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Intelectuales y libertad de expresión

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El desplegado En defensa de la libertad de expresión divulgado la semana anterior por 650 intelectuales representa, sin duda, la “Parte 2” de aquel otro publicado a mediados de julio titulado Contra la deriva autoritaria y por la defensa de la democracia. Descuellan como suscriptores en ambos el trio de distinguidos intelectuales orgánicos del salinismo Héctor Aguilar Camín, Enrique Krause y Jorge G. Castañeda; repiten Roger Bartra y Francisco Valdés como responsables de la publicación. Muestran que el propósito principal de los desplegados es el activismo político más que el ejercicio de la intelectualidad; la divulgación de opinión interesada, más que el análisis científico social; la defensa del interés empresarial en los medios, más que de la libertad de expresión. Insisten en el lenguaje de frases hechas, vociferante, que merma la posibilidad de su entendimiento certero, y rehúye al valor del lenguaje sencillo y comprensible.

Las afirmaciones con que inicia, “La libertad de expresión está bajo asedio en México. Con ello, está amenazada la democracia”; son sentencias de piedra sin antecedente ni explicación, basadas en dos conceptos abstractos –libertad de expresión y democracia- que no encuentran en la amarga realidad de un país lleno de desigualdades sociales, significado único. Por el contrario, susceptibles de interpretación múltiple como conceptos, sus recíprocas relaciones semánticas y políticas generalmente conducen a equívocos o discrepancias de comprensión; sin embargo, en la carta, representan la creación de una realidad virtual a modo diseñada mediante una inferencia perversa, necesaria para su lógica discursiva. El verbo asediar cuyas acepciones lingüisticas son: cercar un lugar fortificado y acosar a alguien, es utilizado refiriéndolo a la libertad de expresión en una especie de prosopopeya invertida; y con esta débil elaboración gramatical concluyen que la democracia en México está amenazada.

Los suscriptores del desplegado, conocidos por su condición de opinantes cotidianos, frecuentes o eventuales de la televisión abierta y por cable, radio, prensa escrita y redes sociales sostienen: El presidente López Obrador utiliza un discurso permanente de estigmatización y difamación contra los que él llama sus adversarios. Al hacerlo, agravia a la sociedad, degrada el lenguaje público y rebaja la tribuna presidencial de la que debería emanar un discurso tolerante. El presidente profiere juicios y propala falsedades que siembran odio y división en la sociedad mexicana. El complemento oracional expuesto en la primera aseveración -contra los que él llama sus adversarios- acredita que los 650 se pusieron un saco que no les viene, y que asumen causa ajena.

El presidente López Obrador tiene, en efecto, “sus adversarios”. La trayectoria de su vida política desde fines de los años ochenta, da cuenta de ello: fraudes electorales, desafuero, campañas políticas y mediáticas en su contra, lo evidencian. Pero sus adversarios son políticos, y muy pocos; quizá se cuenten con los dedos de una mano. Una cosa es ser político y otra intelectual. Hacer política y opinar sobre esa materia distingue a uno del otro. Los políticos se tornan adversarios por sus diferencias en los modos de hacer política. El político y el intelectual podrán tener discrepancias de opinión sobre esos modos, faltará afinidad de pensamiento, habrá aversión pero no adversariedad política. Indicativo e ilustrativo es que López Obrador, en toda su carrera como político, sólo ha aceptado dos debates; uno, celebrado, con Diego Fernández de Cevallos; y otro, propuesto en varias ocasiones y nunca aceptado, con Carlos Salinas de Gortari. ¿Por qué elegir únicamente a estos dos personajes?

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La razón es sencilla: después del fraude electoral de 1988 todos los hilos políticos del Estado y sus dos partidos hegemónicos quedaron en manos de tales personajes. Las decisiones políticas fundamentales para la conducción del país surgieron de esa dupla; los demás se subordinaron, obedecieron línea, y las élites política y económica se beneficiaron con el remate de los bienes públicos. Los intelectuales justificaron. Frente a esos modos de conducción política, el tabasqueño opuso un proyecto alternativo de nación. Esto es lo que hace a los políticos, adversarios. Instalado ya como gobierno el proyecto alternativo de nación, los intelectuales pueden opinar sobre esos modos distintos mostrando, por uno u otro, sus preferencias u hostilidades; pero ninguno puede alzarse a la categoría de adversario del presidente. En materia de opinión son libres de discrepar con el modo presidencial de hacer política; eso lo da la condición de intelectual, pero tal discrepancia no convierte a nadie en político. Que por llamar corruptos a sus adversarios deduzcan que el presidente agravia a la sociedad es una franca desmesura y confusión intelectual. Adversario político nunca ha sido sinónimo de sociedad. La libertad de expresión que otorga la Constitución de la República no establece restricciones jurídicas distintas, al ejercicio que de ella haga el presidente de la república, a las previstas para cualquier otra persona.

En su inmensa mayoría los 650 representan, hasta la fecha, la voz autorizada de la libertad de expresión que la propiedad de los medios de masiva comunicación permite en México. Algunos de ellos forjaron, repitieron, solaparon y hasta tergiversaron propagandísticamente frases como “mesías tropical”, “un peligro para México”, “al diablo con sus instituciones”, “populista” y otras similares; dirigiéndolas cual epítetos contra un entonces candidato presidencial, escudándose en las libertades de expresión y opinión. En ese ámbito las voces disidentes fueron acalladas con los vergonzantes métodos de negarles foro, o dándolo, aplastarlas con mayoría de opinantes a modo. Se regodearon impidiendo la libertad de expresión de otros. Creyeron que eso daba autoridad y peso político a su voz, análisis y opinión. No quisieron ver en ello afrentas a su propia intelectualidad y al debate sobre los problemas nacionales. Sin esta contribución el pueblo mexicano se habría ahorrado el sufrimiento y saqueo orquestado en el periodo 2006-2018.

El método persiste. Mientras el desplegado de los 650 fue ampliamente difundido y resaltado elogiosamente por todos los medios electrónicos y periodísticos, el de respuesta con 28 mil firmas no tuvo la misma difusión ni siquiera por respeto al derecho de réplica. ¿Qué hicieron los 650 para lograr que la misma difusión al público que tuvo su carta, tuviera la respuesta? Fue menester dar lectura a ambos en “la mañanera” para poder conocer el contenido del segundo. Finalmente, como vulgares buscapleitos, hacen una advertencia: Recordemos, por último, que no se estigmatiza a personas físicas o morales desde el poder presidencial sin ponerlas en riesgo. No se alimenta el rencor desde esa tribuna, sin que el odio llegue al río alguna vez. Esto tiene que parar. Este subterfugio retórico que subliminalmente atrae grotescas imágenes vividas por los mexicanos bajo el viejo régimen, degrada la epístola al aproximar su discurso a los deplorables argumentos de los líderes del Frenaaa, justo cuando la honradez intelectual aconsejaría reconocer el equívoco y rectificar.

Heroica Puebla de Zaragoza, a 27 de septiembre 2020.
José Samuel Porras Rugerio

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.      

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