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jueves, octubre 29, 2020

Irremediablemente moriremos. Crónica de una cuarentena temprana

Irremediablemente moriremos y no sé ustedes, pero el miedo de a poco se ha tornado en una constante, paranoia, lecturas, información, temor… ansiedad.

Los programas de tv, las películas, los libros han hecho un poco más pasajera la situación, apenas llevamos 10 días y la inquietud de mi hijo, de a poco, se apodera de mi. Jugamos, inventamos, dibujamos, pintamos, pero lo que más quiere es salir: a correr, a brincar, simplemente distraerse…

Mi esposa está embarazada, me preocupa llevarla a consulta. Me preocupa la situación en unos meses en los hospitales en donde tendremos que estar, donde las enfermeras y los doctores le ayudarán a dar vida mientras miles la estarán perdiendo.

Me llena de temor pensar en los míos, en mis padres, hermanos, seres queridos, en mi prima que se acaba de casar, en mis amigos que tiene tanto no veo… Pensar en eso me hace reflexionar en lo banal, vacía y cruel que a veces es la vida.

Justamente la crueldad de intentar vivir, de salir adelante, de hacer sacrificios, de dejar de pasar tiempo con los tuyos en camino de un supuesto éxito, de alcanzar tus metas, de cumplir objetivos, y cuán subjetivo se convierte todo.

Buscar a Dios, el Om, aprender de Buda, los brahamanes, encontrarte como Sidartha, ganar como Bill Gates, tener la creatividad de Ellon Musk, viajar y conocer… Aprender, hacerme el tatuaje que siempre quise, viajar a Japón, nadar con tiburones, aventarme de un avión… The bucket list, las cosas que hacer antes de partir, y al final, pienso, nada tiene sentido.

La paranoia pues, se ha apoderado de mi. Las colillas de cigarros se acumulan, analizó varias veces al día dejarlo, es la recomendación, pero enciendo otro por la preocupación, las deudas también se acumulan, las olas siguen llegando, la tierra girando…

Los mensajes aumentan con todos, tratar de decirles de alguna forma que los quise, que no quiero que les pase nada, que se cuiden, que sigan las recomendaciones, que esto no es un juego, que no sabemos qué pueda pasar.

Incertidumbre. Quisiera equivocarme.

Los servicios y los productos de a poco han subido su precio. Recuerdo que tengo que hacer el super.

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Los memes, los stickers, las bromas hacen todo más llevadero, me relajo y me alisto para salir de nuevo, a trabajar, a mantener un poco la rutina de la oficina. Me distrae y me da paz en momentos, todo de repente es pasajero, unas horas ahí, el resto de home office. Regresa la ansiedad. Todo pasará, pienso, pero no con la tranquilidad o la normalidad que esperamos. Estamos ante una de las mayores catástrofes de la humanidad, -Y he leído de las otras, y de repente la nota benne, como que en otros lados las cosas van mejorando, y sinceramente me vale madres-, yo sigo teniendo una sensación terrible.

Ante la ansiedad y la paranoia necesito atención psicológica, reflexiono, pero no tengo tiempo para eso, ya pasará.

He buscado la forma de “aprovechar el momento” , de generar alguna ganancia, hay varios negocios, oportunidades de inversión, relaciones públicas y comerciales, buscar algo más que me permita tener algo ante alguna contingencia de alguien cercano… O mía. No estamos asegurados, nos falta pagar la inscripción, se está acabando el gas… Todo lo voy anotando en la mente.

Salgo temprano. Veo a las personas en la calle, irremediablemente morirán, por el virus o por la falta de sustento. Los apoyos económicos no serán suficientes. La proyección del 70 por ciento de contagiados en un país de millones y millones no es alentadora.

A veces pareciera que todo sigue igual, pero cada vez más negocios están cerrados, pareciera que sigue igual la operación política, las estrategias para el siguiente año que serán de elecciones, las disputas por poder, el movimiento de quienes pretenden hacer de la desgracia el ingrediente perfecto para su caldo de inmundicia.

Las tiendas, supermercados y algunos comercios siguen sin atender las recomendaciones. Qué hacer. Las olas siguen llegando y la tierra sigue girando, el capitalismo es la gasolina de todos los días.

Miles de historias, inspiradoras y lamentables, como todas las que suceden día a día, a las que nos acostumbramos, las que no vemos por la cotidianidad, las que pasamos por alto pues no hay una pandemia mundial, el señor que vende bon-ice y es su único sustento, la señora que con diabetes va y empaca productos para ganarse una moneda, el taquero, el bolero, el taxista, la jefa de familia… La lista interminable. Todos tienen que salir y al final irremediablemente moriremos. Algunos por la pandemia de un virus, otros por la violencia generalizada, otros tantos de viejos y tranquilos.

