Segunda parte

¿Cómo fue que caímos, como humanidad, en la idea de que la desigualdad es algo natural? ¿Cómo fue que la socialdemocracia perdió el rumbo hasta el extremo de “abrazar” las ideologías de la desigualdad? Son preguntas a las que responde el famoso economista francés Thomas Piketty, en su nuevo libro Capital e Ideología (2019).

Piketty argumenta que, a raíz de la crisis fiscal del Estado de Bienestar, la socialdemocracia se volvió cómplice del “hipercapitalismo”. La izquierda europea y muchas otras en el mundo, se volvieron parte de la élite política, junto con la “derecha mercader” (élites económicas y empresariales), dejando a las “clases populares en la intemperie política y a merced de los mensajes nacionalistas, racistas y proteccionistas”, poniendo en riesgo la cooperación internacional y la mundialización del bienestar. “Con el nivel de desigualdad que hay hoy es imposible mantener un consenso social fuerte en favor de la globalización”.

En una interesante entrevista con el diario El Tiempo, Piketty afirma que “la socialdemocracia tuvo grandes logros en el transcurso del siglo XX, pero también limitaciones conceptuales y políticas importantes [en temas como el] de la propiedad y la distribución. Lo mismo en lo relativo a la “superación del Estado-Nación ante el desarrollo de formas políticas y económicas transnacionales intensificadas”.

Ante ello, Piketty propone repensar el modelo económico avanzando hacia uno “que se ubique un poco en la prolongación de la socialdemocracia, pero con niveles más ambiciosos”. Para ello, Piketty propone una fórmula que denomina “socialismo participativo y democrático”, basada en una “muy fuerte descentralización, una circulación de la propiedad, del poder y de la educación, con una dimensión internacional y transnacional muy fuerte”.

Piketty sostiene que ha llegado el momento de pensar en la “superación del capitalismo más allá del fracaso comunista del siglo XX”, retomando “reflexiones que fueron en parte congeladas durante el periodo de la Guerra Fría y luego completamente olvidadas tras la caída de la Unión Soviética”.

“La idea de un socialismo participativo, que en realidad es —dice Piketty— un socialismo democrático, es la idea de que todo mundo pueda tener acceso a una propiedad privada de tamaño razonable y participar en la vida económica y en las decisiones económicas”. Se trata, según Piketty, de un sistema completamente diferente al concepto de “propiedad privada del Estado hipercentralizado”. Es la propiedad privada descentralizada, evitando así su concentración, distribuyendo y haciendo partícipes a los asalariados en las decisiones “en las empresas”.

El modelo de Piketty se basa en las experiencias de cogestión en Alemania y en Suecia, “donde la participación de representantes asalariados en consejos de administración funcionó muy bien”. Afirma que hoy “tenemos un nivel de educación que nunca había llegado tan alto y necesitamos incluir a muchas personas en las decisiones”. “No se puede mantener una organización monárquica de la economía ni de las empresas en el siglo XXI”.

Piketty está convencido de que, en el largo plazo, el esfuerzo mundial hacia la reducción de las desigualdades “va a retomar su camino si nos movilizamos justamente, intelectualmente, políticamente, para aprender de la historia y encontrar instituciones políticas y económicas más igualitarias”.

“El vector principal es la educación, porque permite propagar el conocimiento, la prosperidad económica y reducir las desigualdades. La educación necesita un sistema de impuestos que permita financiarla, así como financiar la salud, las infraestructuras, etc. Y este sistema de impuestos debe ser el más justo posible para que sea aceptado y permita evitar acumulaciones excesivas en la cima y mejorar la repartición”.

“Yo pienso —concluye Piketty en la entrevista— que las sociedades humanas, a pesar de todos los fracasos y etapas de regresión, aprenden de la historia, aprenden las unas de las otras y terminan por construir sociedades más justas, permitiendo compartir mejor las riquezas”.

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