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Del arte a las palabras: García Ponce

Producto de cada generación literaria emergen figuras críticas que ofrecen elementos para repensar el ambiente que les ha tocado vivir; conjeturar dicha atmósfera, sus características –pros y contras–, piezas clave que terminan siendo referencias para quien desee aproximarse: Salvador Díaz Mirón, Alfonso Reyes, Jorge Cuesta u Octavio Paz bien pueden caber en este apartado.

Junto a ellos, durante la segunda mitad del siglo pasado un nombre aparece con fuerza juvenil necesaria que resulta imprescindible para entender el ambiente cultural, preocupaciones, intereses, gustos estéticos a los cuales aferrarse; curiosidad y perseverancia: Juan García Ponce.

Fino observador que supo entender el momento histórico sin reservas, abordando cada una de las esquinas de aquella crítica establecida en comentarios diversos; ya fuera pintura, literatura –especializado en contexto germano–, acentuó un estilo alejado de dogmas con narrativa transparente, escribió más de cincuenta libros –incluyendo su faceta como novelista–.

Fiel al quehacer también se adentró a las traducciones, destacando su trabajo al español de William Styron y Herbert Marcuse, aunque no desaprovechó la oportunidad de figurar en impulso a revistas como la “Mexicana de literatura” o “Plural”. En este sentido, una de sus aportaciones más comentadas fue al ser parte del equipo de redacción de la “Revista de la Universidad de México”.

Con este precedente, acercarse a la obra crítica de Juan García Ponce puede resultar complicado, máxime al sumar lo complicado que es hallar en ediciones nuevas dicha labor. Para evitarlo, una opción precisa es tres materiales que reúnen sus aportes: “Palabras sobre palabras” y “De viejos y nuevos amores”, volúmenes I y II.

Para el primer caso se ofrecen de manera escalonada las generaciones más prolíficas de las letras mexicanas durante el siglo anterior, comenzando desde Ramón López Velarde hasta efectuar un recuento de talantes específicos del grupo de Contemporáneos y Octavio Paz, elemento que situará la lírica nacional en los años siguientes, del cual no dejará de tratar en materiales posteriores.

Justamente, al culminar los días en que se exploraban las cualidades vanguardistas y hacia establecerse como una poética definida, Juan García Ponce no dejará de colocarlos como ejes rectores de la literatura mexicana. Si bien, para finales de los cincuenta Octavio Paz ya es autor reconocido, el joven crítico logra una conexión son su obra, escribiendo sobre ella y anotando su clasicismo mucho antes que éste fuera tratado profundamente, en especial tras ganar el Premio Nobel.

No es casual que Juan García Ponce considere a Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia columna vertebral del grupo de poetas, al contrario, en su aporte ensayístico los sitúa ampliamente, por momentos dueños de una capacidad poco vista en el ambiente para realizar afirmaciones sin temor al comentario o especulaciones, de ahí que la siguiente estación sea el mismo Octavio Paz.

Bajo esta vertiente, dueño del tiempo como habilidad para ser modificada a gusto e intereses, aparece Sergio Pitol, su interés por el origen –totalidad–, uso de términos que no requieren mayores explicaciones, porque el conocimiento ha partido de un punto que se autodefine, por extensión al lector. Su ensayística lo deja claro: si Contemporáneos y la generación siguiente son rectores de la poesía, Pitol es el narrador por excelencia.

Como tal, los engaños están presentes, se juega con ellos para evitar caer en lugares comunes, porque al explorar las posibilidades humanas, los errores también deben estar, ya sea para exhibirlos o abonar para entregar herramientas a quien se avecine al texto, cerrando el ciclo con Tomás Segovia, poeta del cual subraya su admiración con una frase: “Encuentra no el mundo del lenguaje, sino el lenguaje del mundo”.

El primer abordaje a García Ponce llega en “De viejos y nuevos amores”, dividido en dos volúmenes, “Arte” y “Literatura”. En ambos estadios se ingresa al conocimiento que tuvo sobre Agustín Lazo, Irma Palacios, Leonora Carrington y más, sin embargo, en esta faceta demuestra su habilidad para romper paradigmas al momento de la escritura; se aventura a entablar diálogos con lectores como si alrededor de una mesa salieran al paso Juan Soriano, Salvador Elizondo o Diego Rivera.

Juan García Ponce delinea el saber artístico sin recelo, siendo un punto de partida que refrescará el ensayo, ente comentarios y aseveraciones de las cuales no equivocó el camino. Adentrarse a dicha escritura es –por así llamarlo– “la noche y la llama” de las letras mexicanas a últimas fechas, pese a morir en diciembre de 2003.

Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

Sobre César Pérez González

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