Desde Voz Ciudadana por los Derechos Humanos, compartimos este formidable artículo de opinión, de suprema valía, de la joven Lesli Dali Blasco Gaona, egresada de la Licenciatura en Ciencias Políticas, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), campus Complejo Regional Sur donde expone su visión en referencia a la celebración del Día Internacional de la Mujer Indígena:

“El Día Internacional de la Mujer Indígena busca el reconocimiento a la lucha, la resistencia y los derechos de las mujeres de los pueblos originarios y se conmemora cada 5 de septiembre consecuencia del Segundo Encuentro de Organizaciones y Movimientos de América, realizado en Tiahuanaco, Bolivia, en memoria de Bartolina Sisa, mujer aymara que fue ejecutada en 1782 en La Paz, Bolivia, tras encabezar junto con Túpac Katari una de las rebeliones más significativas contra el dominio colonial español.

Estadios seguros

“En el Día Internacional de la Mujer Indígena, la mirada suele posarse en la fuerza y la sabiduría de las abuelas, guardianas de la cultura, dejando fuera a los diversos sectores que son también parte de las mujeres indígenas. Por lo mismo, hoy queremos voltear las miradas a las mujeres indígenas jóvenes, quienes navegan un mundo lleno de contradicciones brutales, donde la herencia milenaria choca diariamente con una realidad que les niega sistemáticamente oportunidades. Su lucha no es sólo por preservar su identidad; es una cruzada cuesta arriba por el reconocimiento de la dignidad de sus derechos básicos que se dan por sentado.

Mujeres indígenas jóvenes invisibilizadas

“Para la América de los pueblos originarios y comunidades indígenas pensar en la educación, duele, pues la educación en América Latina desde la invasión extrajera, alecciona a la población a señalar que lo indígena es malo y lo occidental es bueno; también ha sido una herramienta de Desprestigiar el pasado, Obstaculizar el conocimiento ancestral a las nuevas generaciones, Entorpecer el crecimiento y desarrollo de las comunidades indígenas, buscando romper con la cultura ancestral de nuestros pueblos originarios.

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“Mientras que la mayoría de las mujeres occidentales, la universidad representa hoy un sueño siendo el paso lógico a los 18 años, para las mujeres jóvenes indígenas es tan lejana esta opción que en la mayoría de los casos ni siquiera lo sueñan y en muchas ocasiones es hasta una ordenanza de prohibición.

“Las cifras son crudas: en América Latina, según lo señalado en la nota periodística de fecha 25 de agosto de 2024 del portal de noticias “Municipios Puebla”, en el marco del “Foro académico: Perspectivas Interdisciplinarias sobre trayectorias de Jóvenes Indígenas en y más allá de la educación superior” la directora del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE), Gabriela de la Cruz Flores recordó que la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica 2023, realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), reportó porcentajes reveladores sobre el acceso a educación superior para población indígena pues sólo el 5.1% de las mujeres indígenas logran pisar un aula universitaria.

Ser mujer, joven e indígena significa esforzarse el triple

“La pobreza, la distancia y un sistema educativo que no las ve y las deja fuera desde el principio. Para algunas, el camino se trunca aún antes. En varias comunidades, la sombra del matrimonio infantil forzado persiste, arrebatándoles la adolescencia y condenándolas a una vida de dependencia y maternidad precoz, cerrando para siempre el libro de sus estudios y sus sueños personales.

“Por esto mismo cuando logran ingresar al mundo laboral, el panorama no es más alentador; es la materialización de la desigualdad. La gran mayoría, según la OIT, son empujadas a la economía informal. Esto significa que su vida transcurre sin la red de seguridad que debería ser un derecho universal: no tienen un contrato estable, ni seguro social, ni pensión para su vejez. Son las vendedoras en los mercados, las trabajadoras del hogar por un salario mísero, las agricultoras de subsistencia. Su realidad es la precariedad absoluta. Y si se ahonda en el bolsillo, la herida es más profunda: la brecha salarial las castiga con saña, llegando a ganar hasta un 60% menos que un hombre no indígena por el mismo trabajo. Ser mujer, joven e indígena es sinónimo de recibir el pago más bajo por un esfuerzo que suele ser el triple.

“Detrás de estos porcentajes fríos hay rostros, historias de una resiliencia inquebrantable. Es la joven que vende artesanías en una esquina, es la madre adolescente que lucha por alimentar a sus hijos, es la estudiante que soporta el racismo en silencio para ser la primera profesional de su familia. Su dignidad es admirable.

Su dignidad es admirable.

“Hoy, al conmemorar su día, surge una profunda admiración, pero también una rabia que clama por acción. El rol de la sociedad como aliada va más allá de la reflexión; es exigir políticas que erradiquen el matrimonio infantil, que amplíen el acceso a la educación con becas reales y que promuevan la formalización laboral con pleno respeto a su identidad cultural.

“La verdadera riqueza de un país se mide por cómo trata a sus hijas más vulnerables, y las cifras indican que existe una deuda histórica con ellas. Es hora de escuchar sus voces, amplificarlas y trabajar para que el futuro que construyan sea, por fin, uno de justicia y equidad.”

Hasta aquí el artículo de la joven autora; como aportación agregaría que uno de los mayores daños o afectaciones que tienen las mujeres indígenas en edad de reproducción es la violencia obstétrica, existe un estudio cualitativo titulado: “Una mirada desde la interseccionalidad a la violencia obstétrica en mujeres indígenas son una de las principales víctimas de la violencia obstétrica” publicado por Scielo, divulgación que busca analizar las experiencias y condiciones que potenciaron la vulneración en un grupo de mujeres nahuas frente a la violencia obstétrica. Se entrevistaron a diez mujeres, quienes vivieron la experiencia de un parto en los últimos tres años. Las entrevistas se transcribieron y analizaron mediante la propuesta de Strauss y Corbin, que a continuación expongo:

Un problema grave para las mujeres indígenas jóvenes

“Las mujeres enfrentaron una mayor vulnerabilidad no solo por su condición de género, sino también por los altos niveles de pobreza y marginación, no entienden bien el español y tienen una cosmovisión que les hacen vivir de forma más dolorosa la desapropiación de sus cuerpos, dentro de instituciones machistas, patriarcales y carentes de interculturalidad y que no toman en cuenta las prácticas culturales de los partos en las diversas comunidades indígenas.

“Por ejemplo, el parto dentro de las comunidades nahuas conlleva una serie de prácticas culturales que hace más ameno el proceso cuando se comienza con los dolores de parto, la mayoría de las veces quienes atienden los partos son las parteras, mamás y suegras. Según la cosmovisión nahua, la placenta tiene que enterrarse cerca, para que el recién nacido no tenga que irse lejos de casa, o en caso de que sean niñas, que al casarse no tengan que irse muy lejos de sus padres. Si algún perro desentierra la placenta, se dice que cuando el niño crezca se llevará a sus papás lejos de casa, ya sea por trabajo o por problemas dentro de su comunidad. Al momento de llevar la placenta a enterrar, la persona responsable no tiene que voltear ni a los lados ni atrás para evitar que el niño presente algún problema de visión.”

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7. 

Abogado, defensor de derechos humanos. Fue subsecretario de Derechos Humanos y primer encargado de la Comisión de Búsqueda en Puebla. También fue director para América Latina de la Organización Mundial...