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En 1995 los ciudadanos de Bogotá, capital de Colombia, eligieron a Antanas Mockus como alcalde. Ex rector de la Universidad Nacional de Colombia, matemático y filósofo de formación, hijo de inmigrantes lituanos, Antanas Mockus era conocido en el medio académico por sus excentricidades y por sus importantes aportaciones pedagógicas aplicadas a la política, la ética ciudadana y la cultura de la legalidad.

¿Por qué los bogotanos eligieron a un candidato ciudadano, totalmente desconocido y que no hacía publicidad al estilo tradicional? La respuesta tiene que ver, sin duda, con la propuesta política de Antanas Mockus cuyo eje era lograr un verdadero cambio cultural en Bogotá, de respeto a la ley y a la vida.

En aquellos años Colombia atravesaba por una crisis de violencia e inseguridad sin precedentes. Bogotá se encontraba entrampada en una extendida cultura de la ilegalidad en la que, lo normal, era saltarse la ley sin ningún tipo de consecuencia legal o social. Lo que imperaba era la impunidad en todos los niveles, desde los más altos del gobierno (evasión de impuestos, narcopolítica, crimen organizado, escándalos de corrupción), hasta los más elementales espacios de convivencia cotidiana (respeto entre personas, reglas de vialidad, el respeto al lugar en la fila, etc.).

Como académico, Mockus se enfocó en la educación y en cómo ésta influye en la cultura y mentalidad de una sociedad. Su primera conclusión fue que en el ámbito de la interacción humana “se debía ubicar que el problema educativo… termina siendo un problema comunicativo” (Jiménez, 2017). En otras palabras, que para educar mejor es necesario comunicar mejor.

Su segunda gran conclusión fue entender que “la clave del saber consiste en encontrar la manera para que el sujeto aprenda y se apropie de unos patrones de comportamiento, con el fin de que entre en un juego racional con las reglas o normas” (Jiménez, 2017).

A partir del concepto de “anfibio cultural”, Mockus propuso concebir a la “ciudad como escenario educativo” y al “ciudadano como al educando”, y enfocar el esfuerzo gubernamental en reducir las brechas existentes entre los ámbitos de la “ley, la moral y la cultura”.

Lo anterior mediante una estrategia deliberada de reducción de “la aprobación moral o cultural de acciones ilegales” y de aumento de “la aprobación moral y cultural hacia el cumplimiento de las obligaciones legales”. A mayor coincidencia entre las esferas de la ley, la moral y la cultura, mayor legitimidad de “la acción de las autoridades dirigidas a garantizar el cumplimento de las normas”.

El resultado fue el desarrollo de “prácticas formativas basadas en la eficacia pedagógica de la ley” que rompieron con la idea generalizada de que la gente no respeta la ley porque es “racional” no hacerlo en un ambiente de total impunidad. Mockus descubrió que, a diferencia de lo que establece la teoría de juegos, las personas son capaces de solidarizarse con los demás, de ponerse en los zapatos de los otros y mostrar generosidad y respeto, aún sin castigo de por medio, siempre y cuando exista la expectativa de aprobación social por “lo sano, lo no violento, lo no corrupto”.

Para Mockus, “convivir es llegar a vivir juntos entre distintos sin los riesgos de la violencia, con la expectativa de aprovechar fértilmente nuestras diferencias. El reto de la convivencia es básicamente el reto de la tolerancia a la diversidad y esta encuentra su manifestación más clara en la ausencia de violencia”.

La genialidad de Mockus fue transformar sus descubrimientos, primero en un discurso académico-pedagígico articulado, luego en proyecto político-electoral atractivo y novedoso, y, finalmente, en programa de gobierno innovador (política pública) orientado a lograr que “los ciudadanos se educasen entre todos, a través de la desaprobación social hacia las conductas” legal, cultural y moralmente condenables.

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