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“¡Oh, capitán, mi capitán!”

No volví al centro histórico después del sismo del 19 de septiembre: hace unas horas. No tenía por qué hacerlo, mucho menos buscaba razones que justificaran caminar por el primer cuadro. Conocía imágenes, testimonios de quienes vivieron el evento ahí; otros más asombrados, escenas, caos; pláticas en listas y frases a medio terminar.

Este centro no lo reconozco, en lo inmediato no; parece que le han robado “el alma”: esquinas sin murmullos, golpes de tacón reclamando su eco en los portales y al fondo luces ahuyentadas por el viento de octubre. No lo es; no lo recuerdo de esa manera.

Pesa caminar sobre la 3 Oriente, situarse a un costado del Edificio Carolino y verlo cifrado por mallas, encontrar piedras a los costados; apenas algunos autos que apresuran la vía. Entrar a los colegios de la Facultad de Filosofía y Letras hasta notarlos con menos gente; así no los recordaba.

Aquellos fueron lugares que frecuenté por casi 10 diez años, alrededores donde cafés eran letanías a media tarde, al punto de alargarlos más allá de lo necesario. Trozos de madera uno a uno sujetando la historia de viejas casas y sitios donde –invariablemente– fui parte por convicción o gusto.

Rodear la Juan de Palafox  y notar –en suma– edificios remozados, líneas de pintura donde el sol no llega. Ser parte de quienes quedan obligados a la nostalgia; sí, negarlo no se puede.

Observar la iglesia de San Roque y pretender no traer a cuentas las veces cuya letanía condujo por la nave principal o la misa del padre que exigía limosnas cada vez más elevadas porque “el Clero cuesta”.

Su torre lacerada, grietas orientadas a puntos cardinales que no entienden de razones. No era el centro que recordaba. Puestos de buñuelos a la entrada, olores de chalupas y gritos de vendimia que por fuerza vitalizaba el corredor de la 6 Norte o el descenso al Boulevard 5 de Mayo.

Nuevamente el silencio: llegar al área de comida donde el mole poblano más que una sugerencia es pelea diaria por comensales y apenas alguien –tímido– extiende la carta “por si algo se ofrece”. Detenerse frente al Parián sólo para delinear enramados de polines.

Aquella esquina, la 6 Norte y 2 Oriente, alojaba una tienda de ónix y más adelante casas de Talavera; ahora, la primera fue retirada para dar pie a trabajos por rescatar el edificio. Tan diferente luce. Igualmente, al Parián le falta aquella esencia de colores, como si el asombro le hubiera despojado su policromía ante miradas de quienes atraviesan sus pasillos.

Al fondo, el Museo del Alfeñique también fuerza a la memoria: fines de semana cuando lo más próximo a un ritual señalaba partir del zócalo, atravesar el Pasaje del Ayuntamiento hasta continuar por la 5 de Mayo; con globo y muégano en mano, doblar sobre la 4 Oriente.

Encontrarlo, ingresar por sus puertas –que a los 5 años parecían gigantes de madera–, dejarse atrapar en las rachas de aire y descifrar escaleras, pasajes, candelabros y carruajes. Conocer el miedo gracias a pinturas más grandes que el cuerpo o ir adueñándose de leyendas en toda su calle.

Comer un helado de piñón en la nevería a contra esquina, buscar alguna banca en la explanada del Teatro Principal o en los portales a su izquierda; mojarse las manos en la fuente y descubrir arcoíris formados por la briza de los chorros. Esa Puebla fue cambiando aunque supo mantenerse en lo real próximo junto con el imaginario colectivo.

En recuerdos necesarios y su parte social, de otra manera se caería en sinsentidos. No, es nostalgia por la ciudad, por emblemas que nos incluye –por definición–. Es el centro que de San Francisco hasta San Agustín externan huellas del 19 de septiembre, como en su momento lo fue en 1999 y al pasado tantas veces que las cifras no alcanzan.

Sonidos que no deben perderse, andares que tienen que repetirse, maderas, las cuales, no son remedio a la loza, a la piedra; al contrario, una historia que exige no quedarse callada, desapropiarse del miedo y asombrarse, esencia de toda metrópoli que ha transitado del colonialismo, lucha de castas, con dirección a vida independiente, motor del Imperio, ícono de la República y reflejo actual; Puebla es actual, su nombre lo lleva en su nombre.

Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

Sobre César Pérez González

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