Liz Machuka Liz Machuka.

Estadios seguros

Estudiante de 2do semestre de la Maestría en Comunicación y Cambio Social

Vivimos en un sistema que define quiénes importan y quiénes no, así como qué prácticas son valiosas y cuáles deben ser criminalizadas o simplemente relegadas al ámbito privado, natural, aburrido y sin sentido. La lógica capitalista y colonial ha construido una estructura donde aquellos que no “producen” o no son productivos bajo sus términos —las juventudes, las personas migrantes, las personas en situación de calle, las artesanas, las infancias, las mujeres— son relegadas a los márgenes, incluyendo la vida cotidiana de estas y por lo tanto, pretende dejar en el ámbito privado, provocando invisibilización o, peor aún, se les convierte en amenaza, en un enemigo del orden que hay que contener.

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Bajo el capitalismo y la colinealidad, una persona no tiene derecho o justificación al ocio, porque no está produciendo, se vuelve una persona “no útil” a su estructura. En nuestro contexto podríamos repensarlo desde la construcción de la “otredad” que el capitalismo desecha, pero al mismo tiempo necesita como mano de obra barata, como sujeto explotable, como cuerpo dominado.

Si la ideología dominante nos ha hecho creer que lo que no produce no importa , lo mismo sucede con la vida cotidiana. Lo repetitivo, lo “ordinario”, lo que se queda en el ámbito de lo doméstico, lo que no genera riqueza material para el capital, se relega a lo irrelevante. Pero Lefebvre y Lalive (Lalive D’epinay, 2008) nos alertan: la vida cotidiana no es solo el telón de fondo de la historia, sino el lugar donde se juega lo político, donde se estructuran las relaciones sociales, incluyendo las de poder y donde pueden emerger los cambios sociales. Desde esta perspectiva, no solo el otro es desplazado del imaginario de transformación, sino también los espacios y tiempos que se consideran “femeninos” o “reproductivos“, aquellos que sostienen la existencia pero no generan ganancia inmediata.

Ente la migración, el miedo y la posibilidad del cambio

Un ejemplo de cómo la vida cotidiana está atravesada por estas relaciones de poder fue una conversación reciente una persona (Anónimo1), quien vive en Estados Unidos en una situación migratoria irregular (o mejor dicho, sin un estatus reconocido por el sistema legal estadounidense, aunque su existencia y derechos no deben depender de un papel). En medio de la rutina de mis viajes de fines de semana entre Ciudad de México y Puebla, recibí su llamada en un momento que se convirtió en un acontecimiento en el sentido que explica Lalive: algo que irrumpió en mi tránsito, en mi rutina de “los sagrados alimentos” en el autobús, y que, al mismo tiempo reveló un algo distinto en la aparente normalidad de mi vida cotidiana.

Esta persona me habló con miedo. Las políticas migratorias y los discursos de odio de la administración estadounidense han llenado su día a día de amenaza, incertidumbre y terror. Lo que antes era una acción cotidiana como salir a trabajar, ir al supermercado, comprar frutas o productos básicos en tiendas de bajo costo, ahora se convierte en una posibilidad de arresto, dolor al poderse ver separado de su familia.

Comentábamos las experiencias que sonaron por su barrio donde había redadas a cualquier hora por parte del ICE. Un familiar suyo, —un adolescente de 15 años nacido en Estados Unidos, de padre y madre mexicanos en estatus migratorio irregular, quien también forma parte del riesgo inherente de que les quiten la nacionalidad por nacimiento y por consiguiente el derecho a habitar ese espacio—, quiso ir de compras de estos productos básicos a una de esas tiendas “accesibles”, entendiendo que, para su familiar, salir podía representar un riesgo.

Me pareció relevante este momento para comentar que justamente esa tienda de costos accesibles era una de las financiadoras de las políticas anti migratorias de Trump, lo cual, pone la situación más compleja. Anónimo comentaba que era cierto, que esa tienda y otras más a las que también consumían de vez en vez, estaban yendo contra aquellas personas que también les compraban: los migrantes, y se cuestionaba por qué actúar así, por qué tanto odio. En esta conversación me di cuenta de la profundidad de la violencia estructural: en primer lugar, la rutina se transforma en un campo de batalla, donde simplemente caminar por las calles y hacia una tienda puede significar ser detenido o deportado por una fuerza policial que ve en ciertos cuerpos una amenaza.

Y aquí está la paradoja: la vida cotidiana, aparentemente neutra, no es un espacio libre de violencia, sino el terreno donde operan los mecanismos de control, de poder y de colonización, pero, al mismo tiempo, es donde pueden gestarse las resistencias. ¿Qué pasa cuando cuestionamos estas dinámicas desde adentro? Cuando nos damos cuenta de que, aunque parezca imposible salir de esta estructura, lo primero es reconocerla y confrontarla.

La conversación con Anónimo me llevó a pensar en cómo la precarización, la criminalización y el racismo estructural no solo afectan la movilidad y los derechos de las personas migrantes, sino también su propia percepción de lo posible. Si el acontecimiento es vivido y sentido también en la calidad de vida de las personas, en el caso de Anónimo, su calidad de vida no está basada en el derecho a una vida mejor ni el acceso a bienes o servicios, sino por el miedo a perderlo todo en un segundo.

En ese sentido, la vida cotidiana no es menor y tampoco es solo repetición . Es el lugar donde las estructuras de poder se sostienen y donde, en su fractura, pueden surgir otras posibilidades. No es casualidad que las clases dominantes y el capitalismo nos hagan creer que lo doméstico, lo natural, lo artesanal, lo “no productivo” no pueda ser histórico ni generar grandes cambios. Porque si quienes sostienen el mundo desde lo invisible —las trabajadoras del hogar, las comunidades campesinas, las personas migrantes, las juventudes precarizadas— se unifican, el sistema tiembla, y de eso se dimos cuenta en aquella conservación.

Algo que no me esperaba, es que Anónimo se uniera al paro de 1 día sin migrantes, donde decidieron no consumir, no ir al trabajo, no ir a la escuela, ni salir a habitar los espacios donde se les recriminaba. El adolescente y sus hermanos también visualizan estas lógicas dominantes y represivas, dialogando con sus compañeras y compañeros de no olvidar que sus familias son migrantes y que su esfuerzo los ha llevado a estar habitando desde estas otras posibilidades, con miras a futuros distintos, y de resistir.

Si el capitalismo ha construido su dominación sobre el control de la vida cotidiana, entonces la transformación social no puede suceder solo en la gran política o en los discursos revolucionarios, sino también de la manera en que percibimos y habitamos lo cotidiano. Es ahí donde cuestionamos, resistimos y creamos nuevas formas de existencia, aunque a veces solo parezca un pequeño gesto: negarnos a consumir en una tienda que financia la ultraderecha, organizarnos con nuestra comunidad, sostener la memoria de las personas que han sido desplazadas o criminalizadas.

Porque la historia no se escribe desde quienes están en el poder, sino de aquellas personas y sus relaciones, que, desde la cotidianidad, desafían la normalidad impuesta.

1 Anónimo es usado para proteger la identidad de la persona migrante y no ponerla en riesgo.

Bibliografía

Lalive D’epinay, C. (2008). La vida cotidiana: Construcción de un concepto sociológico y antropológico. Sociedad Hoy, Ed. 14, 9-31.

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.