellos los revictimice y reproduzca más violencias en su contra.
Es en estos dos sectores, sociedad-autoridades, está la respuesta a casos que nos parecerían sacados de la ficción como lo que sucedió en Lomas de Angelópolis con el menor de 12 años.
En este caso, más allá de los hechos que las autoridades deben aclarar y, en su caso, emitir una sentencia, para muchos es inexplicable que un adolescente de 12 años puede llegar a verse involucrado en un caso de este tipo.
La reacción inicial es buscar culpables, y, la salida fácil suelen ser los padres, las redes sociales, el grupo de amigos, la influencia social o, incluso, un trastorno mental. Sin embargo, olvidamos hacernos responsables de la parte que nos toca en cuanto a dotarles de un mejor entorno social.





