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El día que México no vibró

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Mucho se ha dicho sobre el fracaso de la iniciativa “ciudadana” del pasado 12 de febrero que llamó a la sociedad a manifestarse públicamente contra Donald Trump.

A pesar de que los organizadores ponían grandes esperanzas en su convocatoria, al final la cantidad de gente que participó fue de unas miles en todo el país, y no alcanzaron a aglutinar una fuerza comparable a otras movilizaciones, como las marchas por los desaparecidos de Ayotzinapa en 2014, o la movilización por “la familia”, convocada por la Iglesia católica y sus organismos.

No insistiremos en los argumentos ya esgrimidos por algunos de quienes apoyaban la marcha −como el tema del “parroquialismo” en la vida pública nacional−, los cuales por cierto tienden a ser más regaño que explicación, no dejando de tener cierto destello de frustración y hasta de berrinche. En vez de ello, propondremos otras posibles explicaciones y algunos señalamientos.

Se ha dicho que la poca concurrencia es reflejo de la división y polarización de la sociedad civil mexicana. Pero esto es sólo fijarse en lo superficial, sin explicar nada. Hay que tener en cuenta que ésta acusada polarización es producto del propio sistema, cuyas profundas asimetrías económicas y sociales han sido fomentadas y reforzadas por las políticas neoliberales que, desde los años ochenta, han incrementado la enorme distancia entre ricos, clases medias y pobres, hasta el punto de convertirlas en un abismo entre súper ricos dueños del país, y el resto extraños en su patria.

El mismo modelo económico que, por cierto, está mostrando su estrepitoso fracaso, cuyo símbolo más unívoco sería la eventual renegociación del TLC para dar paso a un abierto y legalizado imperialismo económico sobre México por parte de los Estados Unidos.

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Los organizadores y simpatizantes de la convocatoria, como la académica y ex asesora de Santiago Creel, María Amparo Casar, han acusado también cierto boicot e intransigencia de parte de la izquierda sobre la campaña de #VibraMéxico, lo que no fue de ayuda para generar la participación deseada. Haría falta tener más cuidado con estas generalizaciones negativas, ya que no toda la izquierda se muestra intransigente en sus posturas, lo que sin duda se hace evidente en el hecho mismo de que personas simpatizantes de izquierda asistieron a las marchas.

Quizá este señalamiento puede ser resultado del repentino cambio de actitud que este tipo de comentaristas han tomado respecto a la protesta social, ya que hasta hace poco tiempo, insistían en descalificar a otras movilizaciones por no tener consideración de las necesidades y derechos de los habitantes de la capital del país, tales como el derecho al libre tránsito y la movilidad. Me gustaría saber ahora qué tienen que decir al respecto, cuando ellos toman la calle para sus convocatorias, así como entender quién es el intransigente, especialmente cuando asumen que sus formas de participación pública son el modelo a seguir, infravalorando todas las demás, y hasta desechándolas de plano con la mágica fórmula de etiquetas tales como “corporativistas”.

Otro elemento que generó falta de convocatoria fue la cierta ambigüedad mostrada al gobierno entreguista de Peña Nieto, ya que desde un principio se planteó la manifestación como apartidista y con el objetivo específico de mostrar rechazo a Donald Trump y solidaridad a los mexicanos en Estados Unidos. Una especie de llamada a la unidad nacional que, implícitamente y como comenté en un artículo pasado, se espera como un cheque en blanco a favor de la figura presidencial.

La profundidad de la crisis que vivimos actualmente y la ineficacia del sistema para darle cauce, han hecho imposible semejante tibieza política con el gobierno federal. Ninguna manifestación que tenga entre sus objetivos como algo secundario el exigir al gobierno de Peña contundencia en estos asntos, sin ser más severo con el mismo, e incluso cuestionar su posición, parece ser capaz de tener éxito de convocatoria, algo que no es culpa de los organizadores per se, ni de la sociedad, sino del gobierno mismo, que además sigue cometiendo error tras error y desprestigiándose a pasaos agigantados.

Prueba de lo anterior fue el hecho de que el sentimiento anti-Peña se hizo presente en las manifestaciones de forma importante, desbordando así la timidez de sus organizadores, por no hablar del bochornoso episodio protagonizado por la señora Isabel Miranda de Wallace en su intento por desvirtuar la movilización, al parecer instigada por el propio gobierno federal, lo que es un argumento más para sostener que la tibieza política es insostenible en estas circunstancias.

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Quizá más significativa que todas las respuestas anteriores sea el hecho de que, lamentablemente para la vida democrática del país, las manifestaciones públicas carecen de sentido cada vez más.

Una y otra vez la sociedad se ha movilizado en torno a distintas banderas, y el resultado tiende a ser más o menos el mismo, es decir, ninguno. La cerrazón y el pavor que tiene la élite política hacia la movilización ciudadana, así como la mezquindad de sus intereses personales y de grupo, los han hecho dar las espaldas y hacer oídos sordos al reclamo social, por lo que parecen aumentar las personas que se cuestionan la utilidad de semejantes medidas para transformar su realidad, lo que las convierte en un caldo de cultivo para los discursos populistas antisistémicos y antidemocráticos, como bien nos podrían dar ejemplos nuestros civilizados vecinos del norte.

De cualquier forma, lo que confirmó la fallida movilización del pasado domingo, es que la sociedad ya está harta de propuestas light, y de exigencias de unidad en un contexto que hace profundamente cuestionable cualquier iniciativa de este tipo, ciertamente para desgracia propia, ya que los tiempos externos no están como para divisiones internas.

Como sea, quien guste aventarse al ruedo de buscar el liderazgo popular contra Trump, no podrá dejar de tener en la mira la corrupción, impunidad, violencia, entreguismo e ineficiencia del gobierno actual y del sistema político en general, ni se podrá dar el lujo de posiciones ambiguas respecto a la administración federal; pero sobre todo, deberá ser una persona o personas, organización u organizaciones, que demuestren ser realmente apartadas o críticas del sistema, como para tener la legitimidad necesaria que aglutine a una sociedad que −al menos una parte importante de ella, como lo ha demostrado en el pasado reciente por otras causas−, tiene la disposición de mostrar su descontento, pero que atraviesa una profunda crisis de liderazgo.

Sé que quizá esto último sea mucho pedir, pero nos guste o no, forma parte de las exigencias que los tiempos actuales nos imponen a todos los interesados en los asuntos públicos.

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*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

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