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domingo, abril 18, 2021

Ibarra Mazari: el buen decir César Pérez González

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Resulta complicado encontrar en la radiodifusión poblana, escuela del “buen decir” como la practicada por José Luis Ibarra Mazari. Los tiempos cambian –no hay duda–, hay fórmulas que parecen renovarse en forma y fondo. Sí, contrario a demás interpretaciones, cuando se tiene un micrófono frente a frente dicho argot se anula y terminan siendo cosas aparte, hay que hacer llegar el mensaje con estilo, a la antigua, como versaba el pregonero.

Su crónica radial encantaba –esa es la definición–, pausas donde iban, acento cadencioso y, por si fuera posible, no requería elevar su voz para que “el de a pie” supiera de qué se hablaba, porque todas las referencias conducían a Puebla –la que viste y calza–, desde el centro a su periferia, mercados, calles, vecindades y más cerca, por si hambre daba, surgían recetas del tamal y cemitas.

No obstante, tenía a bien reconocer cuando la “cocina local” se apropiaba de otras referencias, de puerto a puerto. Con Ibarra Mazari era posible entender cómo una ciudad barroca y de tradicional rompía todo esquema temporal para década a década dibujar sus “cambalaches”; las divisiones norte-sur y oriente-poniente, así en un “chasquido” evocar la Puebla de aquellos sesenta o noventa, según fuera requerido.

Lo escuchaba de mañana y tarde: primero en breves cápsulas que a manera de colofón cerraban un noticiero al cinco para las diez; cuando ratos de asueto lo permitían con minutos de sobra, seguía. La radio hablada era una realidad, programa a programa se subrayaba la regla no escrita: el público siempre tiene razón, llamándolo por el sobrio “usted”.

Si bien, años después tuve la gracia de sentarme en el mismo estudio donde transmitía “Balcón” y “Ojo al parche”, otras enseñanzas fueron: se abre la boca cuando se tiene algo que decir. Sí, se aprende en la marcha, al “encender” el temido “al aire”, no hay tiempo para equivocarse, se recompone sobre el discurso, el silencio no es opción.

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Precisamente, esa escuela practicada por Ibarra Mazari también era acentuada por José Azpiazu Bello, Abel Hernández Garnica, Rodolfo Flores Beristain y Ricardo Menéndez, algunos quienes pude saludar y conocer en la XECD, terminando programas o como simple observador; sus ademanes al hablar, risas, gesticulaciones, palmadas al hombro, idas y vueltas a cortes. La radio encanta, es motor de un interés especial, diría.

Solamente una ocasión saludé a José Luis Ibarra Mazari, abría la puerta del estudio; tras de él un halo de aroma a tabaco lo escoltaba. Si bien el pasillo que conducía a la salida era angosto, se acomodó el saco –a cuadros, Príncipe de Gales–, extendió la mano y con voz ronca atestó “joven, muy buen día”; se despidió de otros más quienes a su paso rodeaban.

Gracias a Alberto Rentería Olivares –don Beto para los amigos– se me dio la oportunidad de incursionar en el medio, practicar el oficio en todas sus modalidades, atendiendo teléfonos, recibiendo mensajes, comentarios al aire hasta compartir micrófonos por más de 15 años, tiempo durante el cual las primeras instrucciones –todas copiadas del cronista– fueron sustanciales.

Saber hablar es un reto, se necesitan qué y cómo, ya fueran sábados o entre semana, por la madrugada, don Beto supo enseñarme los polos de hacer radio; situarse a solas en el estudio junto a la responsabilidad que implica que todo comentario llegará a tanta gente como se pueda, gran maestro que ahora al escribir se replica.

Sin embargo, la destreza de Ibarra Mazari para contar lo diferencia de otros comunicadores, pues el lenguaje coloquial debe ganarse y explotarse, allanar las “jergas” e incorporarlas al discurso propio; la apertura es igual de fundamental que el cierre y el único recurso que no se agota es la voz, por eso, sus remates son parte de la historia poblana, prácticos a la memoria por sutiles.

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Insisto, es difícil hallar a quien siga su escuela, como en su momento Salvador Novo con la publicidad; tal parece que dejar ir aquellos emblemas o su legado pasa a segundo plano al tratar de ganar audiencias. Se habla menos, se alborota más. Bien vale no perder su habilidad para transformar la vida cotidiana en testigo gráfico –audible– de la sociedad y sus gustos, modas que más tardarán en afianzarse que en despedir, refugio de años hacia lo próximo, nostalgia que otros “terrícolas” habrán de admirar pues “si los burros van bien lejos”, seguramente “irá y vendrá”, ley de la “camotera”.

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