La violencia observada a nivel nacional y estatal en los últimos días, si bien puede ser una respuesta a la estrategia de seguridad frontal, es también un recordatorio de los pendientes que desde hace décadas se arrastran en los rincones más olvidados del país.

Entre estas deudas existen, por un lado, la ausencia de la gobernabilidad en espacios, sectores y lugares específicos de la sociedad mexicana. Por otro lado, la falta de estrategias sociales y culturales que trabajen a ras del territorio para resolver, y no solo contener, los problemas estructurales.

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Escenarios como el de Uruapan, en Michoacán, o como Eloxochitlán y Huixcolotla, en Puebla, son desconocidos para la amplia mayoría de los mexicanos que somos ajenos a la vida rural moderna. En ella se conjuga el arraigo a las costumbres y tradiciones con el deseo de vivir conforme a los modelos que busca imponer la narcoindustria cultural.

Pero también, y más preocupante, son espacios que acumulan años de injusticias, cacicazgos, precarización y abandono institucional. Cuestiones que los vuelven vulnerables al arribo y/o surgimiento de grupos de la delincuencia organizada y que, por lo mismo, son los espacios donde más urge que el Estado se haga presente.

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En medio de la violencia, ¿la cultura aún es faro?

Vale la pena recordar municipios como Pantelhó, Chiapas, en un año, pasó de estar sitiado por el enfrentamiento entre autodefensas y crimen organizado, donde ninguna autoridad estatal ni federal podía si quiera ingresar, a celebrar nuevas elecciones para elegir a sus autoridades con saldo blanco.

Sin embargo, no solo fue la intervención de militares y policías federales los que permitieron la gobernabilidad en la zona. Antes de su ingreso, para recuperar la confianza de la población y a disminuir el miedo, arribó un grupo interdisciplinario de las Secretaria de Gobernación federal que, bajo el velo de los apoyos, llevaron esperanza.

De ese modo, se hizo presente el Estado no solo para enfrentar a los grupos de la delincuencia organizada, sino también para iniciar con la reconstrucción del tejido social. Algo que, es importante mencionar, no se solucionará de la noche a la mañana y requiere, además, reparar las injusticias acumuladas.

La situación actual amerita ir más allá. La apuesta ya no solo debe ser hacerle frente a la violencia y devolver la gobernabilidad. Por ello, el arte y la cultura pueden adquirir un valor estratégico más allá del lugar común, y no solo mantenerse como complemento turístico o de entretenimiento.

La cultura es y debe reforzarse como un faro que permita ingresar a esos espacios vulnerables y, principalmente, en los ya cooptados por la violencia. Pero también debe ser un ancla que mantenga al Estado en vinculación con sus ciudadanos pues la reconstrucción del tejido social será el reto a largo plazo.

En Puebla tenemos desafíos, pero también posibilidades como programas que apuestan por la cultura de paz, pero también la obra comunitaria que, en conjunto y bien trabajada podría ser ese faro y ancla que se necesita.