Saldremos (espero) y con molestia en los ojos podremos ver la luz. Y sí, las letras se leen apocalípticas, quizá la exageración, la tendencia del momento. Creo que muchos se sienten así, quizá no ahora, quizá en unos días. Ojalá que no.

Por la tarde las calles están más vacías, las avenidas, el periférico y la autopista, en el coche podría ir más rápido, al contrario, voy más lento, disfruto un poco la vista, todo más despejado, el tráfico menos, las filas interminables en los semáforos no existen y eso me hace feliz. Aunque el bochorno por el calor es también insoportable, y los síntomas de lo que creo es una especie de andropausia juvenil se hacen presentes, quisiera ya estar en casa. Acelero un poco el paso. Luego el rojo me recuerda que llegaré para no salir más. Me orillo por un momento, escucho una canción de Karin Hammar. Todo es tranquilidad. Aunque quisiera que no terminara, sucede, la canción acaba y logro abrir los ojos.

Cuando llego a casa todo esta listo, antes de cualquier cosa, lavo mis manos, lavo también mi cara, me cambio la playera y con eso, al menos, trato de prevenir contagiarlos.

Jugamos, inventamos, dibujamos, pintamos, ellos quisieran salir… También comemos juntos, después de mucho tiempo lo hacemos. Lo valoro y lo guardo en mi mente y mi corazón.

Los platos están lavados, con un niño en casa se tiene que limpiar al menos tres o cuatro veces en el día. Salgo un momento, abro la puerta para que circule el aire.

Hace apenas 10 días no lo tomé tan en serio, fui a una fiesta familiar, aún no entraba la fase dos, me justifiqué, abracé a los míos, quizá sea la última vez que los vea. Hoy estoy dispuesto a seguir las recomendaciones. El mensaje más reciente de las autoridades fue diferente para mi, encendió un foco rojo, me hizo entrar en razón.

A pesar de eso, tengo que hacer el super, los anaqueles han sido vaciados por las compras de pánico, la frustración de su idiotez no me deja otra opción que visitar varios lugares. Veo mucha gente fuera, adultos mayores, niños jugando, pasando tiempo en familia, los lugares de postres, y algunos de tacos abiertos, se me antoja uno… me resisto y regreso a casa con una lista de cosas incompletas.

Cuando regreso por segunda ocasión. Me pongo al filo de la entrada, cierro por un momento los ojos y sigo pensando, debería valorar los momentos junto a ellos, hacer las paces con todos, pedir perdón, luego creo que eso de la moralidad es medio hipócrita, me resisto una vez más a mis impulsos, al final me rindo. Soy más de conciliar creo.

Cuando regreso del trance, estoy tranquilo, prendo otro cigarro afuera, pero alcanzo a ver por la ventana la preocupación de mi esposa… Ella se ha quedado en casa ante las determinaciones y apoyo para las mujeres embarazadas durante la contingencia, pero hace el trabajo más cansado del mundo: cuidar a nuestro hijo, y no es una carga… Los padres entenderán de que hablo.

Entro y abro la computadora para darle seguimiento a los documentos, respondo mensajes, y hago planes, estrategias, proyecciones. Todo parece al revés. Trato de darle forma, reescribo y comienzo de nuevo, edito, quito algunas comas, vuelvo a leer y termino por poner las comas en el mismo lugar.

Llega la noche. Estamos en cuarentena. Las redes sociales me llaman, me seducen, los libros son pocos para pasar el tiempo, quisiera también aprovechar para hacer todos los pendientes, por alguna razón no da tiempo.

Tanto tiempo disponible y no me alcanza, tengo que organizarme mejor pienso ya recostado en la cama. Escribo en el celular o en la computadora, lo que tenga un poco más de pila y me evite levantarme, tomó un poco de café, cada vez más seguido, al final me pongo de pie una vez más, bajo a encender otro cigarro y pienso… irremediablemente moriremos, ojalá no sea pronto.

Espero encontremos mejores formas de hacerlo, ya más viejos, ya más sabios.

La última bocana de humo en el día, cierro la puerta, subo, apago la luz. Me recuesto de nuevo. Espero repetirlo mañana y hasta que pronto todo pase.

Cierro los ojos.
Twitter: @luisgarcia_mkt
Correo: luisgarcia.bushido@gmail.com

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

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Luis David García @garcia_s23
Egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. Asesor en comunicación política y digital. Se ha desempeñado como periodista en medios nacionales y de circulación local. Ha sido director general y de la estrategia digital de distintos proyectos periodísticos y agencias de publicidad. Actualmente forma parte del equipo de comunicación social del ayuntamiento de Puebla.
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