No te ates a las cosas, ni a las personas, ni a tus ideas.

Cuando estás en el camino correcto no hay nada que te impida llegar a él. Todo fluye. Nada se acelera ni se atrasa. ¡Todo pasa! incluso los obstáculos o los atajos que se presentan son parte del camino, nos preparan y nos enseñan lo suficiente para llegar completos a nuestro destino.

Si dejamos fluir todo lo que sucede, eso nos despertará a la vida, a la vida que Dios o el universo nos tiene por propuesta para vivir. El orden divino es perfecto y la máxima representación de dicho orden es el funcionamiento de la naturaleza, la naturaleza de todo ser vivo, de todo lo que se mueve por sí solo.

No lo dudes, si te mueves es que eres la creación directa del Big Bang, del aplauso divino, del universo en expansión. Tú también te expandes, por dentro y por fuera, en lo tangible e intangible, en el sonido y en el silencio. Todo lo que viene de la gran explosión tiene vida propia, movimiento propio, por tanto, no pertenece a nada que no sea a su propia naturaleza, a su existencia mínima expandiéndose a lo máximo de su destino.

El consumismo ha hecho que las cosas no pertenezcan a uno, al contrario, nosotros a ellas. Las sociedades lo mismo, pertenecemos a ellas, a sus ideas, a sus costumbres, a sus creencias, y si estamos en contra, entonces estamos fuera. Pero te diré algo, nosotros seguimos ahí, en nuestra esencia, particularidad, naturaleza, nuestro lugar; pero nos hacen creer lo contrario, que si estamos fuera de ellos entonces estamos fuera de nosotros.

Esto no es así, pero la mayoría de las veces se prefiere así. El individuo se ha acostumbrado a la cárcel del capitalismo o el socialismo y a sus normas de convivencia y supervivencia, siguen sin descubrir su verdadera libertad, su pensamiento liberador. Somos esclavos en tanto no puedas pensar y actuar encima de tu ideología, es decir, somos pensados por la ideología a la que pertenecemos.

El problema no es que pertenezcas a una ideología, a un grupo político o una religión, el problema es que dejes pertenecer a ti mismo, que dejes de hacer lo que tu corazón o tu mente te dictan hacer, que no hagas caso a tu intuición divina, a tu sexto sentido el cual siempre te guiará a tu camino y espacio verdadero. ¿Y cuál es tu espacio verdadero?

¡El verdadero espacio eres tú mismo! Tu cuerpo, tu mente, tu alma, todo en conjunto y en armonía es tu existencia correcta. Sí algunas de estas partes no están en adhesión, dejas de ser tú para convertirte en algo o alguien más. Tu característica personal es la máxima representación de lo que Dios o el Universo hizo para la humanidad, todo lo demás, es la deformación social que el hombre hace sobre el otro hombre.

Divinamente estás hecho para que aprendas a dominarte a ti mismo y trabajar en equipo. Los liderazgos fluyen de manera natural según las aptitudes y actitudes y las necesidades de exigencia del equipo o conjunto de personas para asegurar la vivencia plena.

Por el contrario, el liderazgo diseñado por el ser humano es el dominio de un hombre sobre otro hombre, es la superioridad y sujeción hacia su próximo. Su plenitud no está basada en su propio dominio existencial, está basada en la adversidad e infortunio de los demás y el cómo su benefactor, sin que sus intenciones sean completas o sinceras, esto es producto de un liderazgo fabricado y no natural.

De esta manera, la humanidad durante siglos ya no vive con plenitud; está diseñada para sobrevivir, para no caminar en calma, para no darse cuenta del grandioso valor del simple proceso de poder respirar y pone entonces su existencia en el delgado hilo de la materialidad y dependencia a lo cuesta dinero y responde a la apariencia.

Nuestras vidas ya no están sujetas a lo permanente, a la raíz que florece, a la naturaleza que se impulsa sola para moverse. Nuestras vidas dependen de lo transitorio e inmediato, por eso vivimos en estrés; dependemos de lo que está fuera de nuestro cuerpo, de lo que no es parte de nuestras necesidades básicas, por eso vivimos sin originalidad y plenitud.

Todo eso nos hace dependientes a algo o a alguien. No hay condiciones para que la mayoría experimente una liberación personal, incluso los pastores, monjes, yogis y demás líderes espirituales, son pensados por su ideología y normas de la corriente a la que pertenecen.

Todas las religiones venden su verdad como la única y su Dios como el insuperable y auténtico salvador de la humanidad, el redentor absoluto, y todos somos unos simples seguidores, seguidores con una identidad que no somos nosotros, pero si somos los budistas, los cristianos, los musulmanes, haciéndonos hacer a un lado nuestra propia existencia para ponerlas en mano y por debajo de un Dios, su Dios. Así entonces pertenecemos, dependemos y estamos atados a sus mandamientos y reglas, fuera de ello estamos en sacrilegio.

La verdad, la buena nueva es rechazada por los que no quieren la liberación personal que permita el rompimiento del esclavismo moderno, por el contrario, es mejor seguir a la espera de un caudillo moderno o de una segunda venida para que nos guíe y nos lleve al paraíso prometido. Mientras tu esperas los grupos de poder sacan provecho de tu letargo.

Dicha espera es resultado del miedo. Miedo a ser separados, miedo a ser humillados y rechazados, sin darnos cuenta que hoy tememos desasosiego a la exploración íntima de nuestros actos, de nosotros mismos, a la felicidad y pasar el necesario y valioso tiempo de estar solos, en la soledad, en la intimidad. El ruido nos aleja de la verdad, de la paz, de la concentración, del enfoque y no hay mejor estado para la revelación que el silencio.

Si bien es cierto que la intención colectiva es más poderosa para elevar la frecuencia global, también es necesario resaltar la importancia del estado real de cada uno de sus integrantes para evaluar la afectividad. La realidad social es la prueba verídica del nivel de las personas que conforman la humanidad.

¡Miedo! Esa es la palabra común hoy en día para uno y los demás. Tenemos miedo a la libertad, a la soledad y preferimos ser esclavos de los esquemas y estereotipos. Nos quejamos que no somos libres, pero nos atamos voluntariamente. ¡Quien nos puede liberar si ni tú mismo eres consciente de tus cadenas!

La realidad es que el amor propio está descarrilado, adulterado y al final nos damos cuenta que es raquítico. Apenas llega alcanzar a lo que conocemos como el ego. Sí no somos capaces de amarnos a nosotros mismos en libertad, menos seremos capaces de amar a los demás, tener empatía y poder trabajar en conjunto para un bien común e integral.

La actual PANDEMIA del COVID-19, fue una prueba para las poblaciones que pertenecen a distintos países. Pero lo cierto es que viene una segunda prueba después de que pase el aislamiento. El planeta necesita un nuevo comportamiento de la humanidad, una mejora en su estilo y percepción de su entorno, una fuerza de voluntad empoderada para dejar de practicar las viejas y malas costumbres.

Nos hemos acostumbrado al pasado. Preferimos ignorar y dormirnos para no atormentarnos con la realidad, pero lo cierto es que, no nos damos cuenta que nos negamos a descubrir la libertad que nos propone lo nuevo.

A la mayoría le costará mucho trabajo, pero si quiere y queremos y nos comprometemos, será posible. Cada mañana es la oportunidad de intentarlo y solidar la meta personal y común. Nos hemos acostumbrado a pasado, lo sé, pero el presente es lo único que puede cambiar el futuro, mi futuro, tu futuro, nuestro futuro.

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