En entregas anteriores me he referido al llamado Reloj del Apocalipsis y al hecho de que la humanidad hoy, está más cerca que nunca de la autodestrucción como consecuencia de la amenaza de una guerra nuclear, el cambio climático y el desarrollo de tecnologías disruptivas.

¿Qué estamos haciendo las y los mexicanos para evitar que el Doomsday Clock —como se le conoce en Inglés— marque la hora cero, es decir, el fin de la humanidad?

Somos un país con una larga tradición pacifista. Históricamente, hemos promovido el desarme y condenado enérgicamente los ensayos nucleares. Recordemos que a raíz de la Crisis de los Misiles en 1962 —en la que la humanidad vivió momentos de tensión que casi desembocaron en una conflagración nuclear entre la entonces Unión Soviética y Estados Unidos— México convocó a Latinoamérica y el Caribe a firmar el compromiso multilateral de “no fabricar, recibir, almacenar ni ensayar armas nucleares o artefactos de lanzamiento nuclear”.

Este esfuerzo culminó el 14 de febrero de 1967 con la firma del Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares en América Latina y el Caribe, conocido como el Tratado de Tlatelolco, convirtiendo a nuestra región en la primera Zona Libre de Armas Nucleares en el mundo.

Desde entonces, México sigue siendo uno de los principales promotores de la proscripción universal de armas nucleares y participa activamente en la Asamblea General de la ONU para alcanzar la seguridad y la paz a nivel global. Recientemente, México ha manifestado su apoyo a la iniciativa “Creando el entorno para un desarme nuclear”, la cual será discutida en el marco de la próxima Non-Proliferation Treaty Review Conference 2020, a celebrarse del 27 de abril al 22 de mayo en Nueva York.

En materia ambiental, México también se ha consolidado como una referencia internacional. En 1992 nuestro país asumió diversos compromisos para el cuidado del medio ambiente establecidos en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, el Convenio de Diversidad Biológica y la Convención de Lucha contra la Desertificación, asumidos en la famosa Cumbre de la Tierra realizada en Río de Janeiro.

Desde entonces, adoptamos una posición de liderazgo regional en materia medioambiental. En 2016, firmamos el famoso Acuerdo de París y ratificamos nuestro compromiso de reducir en un 25 por ciento las emisiones de Gases de Efecto Invernadero y a generar 35 por ciento de energía limpia para el 2024 y 43 por ciento en el 2030, contribuyendo así a mantener la temperatura promedio del planeta por debajo de 2º C y aprovechando el financiamiento para tecnologías limpias previsto a países en desarrollo.

Para dar seguimiento a los acuerdos de París y otros compromisos, en 2015 la ONU aprobó la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, que sustituyó los Objetivos del Desarrollo del Milenio. México no solo la adoptó, sino que, en 2017, decidió elevar su cumplimiento a compromiso de Estado.

El Gobierno del Presidente Andrés Manuel López Obrador ha ratificado este compromiso y ha diseñado un plan de trabajo para “articular los esfuerzos de la administración pública (federal, estatal y municipal), la academia, las organizaciones de la sociedad civil, la iniciativa privada y otros sectores relevantes, en torno a la consecución del desarrollo sostenible en el país”.

La Agenda 2030 incluye 17 objetivos, entre los que destacan agua limpia y saneamiento, energía asequible y no contaminante, ciudades y comunidades sostenibles, producción y consumo responsables, y acción por el clima, que nos comprometen a incluir medidas contra el cambio climático en las políticas, estrategias y planes nacionales y sub nacionales.

En la siguiente entrega me referiré a los avances y retos en la implementación de la Agenda 2030 a nivel federal y estatal.

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