El sábado pasado falleció César Musalem Jop, gran amigo, hombre de valores, que se distinguió por su bonhomía, su cultura, y por su lealtad a su partido (PRI), al que denominaba su “instituto político”.   Sin temor a exagerar, creo que fue el último militante del tricolor que se aferró al ideario de éste –nunca cesó de defenderlo y enaltecerlo.  Aunque veía con dolor cómo cientos de sus correligionarios renegaban de su militancia para incorporarse a otras organizaciones (sobre todo a  Morena),  nunca le pasó por su mente incurrir en la misma conducta.

Don César manifestaba mucha simpatía hacia López Obrador y en general hacia la 4T. Esto no era de extrañar, tomando en cuenta que se trataba de un hombre de ideas liberales y progresistas.  En ese sentido, no vio con malos ojos los impresionantes triunfos logrados por Morena en los últimos años. 

Hace unos meses lo visité en su casa de Atlixco, y le comenté:  “don César, ¿no tiene usted la impresión de que su partido anda mal?”  A lo que respondió :  —“Humberto, a mi instituto político ya se lo cargó (le pido disculpas al lector por transcribir literalmente lo que me dijo) la chingada”. 

Entonces –le pregunté– ¿por qué usted ha decidido permanecer fiel a su instituto? “Porque la lealtad, Humberto, es tal vez uno de los principios más sagrados –si es que no el más sagrado—de la vida”.

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Platicamos muchas cosas más, pero las palabras anteriores son las que más tengo presentes. Recuerdo, también, que se mostraba muy contento al saber que su amigo Alejandro Armenta Mier había resultado triunfador en los comicios de junio de 2024.

Nos acompañaba su esposa, doña María Auxiliadora,  quien  en  todo momento estuvo a su lado en todo el tiempo que estuvo postrado por la enfermedad que lo acosó en los últimos años. Desconozco la causa de su fallecimiento, pero César me comentó que lo atormentaba la artritis.  Sin ningún asomo de martirologio, me dijo : “me siento tan mal de mis huesos, Humberto, que me gustaría morir”.

Sin embargo, pese a todo — me comentó doña María—, César continuaba teniendo muy buen apetito. Seguía devorando sus platillos favoritos, mole, pipián, chalupas, mixiotes.  Por ello pensé que tal vez viviría varios años más.

       Conocí a don César a finales de la década de los ochenta, cuando colaboré en el periódico Cambio, en la época en que el director de éste era Gabriel Sánchez Andraca. Ambos eran grandes amigos, y era un verdadero espectáculo oírlos platicar.  Narraban cientos de anécdotas relacionadas con el mundo de la política en Puebla. Con cierta frecuencia se reunían en Los Sapos (en un bar/ restaurante llamado La Bella Helena) con otros compañeros y colegas, entre ellos Mauro González, Felipe Flores Núñez, Alfonso Yáñez Delgado, Ramón Beltrán y otros, entablando conversaciones realmente ingeniosas.

Cuando conocí a Don César ocupaba el cargo de Director de Gobernación, en el sexenio de Mariano Piña Olaya. Duró poco tiempo en el cargo porque –como me comentó Sánchez Andraca—era muy difícil que un hombre de mentalidad tan progresista  formase parte de un gobierno al que  no le distinguía precisamente su corte liberal.  En los hechos, las riendas de la administración pública estatal eran conducidas por don Alberto Jiménez Morales, alias “el Padrino”, hombre al que caracterizaba su estilo autoritario. Llegó un momento determinado en que éste consideró que Musalem Jop era un estorbo para sus planes, por lo cual convenció a Piña Olaya de que le quitase del cargo que ocupaba. El gobernador le hizo caso, empero, evitando en todo momento alejarlo de su estima. Según tengo entendido, lo nombró asesor especial en cuestiones de ciencia y tecnología, cargo fantasmal pero que le permitió a César contar con cierto apoyo económico, concentrándose de ahí adelante en el Despacho Jurídico que tenía en el Edificio Alles.

Decían los amigos más cercanos de César que éste, una vez que dejó el cargo de  director de Gobernación, se dirigió al entonces delegado del PRI en Puebla, un tipo simpatiquísimo de apellido Saldaña (creo que su  nombre era Mario), preguntándole qué opinaba de su relación con el gobernador Piña Olaya. ¿Te consulta de vez en cuando, César?, le preguntó aquél. No, don Mario. ¿Te habla por teléfono de vez en cuando para saber cómo estás? No, don Mario.  ¿Te solicita alguna tarjeta para saber tu opinión  sobre  tal o cual problema que se presenta en el estado? No, don Mario. Bien, mi querido César –le dijo don Mario, al tiempo que le apapachaba—hay que cuidar bien ese despacho.

Fue así como el delegado del tricolor en la entidad le dio a entender a nuestro amigo que su futuro político no auguraba grandes esperanzas.

Esta anécdota la contaba Sánchez Andraca, al tiempo que prorrumpía  una sonora carcajada.

   Sin embargo, no permaneció toda la vida alejado de la administración pública. Durante el sexenio de Mario Marín Torres, éste lo designó como director del Centro de Estudios Municipales,  cargo que por cierto desempeñó de manera muy exitosa, coadyuvando a la formación política  y administrativa de decenas de alcaldes poblanos.  Su  labor al respecto trascendió las fronteras del estado de Puebla, llegando a oídos de varios mandatarios de Centroamérica, algunos de los cuales le invitaron a sus países para que les trasmitiese sus experiencias en el ámbito de los municipios. Así fue como acudió al llamado de las autoridades de Costa Rica y, si la memoria no me falla, creo que también de Honduras y El Salvador.

Nuestro amigo  experimentó una gran pasión por el periodismo, cultivando en particular el análisis político. Durante varios escribió en Cambio la columna intitulada “Desde las Galias”, cuyo título tenía que ver, sin duda, con la profunda admiración que sentía hacia su tocayo Julio César.

     Aunque en determinados periodos se alejó de su despacho jurídico, no olvidó jamás el consejo dado por don Mario Saldaña, por lo cual se mantenía en contacto con sus colegas abogados (cuyos nombres, lamentablemente olvidé). En los últimos años  su hijo Edgar se encargó de encabezar el bufete, hasta donde tengo información de manera muy eficaz.

      En las ocasiones que iba a visitar a don César a su despacho, fui testigo de cómo apoyaba a diversos núcleos de gente muy  humilde –campesinos, trabajadores, artesanos, etc.— a quienes brindaba asesoría jurídica sin cobrarles un solo centavo. Ello le ganó la devoción de cientos de nuestros conciudadanos.  He de subrayar que nuestro amigo realizaba esa tarea del modo más silencioso que  se pueda concebir, evitando siempre el aparecer ante sus correligionarios como un buen samaritano.

   Tratándose de un hombre tan ejemplar, deberíamos brindarle un  homenaje a su memoria.  Al parecer de quien esto escribe, sería ideal que lo realizásemos en algún espacio de nuestra Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, institución en la que realizó sus estudios profesionales, y a la que apoyó en los momentos más difíciles de su historia contemporánea.

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