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Por naturaleza, los seres humanos tendemos a buscar, interpretar, favorecer y recordar la información que confirma nuestras propias creencias e hipótesis. Este error sistemático del pensamiento inductivo que los expertos denominan sesgo de confirmación o sesgo cognitivo se debe a que es, digamos, “más barato creer que saber”, es decir, es más costoso investigar y documentarse para luego formarse una opinión que resulte ser errónea, que simplemente creer en algo y equivocarse. Este comportamiento racional es el que explica la polarización de actitudes a pesar de las evidencias.

Francis Bacon decía que “el entendimiento humano, una vez que ha adoptado una opinión, dibuja todo lo demás para apoyar y mostrar conformidad con ella. Y pese a haber un gran número de ejemplos, y de peso, que muestran lo contrario, los ignora o desprecia, prescinde de ellos o los rechaza”.

Tolstói daba cuenta de este sesgo cognitivo de una manera más artística: “sé que la mayoría… puede muy raramente vislumbrar incluso la verdad más sencilla y más obvia, como si se les obligara a admitir la falsedad de las conclusiones que se habían formado quizá con mucha dificultad… conclusiones de las que están orgullosos, que han enseñado a otros y sobre las que han construido sus vidas”.

A estas conclusiones sin sustento, a estas creencias, el siquiatra y sicoanalista Carl G. Jung las denominaba “arquetipos”, es decir, representaciones sobre un modelo básico de la realidad que afecta emocionalmente las conciencias. Esta tendencia a formar representaciones arquetípicas, decía Jung, es tan evidente en los humanos “como el impulso de las aves a formar nidos”. Es una manifestación instintiva de nuestra especie en la que creamos fantasías o mitos, que son “como la sombra que acompaña al cuerpo”.

En una reciente plática de TEDx Río de la Plata, la bióloga molecular Guadalupe Nogués alude a este tipo de impulso con el nombre de “posverdad”. Un fenómeno en el que, aunque la información y las evidencias estén ahí, deliberadamente se dejan de lado y en cambio, se opta por seguir las emociones, las creencias o los mitos que convertimos en parte de nuestra identidad, parte de lo que somos y de nuestro ser.

Como se puede inferir, las implicaciones para el desarrollo y consolidación de la democracia del llamado sesgo cognitivo, representaciones arquetípicas o “posverdad”, son en extremo negativas.

¿Cómo conversar y llegar a acuerdos con quienes no están dispuestos a cambiar de opinión? ¿Cómo dialogamos cuando el problema no es la evidencia sino un desacuerdo ideológico? ¿Cómo lograr una revolución de las conciencias si, como dice Nogués, “cualquier duda sobre lo que pensamos se vuelve una duda acerca de quiénes somos” y, por ello, preferimos no dudar?

¿Es posible un cambio de actitudes y comportamientos si estamos atrapados en medio de un sesgo cognitivo? Afortunadamente la respuesta, según los expertos, es que sí. Sí es posible racionalizar y controlar nuestros propios instintos naturales (tribales, como los denomina Nogués). Para ello es necesario, primero, ser conscientes de la existencia de este sesgo cognitivo. Segundo, para dialogar es necesario aceptar, de antemano, que podemos estar equivocados. Tercero, buscar la verdad debe estar por encima de tratar de tener razón. Cuarto, aceptar que no todos pueden estar de acuerdo. Y quinto, estar dispuestos a poner a prueba nuestras convicciones.

Solo a partir de un enfoque plural será posible apreciar la riqueza que entraña el disenso. Solo aprendiendo a escuchar las voces disonantes podremos ser capaces de conversar mejor y llegar a acuerdos. Solo separando las ideas de las personas, podremos despojarnos de la falsa imagen de que “somos lo que pensamos”. Solo así podremos apreciar y sopesar realmente los argumentos y las evidencias para formar nuestras ideas y convicciones. Solo entonces, podremos iniciar una verdadera revolución de las conciencias.

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